El famoso escritor y explorador estadounidense George Allan England vivía en Nueva Gerona hacia 1917, en Calle del Río (actual 32), a la contra esquina de la actual Estación de Bomberos.

Su obra literaria es inmensa y especialmente en la ciencia ficción. Quizás las más famosas sean Oscuridad y Amanecer. Una trilogía publicada en 1912, 1913 y 1914, con toda posibilidad, la más exitosa.
La segunda es The Air Trust (1915), historia de un multimillonario que controla el aire que respira la gente, y las violentas consecuencias de su ambición y codicia.
En 1917, cuando cruzó sobre esta isla el tercer huracán que sufrieran los colonos norteamericanos, escribió: El comedor de lotos, Reliquia, Quince Minutos, Odisea Jr, El Misterioso Millonario, Otoño y Las garras de Tántalo.
Allan England refirió en su artículo La Real Isla del Tesoro, publicado (enero de 1929) en la revista norteamericana Travel que Stephen Chalmers fue uno de los primeros en identificar a Isla de Pinos como la fuente que inspiró a Roberto Louis Stevenson para escribir su célebre novela de piratas.
En su artículo, apuntó Allan:
“Stevenson debe haber leído los relatos de sir Francis Drake, en los cuales figura ampliamente Isla de Pinos. Luego, también, ¿cómo es
posible que se le hubiera escapado la historia de aquel maestro de piratas, Latrobe, quien enterró su ensangrentado botín en esta mismísima isla –algunos dicen que en la Bahía de Bibijagua–, que todavía ostenta el nombre de Playa del Tesoro? Yo mismo he fotografiado un arca de piratas desenterrada allí; un arca, desafortunadamente, vacía”.
Y agrega: “Stevenson, después de mucho pensar, trajo aquí a la tripulación de granujas del Hispaniola para desenterrar ese tesoro. (…) (…) ¿Acaso no menciona (…) una hilera de tres colinas que corren hacia el sur? En las costas de la bahía de la Siguanea, en Isla de Pinos, los Morrillos de la Siguanea son justamente así.
“La descripción que hace de la Isla del Esqueleto, encaja exactamente con Morrillo del Diablo, más allá de punta Colombo.
“No se puede trazar una descripción más exacta de las montañas y manglares de Isla de Pinos.
“Todo esto es una fotografía corriente de Isla de Pinos. Esos árboles no crecen en ninguna otra isla tan al sur”.
Ambos escritores, Chalmers y Allan England, marcaron rumbo y adelantaron tramo considerable, para que la nuestra sea reconocida hoy como la real Isla del Tesoro.
Fueron los precursores de la fiebre buscadora de tesoros que marcó la colonización norteamericana de este territorio.
En esa cuerda entraron otros escritores, como el también norteamericano A.C. Freeman quien, como todo viajero, queda seducido por las leyendas y noticias de tesoros piratas.
Narra en su artículo The Treasure Island (publicado en Enquire Magazine y luego en la revista Bohemia) la historia de varias monjas católicas, españolas, que por la época de su viaje dirigían personalmente la búsqueda de un enorme tesoro en las cercanías de Santa Fe.
“Según nuestras fuentes, unos seis millones de pesos en oro, perlas o brillantes (…) permanecen enterrados en esta vecindad.
“Las monjas poseen varios mapas y planos con la descripción del gran tesoro. Fueron entregados a la hermandad en 1809, por un pirata arrepentido, y aunque muchas marcas (…) han sido borradas por los huracanes y la acción del tiempo, las religiosas parecen confiar en la recuperación del tesoro, o por lo menos de una buena parte del mismo”.
¿Lo encontraron o no? Nunca se supo. Discreción total.
Pero compraron la finca atravesada por el arroyo Piedras Azules (por cuyas márgenes se les vio rastrear con todo fervor y persistencia), mientras se afianzaban o asentaban allí para el tiempo que les hiciera falta construyendo una residencia majestuosa, capaz de albergar a una larga escuadrilla de buscadoras.
Nacía lo que es hoy el barrio santafeseño de… Las Monjas.
