Aniversario 190 de Nueva Gerona

Un sucu suco… ¡al Corregidor!

Don Francisco Rasco, quien tenía fama de hombre enérgico, era el Corregidor y Comandante Militar en Isla de Pinos cuando Reina Amalia había caído ya en su definitiva bancarrota. Y las escasas 30 familias blancas residentes en Nueva Gerona sentían que para nada bueno se las mantenía reunidas contra su voluntad en el único poblado consentido por la ley.

Al girar la vista en torno, en lugar de un verdadero poblado veían a un miserable villorrio con apenas 75 casas, de las cuales solo 12 eran de mampostería. No todas terminadas.

El colono pinero, según una memoria de entonces, vivía “dos veces más necesitado que un presidiario y tres veces más que un soldado”.

En los primeros 14 años de Reina Amalia se había repartido el 50 por ciento de sus tierras y la mitad de estas resultó apta para los cultivos. Faltaba el agua potable y las plagas de insectos devastaban las menguadas cosechas, logradas solo en una de cada tres ocasiones.

Aquel bote largó la quilla en 1844 cuando un ciclón arrasó lo poco sembrado y destruyó la mayor parte de las construcciones, primordiales para los empobrecidos vecinos aunque fueran escasas o de poco valor.

Los geronenses “fundadores” cansados de tantos males, sin ánimos para recuperar lo devastado, determinaron marcharse de la ominosa capital. Raro fue el día cuando no desapareciera alguien o dejara de verse a una familia completa. Se iban a buscar su libertad en cualquier parte, por agreste que fuera. Cuanto más lejos, mejor.

Pero don Francisco Rasco no hubiera sido un verdadero gobernador español si no demostrara su tozudez castiza, incomprensión e intransigencia. Contra los famélicos escapados mandó a la Guardia Civil, obligándolos al retorno inmediato.

Los colonos regresados a la fuerza, como es de suponer, se encresparon aún más. Y confabulados todos, decidieron devolverle la mascada al engreído mandón.

Su desquite califica bien alto en la escala de lo original.

Como Rasco era “un devoto católico” a quien gustaban los golpes de pecho en la Iglesia, comenzaron a importunarlo con solicitudes para efectuar insistentes rogativas y procesiones por el alivio de su desesperada situación.

El duro Corregidor se hartó pronto de tantos lloriqueos y un mal día con el vientre meteorizado a consecuencia de alguna fabada demasiado espesa, rojo de cólera, purpureo, cárdeno, salió a increparlos: “¡Basta ya de plañidera, voto a Bríos! ¿Por qué rayos no cantan y tocan alguna música, en vez de meter tanto ruido…?”

Aquella misma noche los  “procesionistas”  organizaron el primer sucu suco de que se tenga memoria. ¿Instrumentos? Un caracol marino por fotuto, una filarmónica desafinada y un machete percutido con una lima.

La ventana del Gobernador, como la más agraciada del poblado, recibió los mayores agasajos de aquella serenata callejera, verdadero aquelarre de una turba desquiciada por el ron.

El espadón se contuvo al principio. No iba con su rango perder el control frente a la canalla. Y soportó con gran esfuerzo hasta la madrugada cuando  –harto ya de tanto ruido y sin poder dormir– irrumpió en medio de los bailadores, en paños menores, sable en mano y gritando: “¡Largaos, bellacos de todos los demonios! ¡Al infierno, a la ciénaga, al monte o adonde queráis con tal de que yo no os vea nunca más!”

En lo adelante, ya se supo cómo obtener una solución inmediata a las trabas en Isla de Pinos. La receta se daba hasta en la propia iglesia: Una vela a San Nicolás y… un sucu suco… ¡al Corregidor!

190 Aniversario Nueva Gerona

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