Los noveles emprendedores económicos van ocupando, cada vez, más espacio en nuestra sociedad. Y en consecuencia, sus decisiones, sus modos de actuar, cobran mayor importancia. Influyen hasta en la forma de pensar de las nuevas generaciones. Son, por tanto, muy de tener en cuenta.

Varias leyes, todas encaminadas a controlar su desempeño financiero, jalonan su camino. Pero tales normativas y regulaciones no alcanzan, de forma contundente, a su preparación para los negocios, su saber y a modificar o mejorar su “librito” particular.
Muchos, la inmensa mayoría, surgieron a partir de ocupaciones modestas, con un capital inicial mínimo. O con lo aportado por remesas monetarias que les enviaron familiares desde el exterior. Y a partir de esa base fueron creciendo, ampliando, diversificando sus fuentes de ingresos hasta llegar a ser lo que hoy representan, un grupo financiero con fortaleza propia, de hombres y mujeres que se han hecho a sí mismos, con todas sus virtudes y defectos.
Estas últimas cualidades, los defectos, son consecuencia de su escasa y a veces ninguna experiencia o preparación para desenvolverse en el mundo de los negocios y administrarlos con el menor desgaste de sus personas. Uno los ve sin tiempo disponible para la atención a familias ni a sí mismos, con estrés máximo, preocupados solo de que no se les termine uno u otro insumo, para que no se les detenga la maquinaria de hacer dinero que un día echaron a andar. Y que hoy… los devora. Les ocupa hasta las horas de sueño.
Estos emprendedores solitarios desconocen la fuerza de la manada, como ocurre en el mundo de los grandes negocios donde las fortunas se heredan y se pone al frente de la empresa familiar no al hijo mayor sino al que ha demostrado ser más creador y competente. Mundo donde quien hace negocios –delega responsabilidades en subalternos seleccionados– disfruta ganancias, recorre países, conoce otras culturas, se recrea. Vive su dinero, lo disfruta, no vive para el dinero.
¿Es su culpa? No lo considero exactamente así. Hay que ayudarlos a romper el temor a asociarse, juntarse, a ser más fuertes. Y es bien posible con los que tenemos acá, con los pineros, está demostrado.
La celebración del Día de los Niños, en La Fe, fue la mejor de los últimos 20 años. Y se logró porque los emprendedores respondieron al llamado del Partido y Gobierno aportando locales, recursos, chucherías y golosinas.
Mucho antes, tanto como 166 años atrás, el 31 de julio de 1860, se creó en La Fe la Sociedad Anónima de Fomento Pinero. Tuvo 94 asociados, logró juntar un capital de 300 000 pesos oro. Y levantó la nueva Ciudad Balneario. Entre aquellos 94 esclarecidos emprendedores estuvo Cirilo Villaverde, el novelista y también Rafael María de Mendive, el maestro de José Martí.
¿No podrían crear algo similar nuestros actuales hombres de negocios y acometer, de conjunto, cualquiera de las obras que demanda su poblado o ciudad? Digamos, por ejemplo, importar tinta asfáltica y en producción cooperada con la Fábrica de Asfalto y sus equipos, echar una nueva capa de rodamiento a las maltrechas calles de su propia comunidad. Sería grandioso, ¿verdad? Y lo mejor, hasta podría restarse el aporte de cada uno al tributo que deben aportar a la Onat a finales de año, por tratarse de una obra social.
