Allí metimos el ¡Viva Cuba Libre!

Una decena de atacantes llega hasta el río Júcaro y busca cruzarlo por  su parte menos profunda,  cerca de la cabezada. Rafael Caso, el Médico  –hasta hace poco estudiante de medicina- no sabe nadar.

Imagen: https://www.tvavila.icrt.cu/el-cruce-de-la-trocha-de-jucaro-a-moron-antonio-maceo-y-la-ruptura-del-cerco-colonial/

Con una angarilla hecha de varas y ramas logran poner en seco sus pertenencias y armas: la tijera del barbero divida en dos, una navaja y un cortaplumas.

— Cuando llegamos al embarcadero del río Júcaro, frente al Margarita  –contaba el Médico, algo después-, estaban los gachupines  en el trasiego de  mercancía. Metimos el  ¡Viva Cuba Libre!… y  en un  decir Jesús ya éramos dueños del balandro.

A bordo dejaron sólo al patrón, un marinero y el Alcalde de Mar. Antes de emproar hacia Pinar del Río donde esperaban unirse a las tropas de la Invasión, faltaba salir del río. Y  era preciso cruzar por delante de un destacamento de la Guardia Civil,  custodio de  su desembocadura.

Con el bote remolcaron la balandra y lograron pasar por aquella  zona de peligro como una nave cualquiera a la búsqueda del viento.

— Dejamos en libertad al Alcalde… y largamos velas.  Pero en menos de lo que un mono se rasca la guataca ya teníamos al cañonero  Almendares y el vapor Protector dándonos caza…

Empezaron entonces a zigzaguear entre los cayos, siempre sobre las aguas menos profundas para dificultar  la  persecución y  hacerlos perder confianza.  Llegó la noche y las naves de guerra, por su mayor calado,  no pudieron seguirlos.

— Al día siguiente, ya por la tarde –continúa el Médico–  con el Margarita embarrancado  a la entrada del río Guamá,  en la costa pinareña, nos vuelven a columbrar.

Y comienza el cañoneo. Sin otra elección posible, los insurgentes se lanzan al agua para ganar la costa cercana.

— Y todos llegan, menos yo que por no saber nadar… allí mismo me agarran. Y por eso estoy aquí otra vez,  deportado como antes y  echándoles  el cuento.

Los nueve patriotas restantes logran burlar la persecución de los infantes de marina y las tropas de tierra.  Días después consuman su aspiración más alta,  con el machete desenvainado están en formación de combate frente al  Titán de Bronce.

“El día primero de febrero  -escribe el jefe del Estado Mayor de Maceo, coronel  Miró Argenter-, entre once y doce de la mañana, llegaba la tropa invasora a Paso Real de San Diego. No debe confundirse con Paso Real de Guane. Se llama de San Diego  porque es la estación del ferrocarril donde se desmontan los viajeros que se dirigen al balneario sulfuroso”.

Allí fue el combate.

El encontronazo con la columna española comienza sobre las dos de la tarde.

Adolfo, “el pinero”,  sujeta con fuerza las riendas  del ansioso zaino que monta.

El clarín, por fin, toca “a degüello”.

Afloja las bridas  y el caballo, acostumbrado a las cargas,  vuela  adelante.  Y ya todo es una tromba de polvo y muerte alrededor, de machetes relampagueantes  en  el sol de la tarde.

Sobre el cuello de la bestia enardecida siente como si  las balas no pudieran  tocarle…

Un jinete, con la banda de oficial  sobre el pecho,  lo flanquea. Monta  un gran caballo moro, sin control. Y está tratando de detenerlo.

Adolfo le reconoce y se distrae apenas un momento.

Es el general Maceo, y los hombres más cercanos de su escolta cierran al animal para cortar  su carrera. Un balazo acaba de romperle el bocado del freno.

Pero esto no lo sabe el “pinero” Adolfo Vega y Valdivia, ni llegará a saberlo.

Sobre las cinco de la tarde recogen su cuerpo. La mano crispada sobre el ensangrentado machete.

Fue de los primeros en caer.

Hay cincuenta heridos, muchos de gravedad. El es uno de los ocho muertos en la carga de Paso Real.

Apenas veintiún días atrás, en el embarcadero del río Júcaro, acometió con igual brío a los gachupines del balandro Margarita.

De la novena aquella, de “los pineros locos o niños” como dijera Maceo, es el primero en morir.  Otros cinco caerán también en combates sucesivos, y en menos de dos años.

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