SAF: Alimentar y acompañar en tiempos difíciles (+ Fotos e Infografía)

Fachada del SAF 0204 Villanueva, perteneciente a la Empresa de Comercio de Boyeros. Foto: Cubadebate.

El cielo nublado anuncia el aguacero que está por caer. Es mediodía. Hace un calor difícil de aguantar. Pero el calor más fuerte no viene del cielo. Viene de un fogón hecho con una llanta vieja, plantado en el pasillo lateral del comedor comunitario. Allí hay una olla enorme, tiznada de tanto humo. Debajo, la leña arde y esparce una columna gris que se mete por todas partes: en la ropa de los cocineros, en las paredes, en los pulmones de los que se acercan. Las paredes son de un azul oscuro que intenta resistir, pero el hollín ya les está ganando la batalla.

Estamos en el SAF 0204 Villanueva, perteneciente a la Empresa de Comercio de Boyeros. Hace cinco meses, aquí se cocinaba con gas licuado. Pero el gas dejó de llegar. Hace cinco meses, el gobierno de Estados Unidos endureció el bloqueo petrolero contra Cuba. Y las heridas, como casi siempre, duelen primero en los más vulnerables, en los más viejos.

Cuba es un país envejecido. Cada vez hay más personas mayores. La gente vive más años, eso es cierto. Pero también algunos enfrentan la realidad de que sus jóvenes se le van. Buscan otro futuro. Y los abuelos se quedan solos, muchas veces sin nadie que los ayude. Para ellos el SAF es muchas veces lo único que tienen. Es el único plato de comida caliente del día. Es la única mano, que les tiende el Estado.

Desde hace varios meses cocinan con leña. Foto: Cubadebate.

Bárbara Mediaceja Hernández es la directora de Servicios de la Filial de Comercio de Boyeros. Me recibe en la puerta, con una libreta en la mano. Suelta los números sin que se los pida: 129 comensales. Explica que antes de la COVID la gente entraba, se sentaba en las mesas y comía allí, pero después de la pandemia todo cambió. Ahora vienen, recogen la comida y se la llevan. Algunos se sientan afuera si quieren, pero la mayoría se va para su casa. Para entrar al servicio hay que ir a la Dirección de Trabajo y Seguridad Social: allí los visitan, ven si son vulnerables, y los incorporan a la lista. Después les mandan el listado a ellos.

Sobre los suministros, Bárbara dice: “La provincia nos da chícharo, frijoles negros, pollo, croqueta, y picadillo de pollo y pescado”.

Llevan meses sin gas, pero no han dejado de dar servicio ni un solo día. Sobre la ayuda de los particulares, de los negocios privados del barrio, Bárbara niega con la cabeza: “Aquí no. Hasta diciembre del año pasado ayudaban. Pero después no quisieron más. Dicen que les caen muchos inspectores, que les ponen muchas multas. Yo los entiendo, pero la verdad es que no ayudan”.

Abren el comedor a las siete de la mañana y dan la comida a las once. La gente va llegando, se sienta y espera.

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El Río que no se para: Resistencia en un SAF de Plaza

Sistema de Atención a la Familia (SAF), programa creado por la Revolución para amparar a las personas desprotegidas y de bajos ingresos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.

En el SAF “El Río”, en el municipio Plaza de la Revolución, la rutina arranca antes del amanecer. Este centro despliega su engranaje diario con tres frecuencias obligatorias: desayuno de siete a nueve, almuerzo de once a una, y comida de tres a siete. Liliam de la Rosa Domínguez, su administradora, explica mientras repasa mentalmente las raciones: “Nosotros tenemos asignado una cantidad de comensales que varía, este mes a mí me entró 84 abuelitos”.

La cifra fluctúa, pero la estructura se mantiene. La dirección provincial de Comercio asigna alimentos básicos, aunque en los últimos meses han recibido chícharo, arroz y aceite del Programa Mundial de Alimentos.

Para cubrir los vacíos, Liliam no duda en tejer alianzas: actores no estatales y estatales se suman a la causa. “En mi caso tengo actores estatales, que es el restaurante que nos presta ayuda para mejorar la alimentación”, comenta. Además, el Ministerio de Telecomunicaciones dispuso padrinos para tres centros; a “El Río” le corresponde Etecsa Norte, una empresa que respalda tanto la comida como la infraestructura.

Más allá del plato de comida, Liliam describe una red viva de contención. El médico de familia se acerca a tomar la tensión y revisar medicamentos. Deporte y cultura también tienen su espacio: han organizado una peña, “El Rincón del Bolero”, que se celebra los terceros sábados de cada mes.

“Tratamos de que el adulto mayor sea para toda la comunidad, no solamente para los inscritos”, afirma. El grupo musical ya es fijo, aunque no todos los ancianos participan.

Liliam reconoce las limitaciones de su plantilla –apenas cuatro trabajadores: ella, ayudante de cocina, cocinero y custodio– pero enfatiza el esfuerzo: “Trabajamos de lunes a lunes, no tenemos descanso”.

También menciona a otros colaboradores, actores económicos que aportan desde platos fuertes hasta helados o especias. Otra mipyme dona pan dos veces por semana. “Ese pan no se cobra, es gratis. Ahora estamos afectados con la harina, sin embargo, ellos siguen comiendo su pan”, señala Liliam con orgullo.

El SAF no se limita a repartir alimentos; funciona como un centro de socialización. Liliam lo confirma indirectamente al describir a un anciano con debilidad visual que rehúsa que le lleven la comida a casa: “Aquí conversa, interactúa con otras personas”.

Los casos más frágiles –una enfermedad repentina, un dengue– activan otro protocolo: la propia administradora o la delegada del barrio acercan los alimentos al domicilio. En otras ocasiones, son los familiares quienes retiran la ración para el paciente encamado.

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