Mi Ciudad

Las olas del Mar Caribe acarician una y otra vez el litoral de los dos mil 357 metros cuadrados de la Isla de la Juventud.

Ellas y el viento son los pocos testigos capaces de contarnos una historia escrita haces más de 500 años.

Así se sabe que durante tres semanas estuvo el Almirante Cristóbal Colón en La Evangelista, como él denominara a la después conocida por la literatura como Isla del Tesoro, luego de su arribo a las costas de esta ínsula el 13 de junio de 1494.

Fue en este sitio donde por más tiempo permanecieron fondeadas las naves del genovés en su segundo viaje al Nuevo Mundo.

El encuentro entre colonizadores y aborígenes residentes en el sur pinero nunca se produjo, y según narra la historia, los tripulantes confundieron a las grandes grullas con seres humanos, lo que provocó una infructuosa espera de 21 días.

Sometida al abandono absoluto por más de tres siglos, La Evangelista sirvió de refugio a británicos, franceses y holandeses fuera de la ley, quienes desde 1587 eligieron este enclave como base de operaciones para despojar de sus botines a galeones españoles provenientes de América.

La desolación del lugar también fue propicia para incrementar el contrabando de esclavos de origen africano entre las dos más grandes islas del archipiélago cubano.

Depredadores del escaso desarrollo económico de la entonces Isla de Pinos fueron los salteadores jamaiquinos y caimaneros, a quienes puso fin el conocido Pepe El Mayorquín, corsario que vivió en armonía con los colonos del territorio y protegió el caserío de Santa Fe, hoy el segundo asentamiento poblacional más importante.

El apogeo de ese pequeño y primer asentamiento local mermó con la fundación, el 17 de diciembre de 1830, de la colonia Reina Amalia, otro de los tantos nombres que ha tenido este Municipio Especial de Cuba, y de su villa Nueva Gerona.

Las olas y el viento también cuentan de los radicales y revolucionarios cambios socio-económicos actuales de este sitio, transformado por jóvenes de todo el país, quienes en la década de los 60 del pasado siglo arribaron al terruño a fundar un sueño y bautizarlo con el nombre de Isla de la Juventud.