Un conductor de valores

En la Isla de la Juventud, donde cada kilómetro de carretera parece guardar el paso del tiempo, en el esfuerzo y la constancia se escribe la vida de Yordan Castellanos Calderín, un hombre noble y carismático que convirtió el timón en estandarte de disciplina, entrega y crecimiento personal. Su historia es la de un joven que, desde muy temprana edad, aprendió que el sacrificio y la superación son las llaves que abren las puertas del porvenir.

FOTO: Archivo

Llegó con apenas tres años, acompañado de sus abuelos, quienes le enseñaron el valor de la familia y la integridad. A los 17, cuando la juventud suele soñar con horizontes lejanos, Yordan renunció a sus estudios de técnico en Veterinaria para sostener a los suyos. Esa decisión primera, marcada por la responsabilidad, fue el inicio de una vida consagrada al deber y al altruismo.

Casi todos los miembros de su familia eran choferes. Manejaban tractores, guaguas y hasta camiones. “Me iba con mis tíos, hasta que aprendí a manejar de todo y saqué la licencia de conducción, la primera fue de tractor. Antes debías obtener una, solo con realizar el examen práctico podías alcanzar cualquier otra, así pude hacerme de la cuarta para manejar autos también”.

El servicio militar forjó su carácter, y más tarde los días entre el Contingente 15 de Mayo, la arrocera, el Cayo de los Monos y el inmenso ajetreo dentro de la colosal industria cerámica pinera, le mostraron la dignidad del trabajo duro. Sin embargo, su verdadera vocación se reveló en el periódico Victoria, donde entró como chofer con poco más de 20 años. Allí descubrió que conducir no era solo trasladar personas, sino garantizar que la noticia llegara a cada rincón, incluso, en las   madrugadas y circunstancias más difíciles.

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“Siempre hacía lo que me tocaba, no me gustaba que me regañaran.

El colectivo era unido, nos llevábamos bien, para mí ha llegado a ser más que la familia. Pasaba algo y todos ayudaban, recuerdo que tenía que recoger a diario a Margarita, la estrella del periódico. Lo mío era garantizar que los insumos y los periodistas llegarán a tiempo”.

Su entrega lo llevó a asumir responsabilidades más allá del volante: “Hubo una época que el fotorreportero Gerardo Mayet quedó solo, y tuve que asumir la tarea. Se hacía imposible para él solo realizar todas las coberturas, muchas coincidían en el mismo horario y me tocó el rol de chofer y fotógrafo. Me llevaba la cámara, y yo mismo hacía la foto. Hice buenas fotografías, incluso algunas con reconocimientos y todo”. Sonríe orgulloso, “pero luego continué con mi timón. Era lo mío”.

Se convirtió así en el fotógrafo necesario, pero él sabía que su misión era otra: asegurar que el Semanario cumpliera al máximo su objetivo, y lo hizo con una devoción que lo convirtió en indispensable.

El periódico fue su mejor escuela y, al mismo tiempo, la gran familia que lo acogió. Bajo la guía de Sergio Rivero, aquel director exigente y a la vez protector, aprendió el verdadero valor de la disciplina, el respeto y las buenas prácticas. En ese colectivo unido se forjaron memorias que aún perduran.

“Las jornadas de resguardo de los carros en el poligráfico cuando se ponía feo el tiempo durante los ciclones,  la espera en las oficinas y en una ocasión la ocurrencia de Emilio Pérez de comprar cigarros en Sierra Caballos en medio de la ventolera; después de acompañar a Malbides la cocinera a su casa tuvimos que regresar corriendo, nos tiramos en el piso porque el aire nos arrastraba. Los cristales de los ventanales se reventaban y nosotros ayudando en todo lo que podíamos. Sentimos miedo” – recuerda.

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Hasta las carcajadas provocadas por la caída inesperada de Mayra Lamotte, anécdota que nunca olvidará. “De regreso en la guagua de la Aclifim, antes de llegar a la entrada de La Victoria, Mayra se asusta con las vacas sueltas en la carretera y me indica: ‘Yordano, Yordano, baja, baja y tírale la foto’ y le digo que sí, que está bien, pero antes de llegar, a 10 o 15 metros, había una mata de mangos, me quedo sentado, pero ella se adelantó queriendo ser la primera en bajar… ‘Yo soy la primera… Yo soy la primera…’, y cuando baja, cae dando vueltas por la cuneta, y mientras lo hacía pedía ayuda. Pero no atiné a nada, me dio un ataque de risa que no podía moverme, era risa y risa. ‘Chuli’, el chofer del ómnibus, tuvo que auxiliarla. Y decía: ‘mira el muchacho este, no me ayudó’. Ella aún lo recuerda con cariño. Hemos pasado mucho en el periódico y lo seguimos pasando súper bien, y aún estoy ahí, peleando”, – afirma sonriente.

Yordan, siempre alegre y dispuesto a resolver cualquier desafío, se convirtió en mecánico de su propio vehículo: “Me gusta saber, no haces nada con darle pa’lante y pa’trás a un carro”,  bajo esta convicción miraba y preguntaba con atención, hasta que al final  aprendió de mecánica para agilizar aún más la solución y ser efectivo en su faena.

Con la misma paciencia de un maestro relojero, desmontaba motores y los devolvía a la vida, convencido de que “el problema había que atenderlo y ya está”. Su filosofía era clara: un chofer no solo conduce, también es soporte y guardián silencioso de la vida de quienes transporta.

Con más de dos décadas de entrega, asegura que en él habita “un pedacito de cada uno de sus compañeros”. Gracias al respaldo de su equipo pudo culminar el duodécimo grado y aprender a “echar pa’lante”, forjado en la constancia y la solidaridad. Hoy, con 49 años y 22 dedicados al Victoria, se le reconoce como un padre profundamente amoroso, un trabajador incansable y un ser humano cabal. Es alguien que desconoce el descanso: no distingue domingo ni días festivos, siempre dispuesto, resolviendo problemas y garantizando que todo salga en forma.

Su vida es testimonio de cómo el deseo y la superación transforman el crecimiento personal y profesional. Yordan Castellanos Calderín no es solo un chofer riguroso y puntual: es símbolo de lealtad y entrega. Su historia demuestra que la consagración también puede escribirse sobre ruedas, donde cada kilómetro recorrido deja una huella imborrable de servicio y amor.

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Por eso, Yordan honra al Victoria con su ejemplo, y el periódico lo enaltece al reconocer en su vida los valores que promueve: compromiso, constancia y humanidad. Juntos, hombre e institución, confirman que la verdadera noticia se sostiene en la belleza de la realidad, impresa en el tiempo, y también en quienes la hacen posible, como una obra urgente y necesaria para nuestro bien nacional.

 

Colaboradora (*)

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