Quizás alguien se dio una vueltecita por París, o a lo mejor no. Pudo verlo también en una revista, un filme sobre la vida de La Ciudad Luz, o leerlo en un libro. Pero lo cierto es que desde hace mucho tiempo, allí están los cafés al aire libre que le dan ese toque distintivo, bohemio, turístico y de gran ciudad, que se ha pretendido imitar en medio mundo.

Y alguien trajo esa idea a la capital geronense, hace más de 30 años. Un calco descolorido, pero renovador. Y ahora si usted se fija, verá que todavía subsisten huecos de apoyo en algunas columnas del bulevar pinero, uno de los más espaciosos y mejor ambientados de toda Cuba. Sobre todo, porque tiene mucha vegetación y largos corredores sombreados a ambos lados.
La moda llegó porque uno de los emprendedores decidió hacer algo nuevo y cercó su portal. Buscaba al seguro llamar la atención, y lo logró, ¡cómo no! A poco se le sumaron imitadores y llegó el momento en que todos, o casi todos los centros gastronómicos que dan a esa vía, ya tenían su finca, perdón, su portal, delimitado.
Gestión de venta llamaban a ese desatino. Pero créame, se gastó mucho dinero y recursos para enrejar en hierro de forja o soldadura, toldos y pintura, para dar un toque chic, glamuroso, al engendro vitrinoide.
¿Qué se ofertaba? Lo mismo de siempre. Y los interiores de los establecimientos, amueblados para prestar servicios de especialidad, continuaban tan poco frecuentados como antes del cierre.
Ah, eso sí, no faltaban clientes callejeables, los esnob de siempre, aquellos a los que gusta presumir de tener dinero, sentados largas horas frente a una cerveza como posando para una imagen de recuerdo.
Todavía no existía el bulevar de ahora, pero aquellos largos corredores que venían de la época colonial y daban un toque distintivo a la capital pinera, quedaban clausurados, cerrados al paso de los caminantes. En otras palabras, y como se diría ahora, se les había cambiado su razón de ser, su objeto social. Y usted, y yo, y aquel, y el de más allá, teníamos que andar por la calle, con un sol de anjá o bajo lluvia intensa, chubasco o chaparrón, y no protegidos bajo techo.
Los periodistas tocamos a rebato, cerramos filas y desde los tres medios de prensa le hicimos un apremio constante al arrumaco de moda parisiense. Había entonces, felizmente, un presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, muy enérgico, Miguel Álvarez, un guajiro nato capaz de atravesársele a cualquiera. Y prestando oídos al criterio mayoritario que trasladábamos, hizo lo que había que hacer y logró que el circo fuera desmantelado. Y los corredores volvieron a ser para el libre tránsito peatonal, a toda hora y en cualquier tiempo.
Hoy, más de 30 años después, veo que frente al Parque 15 de Mayo, un nuevo establecimiento retoma la vieja idea. No descarto que se haga con la mejor intención, revitalizar el bulevar. Pero ya sacó sus mesas y las plantó en el corredor de todos, delimitando la fachada exclusiva.
Su inadecuada gestión de venta, como antes –alerto– puede tener imitadores. Y dejarnos otra vez al sol y la lluvia. Espero… no por largo tiempo.
