Hay apellidos que trascienden fechas, nacimientos, sueños y realidades.

Así ocurre con la Isla de la Juventud, cuyo cumpleaños 48 celebran desde antes de este dos de agosto cuando se proclama en 1978 ante representantes de la juventud del orbe durante el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, del cual Cuba fue sede y la entonces Isla de Pinos, segunda en extensión del archipiélago cubano, devino subsede para el alumbramiento en el que estuvo presente Fidel, el joven líder de la mayor de las Antillas, que había convertido en reto la aspiración de las nuevas generaciones de apellidarla con su nombre.
Desde el arribo de Cristóbal Colón, en junio de 1494, este territorio fue bautizado y renombrado de diversas formas.
La singularidad del último bautizo hace ya casi medio siglo estuvo caracterizado por el protagonismo de la juventud de todo el país en la tarea de restaurarla de los daños del ciclón Alma, también en junio, pero de 1966 bajo el eslogan:” recuperar lo perdido y avanzar mucho más” y al que comenzaron a sumarse una década después hijos del Tercer Mundo –de pueblos de África, Asia y América Latina– para formarse como técnicos e ingenieros al servicio de sus países.
Tal era la aspiración de los jóvenes que restauraban y desarrollaban dicha ínsula cuando Fidel Castro la visitó el 12 de agosto de 1967, que, en el discurso de inauguración del embalse más importante, Vietnam Heroico,–primero de la revolución hidráulica aquí– la nombró Isla de Pinos a pesar de que los allí congregados corearon a viva voz:” Isla de la Juventud” como aspiraban llamarle y mantenían como consigna en su intenso trabajo.
Pero el líder les rectifica que aún no lo merecía, y que ello se alcanzaría cuando fueran capaces de mucho más.
“Pero todavía no se puede llamar ‘Isla de la Juventud’ en el sentido real de la palabra”, advierte a aquellos jóvenes que en el laborioso verano de 1967 pedían poner a la Isla ese otro apellido, atendiendo a los miles de columnistas y les habla claro:
“Llamémosla Isla de la ‘Juventud’ cuando la juventud con su obra haya hecho algo grande, haya revolucionado… la naturaleza y pueda exhibir el fruto de su trabajo, haya revolucionado… la sociedad”.
Hondo cala el desafío entre los muchachos. En apenas cuatro años concluyen 10 embalses con capacidad para almacenar más de 131 millones de metros cúbicos de agua, construyen carreteras y viviendas y siembran pasto y cítricos. La adversidad es vencida en breve período.
Otro de los momentos más importantes fue el año 1971, cuando Fidel en la apertura ese año de la primera escuela en el campo aquí, la 14 de Junio, perfila la idea: “…pero si realmente se va a llamar Isla de la Juventud y no tenemos suficiente población… ¿quiénes deben desarrollar… esta isla?… los jóvenes estudiantes de secundaria”.
Así fue. Ya en 1977 ascienden a 41 las escuelas de nuevo tipo, aunque llegan a sobrepasar las 60, mientras el volumen de toronjas para el mercado exterior crece siete veces respecto a poco más de una década atrás y se inician inversiones de la agroindustria exportadora.
Aquel olvidado territorio antes de 1959, modelo del terror, abandonado a su suerte y del que sólo se hablaba cuando se amotinaban presos o arrasaban huracanes, deviene uno de los más hermosos frutos de varias generaciones de cubanos y de becarios de pueblos hermanos.
Pero este prometedor apellido que trasciende fechas y el propio nacimiento, sin embargo, no se desliga de sus raíces como mismo se niega a dejar el gentilicio de las coníferas de estas tierras.
En el año en que se proclama aquel 2 de agosto la Isla de la Juventud, 11 años después del reto, el Parlamento Cubano adopta el acuerdo de ese nombre a finales de junio de 1978 en virtud del vínculo patriótico de los jóvenes con el terruño, –desde los independentistas, Martí adolescente y Mella contra el anexionismo yanqui, hasta los moncadistas– y su transformación actual.

Era, además, una prueba de confianza de que, aun cuando quedaban frentes por consolidar, continuaría el esfuerzo juvenil por modelar el progreso de una región, luego de haberla sacado del atraso y hacerla parte viva de la nación desde el inicio del poder revolucionario.
Mas, Isla de la Juventud no es meta acabada ni sueño cumplido, continúa siendo reto permanente para los jóvenes que con Fidel hicieron otra ínsula, donde multiplicaron familias y hacen realidad las mejores ideas de un Comandante hecho pueblo aquí.
