Tenía apenas tres años y sus manos aún no conocían el trazo de las letras, pero sus oídos ya sabían de magia. En la voz de su padre, Inés Ramón Álvarez Oquendo, cariñosamente llamado Tatica, las palabras eran semillas que germinaban en la imaginación de una niña que creía ciegamente que el mundo terminaba en La Isla del Tesoro.


Aquella ínsula de corsarios, nacida de la pluma de Robert Louis Stevenson, se mezclaba en su mente infantil con el nombre real de su geografía: Isla de Pinos. No había temor en su corazón; la compañía paterna era un escudo invisible que convertía la aventura en un juego sin fin. Para la pequeña Karelia Álvarez Rosell, la travesía no era un viaje físico, sino un cuento que se desplegaba donde era, al mismo tiempo, un misterio por descifrar y un destino seguro.
Aquel padre, que más tarde asumiría con honor las riendas como dirigente juvenil y líder partidista, no solo conquistó el corazón de la Cultura Pinera y sus instituciones, también sembró en el hogar la raíz de lo colectivo. En ese terruño íntimo, donde la vocación pública se fortalecía al calor de la familia, Karelia aprendió de Martí, la sorprendió el amor, la temprana responsabilidad y la firme elección de ser pinera.
Como suele ocurrir en los giros del destino, apareció Mayra Lamotte Castillo. Con su encantadora manera de involucrar a los demás, la convenció sin apenas esfuerzo. Karelia, quien sentía atracción por la biología, pero no había logrado ingresar a la carrera, no dejó espacio a la duda cuando Mayra le reveló la urgencia que tenían de formar nuevos periodistas “ciento por ciento pineros”. Entonces aceptó al tiro.

Le hicieron una prueba de redacción y la aprobó de inmediato. Era septiembre de 1984. Con apenas 19 años y recién salida del preuniversitario, Karelia cruzó el umbral de la sala de prensa. Jamás había imaginado estudiar periodismo, pero se lanzó al vacío. Pedro Blanco Oliva, entonces jefe de Información, le entregó un plegable con las preguntas claves de la nota informativa. Su primera historia fue sobre el inicio del curso escolar, y en ese instante, sin saberlo, comenzó su pasión por el periodismo impreso.

Los tropezones fueron inevitables; las habilidades, como la buena tinta, se adquieren con el tiempo. Karelia reconoce que su forja periodística se nutrió de una galería de grandes colegas: Aurora López, de quien absorbió el poder de síntesis; Graciela Guerrero, cronista de excelencia; Pedro, maestro en la arquitectura de la nota informativa; María Esther Campos, objetiva y precisa; Jorge Gutiérrez, meticuloso hasta el último detalle en la redacción y Diego Rodríguez, siempre a la caza de los antecedentes. “El periodista siempre tiene que ir a buscar los antecedentes”, repite Karelia como un manto sagrado.
Fueron años dorados. En la redacción de la calle 41, el equipo era pequeño pero alegre. Allí aprendió un poco de todas las técnicas, muchas veces persiguiendo la noticia o redactando hasta que las altas horas de la madrugada disipaban el cansancio.

Luego vendría el salto al poligráfico Pablo de la Torriente Brau; la esperada ubicación en su planta alta, el ajetreo en los espacios de Diseño, Correcciones, y el estreno de la majestuosa Sala de prensa. Fue una transición tan emocionante como gigantesca: del tecleo de las máquinas de escribir alemanas a la digitalización, cuando el Victoria hizo historia al convertirse en el primero de los tres medios locales en tener su página web. Un reto titánico que supieron conquistar.
Aunque se graduó en Defectología, Karelia optó por el periodismo, con el beneplácito del Ministerio de Educación. El Victoria fue su único centro de trabajo y su verdadero formador. Allí maduró como persona, venció su timidez natural y se consolidó como una magnífica profesional.
En más de cuatro décadas de oficio, Karelia se distingue por su espíritu crítico y valentía. Su pluma nunca rehuyó los temas espinosos: investigó a fondo la agricultura, el robo de ganado, los ‘ninjas’ de las jabitas, los melonazos y Ni vergonzoso, ni un favor. En esos ejercicios de llamados al control aprendió una de las lecciones más sabias del periodismo: no todo lo que se investiga se publica; siempre hay que guardar algo “debajo de la manga” para discutir y defender con la verdad en la mano.
Su versatilidad, sin embargo, la llevó mucho más allá de la prensa escrita. El periodismo fue el trampolín que la impulsó a escribir y publicar su premiado libro “El payaso Caramelo”. Pionera en el mundo digital, creó su blog “Kotorra”, referente en foros de género y comunicación. Y su sección “Conversemos”, donde aborda temas sociales con mirada de género, celebró los 15 años de publicación, consolidándose como una voz necesaria y permanente.

Su trayectoria ha estado guiada por la batuta de generaciones de directores: Nieves Varona, Giraldo Casanova, Sergio Rivero, Matilde Campos y Gerardo Mayet. Pero la redacción no fue solo un espacio de exigencia; fue también un escenario de alegría y compañerismo. Ella recuerda con especial cariño las bromas a Diego Rodríguez, las congas improvisadas que bailó Lamotte, y las imitaciones y disfraces que caracterizaron la etapa más cultural de Rivero. Porque, en el fondo, cada risa compartida era también aprendizaje y hermandad.
Sus hijas, tesoros de su existencia y cómplices de su consagración, la llaman “adicta al periodismo”. Saben que cuando Karelia escribe, el mundo exterior deja de existir. “El periodista no tiene horario”, afirma con la convicción de quien ha dedicado su vida al oficio. No obstante, la profesional incansable es, ante todo, una madre amorosa, un refugio familiar y una amiga leal. Su trayectoria demuestra que el rigor de la profesión y la ternura cotidiana no solo pueden convivir, sino que se nutren mutuamente. En su figura convergen la periodista de mirada aguda y la mujer que, con naturalidad, aporta confianza, respeto y un cariño incondicional.

Hoy, ostenta con orgullo la Distinción Félix Elmuza, la medalla Raúl Gómez García y el sello por el aniversario 60 de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec). Ha sido finalista del Premio Nacional Juan Gualberto Gómez, galardonada en múltiples festivales y, por más de diez años, ganadora del Premio Anual de Periodismo Félix García Rodríguez en Prensa Escrita y Digital. Pero fue en 2025 cuando recibió el reconocimiento que coronó su camino: el Premio Jesús Montané Oropesa por la Obra de Toda la Vida, otorgado por la filial de la Upec en la Isla de la Juventud. No son solo homenajes a su trayectoria, sino un símbolo de gratitud colectiva hacia quien ha sabido narrar la vida con sensibilidad y rigor.
Los jurados han resaltado su integralidad y sensibilidad social, pero quienes la conocen saben que su mayor premio es haber dejado huella en generaciones de colegas y lectores. Karelia Álvarez Rosell es, sin duda, una inspiración pinera, parte esencial de la gran familia cultural y periodística de la Isla.
Años después de que su padre le leyera historias de cofres enterrados y mapas secretos, Karelia comprendió que el verdadero hallazgo no estaba en La Isla del Tesoro, sino en la capacidad de contarla. Su pasión por el periodismo la ha convertido en una mejor persona, en una hija, una tía y madre ejemplar: el legado más duradero de su viaje es una vida dedicada a narrar, donde cada palabra es oro y cada historia, la expresión de un tiempo singular.
“Cuando eres un buen ser humano, las notas fluyen, las entrevistas fluyen, los reportajes fluyen”, afirma con la serenidad de quien ha cumplido su destino. Karelia se siente plena. El periodismo le permitió crecer, reinventarse y dejar una huella imborrable en la prensa pinera, demostrando que la mayor virtud de un periodista no es solo la sensibilidad para escribir, sino la empatía para comprender a los demás.

Porque el periodismo, cuando se ejerce con pasión y humanidad, se trasforma como ella ha demostrado durante más de 40 años junto a la familia del Victoria, en un verdadero acto de amor hacia la comunidad. Y es entonces cuando cobra sentido la advertencia del maestro colombiano Javier Darío Restrepo: “El periodismo impreso es el testigo de tu excelencia o de tu mediocridad, porque queda ahí para toda la vida”.
Hoy, al celebrar el aniversario 60 del Victoria, Karelia nos reafirma que este no es solo un espacio de expresión periodística, sino una casa editorial donde profesionalidad, valores y compromiso se entrelazan como pilares que sostienen la fuerza infinita de la palabra.
Colaboradora (*)

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