El amor es el cultivo más fértil

En los terrenos del círculo infantil Ismaelillo, donde la risa de niñas y niños marca el compás de cada jornada, se erige una figura silenciosa, de manos curtidas por el trabajo y mirada noble: Mario Ferrer Fortinez.

FOTO: Damaris Díaz Guerra (*)

A sus 65 años, este hombre ha convertido una parcela de tierra en un oasis de vida, dedicando los últimos seis meses a transformar el entorno de la institución educativa mediante la atención constante.

Para Mario, cada semilla depositada en el surco no es simplemente un acto agrícola, sino una expresión profunda de amor hacia la comunidad en que habita esta instalación escolar.

Al conversar con él, Mario se muestra como un hombre de pocas palabras, prefiriendo que sean sus plantas quienes hablen por sí solas, debido al cuidado que a simple vista se observa tiene al tratarlas y las hace gozar de muy buena salud.

FOTO: Damaris Díaz Guerra (*)

Sin embargo, cuando se le cuestiona sobre el propósito de su faena, sus ojos brillan al explicar que conoce de primera mano el valor de su labor.

Refiere que lo que nace de su tierra termina convirtiéndose en el ingrediente especial del almuerzo que nutre tanto a los niños como a los trabajadores del centro, que disfruta cada cosecha que recoge para beneficio de la instalación, lo que hace que se sienta útil, compartiendo su sabiduría, en bienestar del colectivo.

Es ese conocimiento, el de ser partícipe de la salud y el bienestar ajeno, lo que lo impulsa a seguir trabajando bajo el sol con una constancia ejemplar.

Su sembradío, organizado con una precisión que solo otorga la experiencia de una vida ligada al campo, es un testimonio de autosuficiencia.

Se pueden apreciar plantas de plátano, yuca y boniato, cultivos fundamentales que robustecen la dieta de los pequeños.

Sumado a lo que sirve de ayuda en la preparación de los alimentos básicos, Mario ha tenido una visión previsora: ha integrado un área dedicada exclusivamente a las plantas medicinales.

Consciente de los tiempos complejos que atraviesa el país con el acceso a fármacos, considera que disponer de medicina verde es una responsabilidad necesaria.

Tener a la mano opciones naturales para tratar afecciones catarrales o problemas estomacales le otorga una tranquilidad inmensa, sabiendo que su jardín es una farmacia viva al servicio de los suyos.

FOTO: Damaris Díaz Guerra (*)

La labor del jardinero en el Ismaelillo trasciende la estética; es un compromiso social que se cultiva a diario.

Él disfruta ver el fruto de su esfuerzo crecer, pero lo que realmente le llena el alma es observar cómo ese esfuerzo se traduce en un plato mejor condimentado, en un niño más sano y en un trabajador agradecido por la frescura de lo que se consume.

La sencillez de su carácter no le permite presumir, pero su trabajo habla con contundencia.

Al caer la tarde, cuando las herramientas descansan y el silencio regresa al jardín, Mario contempla su obra con la satisfacción del deber cumplido.

No busca reconocimiento público ni grandes discursos; para él, el pago verdadero es la vitalidad que se respira en el centro educativo.

En una época que nos exige soluciones creativas y resiliencia, figuras como la de Mario Ferrer Fortinez nos recuerdan que las grandes transformaciones suelen nacer de manos humildes y corazones inmensos.

El círculo infantil Ismaelillo no solo cuenta con un jardinero, cuenta con un guardián de la vida que, con cada cosecha, nos enseña que el amor es el cultivo más fértil que podemos ofrecer a las nuevas generaciones.

(*) Colaboradora

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