La experiencia la tiene Osmar Enrique Garcés González, fundador de la mini industria QRico. “Participábamos en un encuentro nacional sobre conservación de semillas -recuerda- y un investigador del centro experimental Indio Hatuey presentó ponencia dando a conocer una variedad de soya que se logró en Cuba”

Por mediación de aquella persona, Osmar adquirió una libra de semillas de las que se habían presentado en el evento. “Las trajimos a la Isla y sembramos de inmediato, en abril, un mes lluvioso durante el cual nadie sembraría ningún tipo de frijol, y la soya es uno de ellos. Se siembra en noviembre… en la cosecha de frío, meses que favorecen su germinación. Pero nos dijeron que podría sembrarse en cualquier época del año, y quisimos hacer la prueba”
La cosecha, como era de esperar, no fue óptima pero logró 60 libras; de estas, guardó 40 como banco de semillas; esperó a noviembre y sembró el resto. Les recogió 90 días después, en febrero, ¡28 quintales!
“La habíamos sembrado para incrementar el sustento de aves y cerdos. Tenemos un molino en la finca que nos permite moler granos como la soya, agregarlos al pienso y aumentar su nivel proteico. Pero investigamos buscando otros posibles subproductos de la misma, con la intención de usarla no solo como alimento animal”
Y lo encontrón. Así, en plural. Osmar Enrique siempre atribuye sus logros al trabajo colectivo. Podían obtener leche…

“Logramos obtener… de un kilogramo de soya, 12 litros de leche. Los llevamos al laboratorio del Combinado Lácteo y sus parámetros estaban al nivel de la mejor soya de importación. Allí, con el apoyo y asesoría de sus especialistas, hicimos leche saborizada, yogurt y queso”
“Ante estos resultados, recuerdo… dije en broma a un amigo: da más resultado sembrar soya que criar chivas para ordeño. Y no es broma. Saque cuenta. Con 80 libras de semilla se siembra una hectárea, y le recoges de ocho a nueve toneladas. O sea, la soya necearía para producir unos 100 mil litros de leche. Y en solo 90 días. Creo que ni Ubre Blanca, con semejante extensión de pastoreo, daría esa cantidad en tan corto tiempo”

“Importante -resalta Osmar Enrique-: la soya es una planta muy tóxica, repelente, casi inmune a plagas o enfermedades. Y su cultivo requiere solo tres riegos. Uno a inicios potencia la germinación, otro intermedio consolida el desarrollo de la planta y al final, uno, para el cuajado de granos”
“Por si fuera poco -finaliza este consagrado innovador- tal arbusto lechero aporta mucho nitrógeno al suelo. Sus desechos de cosecha constituyen uno de los mejores abonos orgánicos”
Con estos antecedentes locales, lo necesario para iniciar su cultivo en grande está dicho. O casi. Entonces, ¿qué falta?
Nos falta insertar en un movimiento renovador a cinco productores de la isla -pudieran ser más- para la siembra escalonada de este recurso. Y tendríamos grano tan preciado, en abundancia, el año entero.
Oportunidad para crear otra pequeña industria, especializada, que organice los procesos y elabore los derivados lácteos de manera estable, sin importar soya. La práctica iniciada por el colectivo QRico así lo acredita.
