
Mami, ma‘, mamita, mimi, mima, vieja… muchas formas de nombrar a un amor, solo comparado al de Dios por cada uno de nosotros, pero el MAMÁ en la voz o letra de mi hijo se convierte en mi día a día en palabra que alienta y edifica.

No mienten las madres cuando dicen que la maternidad transforma, cuando expresan que cambia la vida y es que traer al mundo a un ser, dota a las mujeres de una fuerza extraordinaria, de una capacidad de crecimiento inexplicable, de una resiliencia a prueba de escasez, de tiempos malos…
Aún guardo en mi memoria, como preciado regalo, el recuerdo del primer “mamá” que brotó de los labios de mi retoño, fue más que la certeza de una realización, la mayor prueba de amor escucharlo llamarme con una palabra que daba forma a un anhelo de años. Desde entonces no ha dejado de llamarme así, y no deseo que lo haga, porque ese MAMÁ se me anida en el alma como confluencia de infancia interminable y una complicidad cariñosa, casi mística.
El MAMÁ también se me multiplica en la vehemencia y ternura con las cuales trata a mi madre, como él, bendición que agradezco en mis mañanas; en la añoranza por las tías amadas que partieron, las amigas que emigraron y la constancia de otras que permanecen aquí, de colegas, vecinas y conocidas que no flaquean, de abuelas que se vuelven imprescindibles.
Pero, por sobre todas las cosas, se me transmuta en vida que florece con mayo que renace como símbolo de la primavera y mes donde en Cuba, como en otros rincones del planeta, agasajamos a quienes nos trajeron al mundo y se celebran otras efemérides asociadas a su figura, como el día de la partera, de los niños y la familia.
Cuando repaso mis instantes de felicidad vividos, en el que me convertí en madre sobrepasa por mucho a los demás; por eso el segundo domingo de mayo festejo desde el sentimiento el milagro de tener conmigo un hijo, mi hijo, la dicha enorme de estar aún junto a mi mamita y desde la remembranza a las que llevo en el corazón.
