Es la crueldad sin límites del bloqueo contra Cuba, cuyos autores siguen en el banquillo de los acusados en Naciones Unidas
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Las causas principales del desabastecimiento de productos de primera necesidad y otras carencias que hoy sufrimos los cubanos de manera más cruda, no están en el país, como cínicamente afirman quienes asfixian a un pueblo y culpan a las víctimas, sino afuera donde acrecientan la cruel ofensiva impuesta por el gobierno estadounidense para estrangular la economía y matar por hambre y limitaciones a hombres y mujeres que no se dejan amedrentar.
Si alguien aún duda de esta verdad indiscutible y reiterada en las condenas de la Organización de Naciones Unidas, basta con recordarle que gran parte de los alimentos contratados por empresas estatales y del sector privado no han podido arribar al país debido a restricciones diversas de esos gobernantes criminales mediante la “persecución y amenaza directa a inversionistas extranjeros”, así como en el corte de relaciones bancarias y financieras con múltiples instituciones internacionales.
Así lo denuncia Oscar Pérez-Oliva Fraga, ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera en Cuba y reitera la relatora del Consejo de Derechos Humanos de la ONU al calificar al bloqueo contra Cuba como flagrante violación del derecho humanitario.
A esas restricciones y amenazas se suman las sanciones secundarias a terceros países y presiones mayores sobre transportistas y navieras que encarecen el comercio exterior e intensifican un cerco comercial y energético con mayores afectaciones en todos los sectores y ámbitos de nuestra sociedad.
“Hoy podemos decir que hay menos energía en Cuba porque hay contenedores con recursos para el sistema electroenergético que no han podido llegar”, condena y desenmascara el también viceprimer ministro, quien refiere el impacto despiadado de esas medidas sobre las familias cubanas:
“El bloqueo está ocasionando también la muerte de personas por falta de medicamentos y recursos básicos del sistema de salud”, otra verdad innegable que delata la crueldad sin límites de ese imperio que es sobre todo potencia de la mentira.
Son algunos de los más recientes argumentos también expuestos por el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, en el informe que presentará próximamente ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en nombre del pueblo cubano, y que a pesar de las presiones yanquis confía en que se imponga nuevamente por amplia mayoría el rechazo de la comunidad internacional a ese genocidio prolongado por más de seis décadas ya.
Pero lo más alarmante de ese asedio no queda en las cifras ni en que sus daños crezcan en más de 8 mil millones de dólares en un año y en que se acumulen más de 178 mil millones, sino en “como esas cifras se reflejan en el acto criminal al que se somete a todo un pueblo, y que este año con el cerco energético y la extraterritorialización del bloqueo –como condena Miguel Díaz-Canel Bermúdez, presidente de la República– incrementa su impacto en áreas tan sensibles como la energía, la salud, la educación”.
Inédito y dramático es lo vivido hoy por millones de cubanos con la carga marítima y las brutales presiones energéticas del presidente de EE.UU, Donald Trump, y del secretario de Estado, Marco Rubio.
Cuando algunos tergiversan o minimizan las verdades que provoca la falta de fluido eléctrico y de otras muchas limitaciones, e incluso se alegran, olvidan que un apagón puede definir no una, sino muchas vidas que cada día están en peligro o se pierden en la mayor de Las Antillas.
A los niños recién nacidos castiga en especial el bloqueo energético que arrecia el asedio yanqui, y que para sobrevivir dependen del funcionamiento estable de equipos como una incubadora, y cuando falla el grupo electrógeno del hospital, los médicos tienen que salvarlos con técnicas manuales, como ocurre para suplir la ventilación asistida.
Situación similar enfrentan quienes esperan una cirugía, incluidos infantes, por dificultades para garantizar el funcionamiento de los grupos electrógenos que protegen esos salones especializados.
Cirugías mayores han terminado con lámparas recargables o la luz de teléfonos móviles de quienes intervienen, ha narrado Rodríguez Parrilla, quien denuncia con dolor en Cuba “un aumento de la mortalidad infantil de cuatro por cada mil nacidos vivos en 2018 a 9,9 en 2025”.
“Son niños, no son números”, enfatiza y desnuda la crueldad de esa política que atenta contra la embarazada, un niño enfermo, al anciano y sin piedad con todo cubano e incluso extranjero.
Más que cifras, son seres humanos amenazados de enfermar o morir por ese genocidio que nuevamente estará en el banquillo de los acusados en la ONU, donde tampoco cabe el silencio que pone a todos en peligro.
