94 altos cargos eclesiásticos del país están señalados por encubrir abusos sexuales: 7 cardenales, 61 obispos y 26 superiores religiosos.

El papa León XIV llega este sábado a España en una visita de siete días llamada a tener una fuerte carga simbólica. Será el primer viaje de un pontífice al país desde 2011 y combinará actos institucionales, encuentros pastorales, gestos sociales y grandes celebraciones religiosas. La agenda lo llevará primero a Madrid, después a Barcelona y Montserrat, y finalmente a Canarias, donde el fenómeno migratorio tendrá un peso central.
En Madrid, el papa será recibido oficialmente, participará en actos con jóvenes, celebrará una misa multitudinaria en la plaza de Cibeles, se reunirá con el presidente del Gobierno, intervendrá ante el Parlamento español y mantendrá un encuentro con los obispos en la sede de la Conferencia Episcopal. En Barcelona visitará la catedral, la prisión de Brians 1, la Abadía de Montserrat y la Sagrada Familia, donde está prevista la inauguración de la torre de Jesucristo. En Canarias, su agenda incluye encuentros con migrantes en el puerto de Arguineguín y en el centro de Las Raíces, además de misas en Gran Canaria y Tenerife.

El recorrido parece diseñado para proyectar una Iglesia cercana a las periferias sociales: jóvenes, presos, pobres, migrantes, voluntarios, comunidades de acogida. Pero la visita no se produce en un país cualquiera ni en un momento cualquiera. León XIV aterriza en una España donde la Iglesia católica mantiene una importante presencia cultural, educativa, asistencial y patrimonial, pero también donde la jerarquía eclesiástica arrastra una profunda crisis de credibilidad por su gestión de los abusos sexuales cometidos contra menores.
El problema principal ya no es solo la existencia de los abusos, sino su encubrimiento: quién supo, quién calló, quién trasladó a los agresores, quién desoyó a las víctimas, quién protegió a la institución antes que a los menores y quién sigue evitando hoy que se conozca toda la verdad. Esa es la sombra que acompaña al viaje del Papa.
La palabra que la Iglesia española evita
Durante años, la Iglesia española reaccionó al escándalo de la pederastia con una mezcla de negación, lentitud y resistencia. Después llegó una fase de reconocimiento parcial, con oficinas de protección de menores, informes internos, protocolos y planes de reparación. Pero el núcleo más incómodo del problema sigue siendo el mismo: la responsabilidad de quienes, desde posiciones de autoridad, contribuyeron a tapar los casos.
Un análisis del diario español EL PAÍS sobre los 1.622 casos de abusos conocidos hasta ahora en España señala que 94 altos cargos eclesiásticos —7 cardenales, 61 obispos y 26 superiores de órdenes religiosas— habrían tapado denuncias, encubierto a clérigos o silenciado a víctimas durante décadas. La misma investigación sostiene que la Iglesia protegió, encubrió o silenció denuncias internas contra 159 pederastas, lo que equivale, con los datos disponibles, a uno de cada diez casos conocidos.
La cifra no describe solo un pasado remoto. Habla de una cultura institucional. En muchos de estos casos, el patrón se repite: una víctima o una familia denuncia; el superior escucha, minimiza o desaconseja acudir a la justicia; el sacerdote acusado es trasladado a otro destino; el expediente queda dentro de la institución; el agresor mantiene contacto con menores; la víctima queda sola. En ocasiones, ese mecanismo cruzó fronteras y convirtió América Latina en destino de clérigos señalados en España.

El resultado es una doble herida. La primera es el abuso. La segunda, la gestión posterior: el silencio y la sensación de que la Iglesia actuó más preocupada por proteger su nombre que por reparar el daño. Esta segunda herida está siendo especialmente devastadora para la imagen de una institución que se presenta como guía espiritual y defensora de los vulnerables.
El informe del Defensor del Pueblo, presentado en 2023 tras un mandato del Congreso, ya había descrito los abusos en el ámbito de la Iglesia como una realidad marcada por el sufrimiento, la soledad y el silencio. Desde entonces se han puesto en marcha nuevas vías de reconocimiento y reparación, incluida una oficina específica para víctimas en casos prescritos o con agresores fallecidos. La Conferencia Episcopal, por su parte, ha reconocido la recepción de más de un millar de testimonios en sus oficinas de protección de menores desde 2020. Pero el avance administrativo no ha despejado la pregunta de fondo: qué ocurre con los responsables del encubrimiento.
La Iglesia española ha aprendido a hablar de prevención, acompañamiento y reparación, pero le cuesta mucho más hablar de responsabilidades internas.
La opacidad como síntoma
La opacidad es, en este contexto, algo más que una falta de transparencia: es parte del problema. La negativa a ofrecer datos homogéneos, completos y verificables impide conocer la dimensión real de los abusos, retrasa la reparación y alimenta la sospecha de que las estructuras que hicieron posible el silencio siguen funcionando.
La Conferencia Episcopal publicó en 2023 su informe ‘Para dar luz’, presentado como un documento amplio sobre la realidad de los abusos en la Iglesia y en la sociedad, con aportaciones del Defensor del Pueblo y de la auditoría del despacho Cremades & Calvo-Sotelo. Pero el intento no cerró la crisis. Al contrario, dejó en evidencia las diferencias de metodología, las dudas sobre la agregación de datos, la ausencia de una rendición de cuentas suficientemente clara y, sobre todo, el lugar secundario que seguía ocupando el encubrimiento.
La cuestión no es menor. Contabilizar víctimas y agresores es imprescindible, pero no basta. Una Iglesia verdaderamente dispuesta a esclarecer la verdad tendría que explicar también cómo se tomaron las decisiones, qué obispos o superiores intervinieron, qué archivos existen, qué traslados se ordenaron, qué denuncias no fueron comunicadas a la justicia, qué expedientes canónicos se abrieron y cuáles no. Sin ese nivel de detalle, la transparencia se convierte en un gesto incompleto.
Los avances existen y deben ser reconocidos. Hay oficinas, protocolos, formación, canales de denuncia y mecanismos de reparación que hace unos años ni siquiera estaban sobre la mesa. Pero la desconfianza social no nace de la nada. Se alimenta de décadas de silencio y de respuestas parciales. Y en una crisis de esta naturaleza, la credibilidad no se recupera con declaraciones generales, sino con hechos comprobables, archivos abiertos, responsabilidades asumidas y escucha real a las víctimas.
Una sociedad que distingue entre fe, labor social y jerarquía
La España que encontrará León XIV no es una sociedad simplemente anticlerical ni hostil a toda expresión religiosa. Es más compleja. Buena parte de la población sigue identificándose culturalmente con el catolicismo, aunque la práctica religiosa sea mucho menor. A la vez, la opinión pública muestra una fuerte exigencia de modernización, transparencia y separación más clara entre Iglesia y Estado.
Los datos de percepción social dibujan una sociedad que valora mucho mejor a la Iglesia cuando se asocia a su labor social que cuando aparece representada por la jerarquía. Cáritas conserva una imagen positiva, incluso entre sectores ideológicamente alejados de la institución eclesial. En cambio, la Conferencia Episcopal y la Iglesia como aparato institucional generan más rechazo, especialmente cuando se las vincula a privilegios fiscales, influencia educativa o falta de transparencia ante los abusos.
Esa distinción es clave para entender el clima de la visita. Muchos españoles pueden valorar la acción caritativa de la Iglesia, la ayuda a los pobres, el trabajo con migrantes o el acompañamiento de personas vulnerables y, al mismo tiempo, desconfiar profundamente de sus obispos. No es una contradicción. Es el reflejo de una sociedad que separa la dimensión social del cristianismo de la conducta concreta de una estructura de poder.
La encuesta especial de 40dB. para la Cadena SER y otros medios de referencia confirma esa tensión. El dato más duro de este sondeo se refiere a la pederastia. La mayoría de los encuestados cree que la Iglesia sigue encubriendo casos de abusos o que, aunque haya habido cambios, aún quedan casos ocultos. Solo una minoría muy reducida considera que la jerarquía actúa hoy con transparencia y colabora plenamente con la justicia. Es decir: León XIV llega a un país donde la opinión pública puede recibirlo con simpatía y, al mismo tiempo, mirar con enorme recelo a la Iglesia local que lo acoge.
Un Papa bien valorado ante una Iglesia cuestionada
Ahí aparece la mayor paradoja del viaje. León XIV llega a España con una imagen favorable, especialmente por su perfil social y por su firmeza ante algunas de las grandes disputas políticas y geopolíticas del momento. Su rechazo a la guerra como solución a los conflictos, sus críticas a las deportaciones masivas impulsadas por Donald Trump, su defensa de los migrantes y su advertencia sobre los riesgos de la inteligencia artificial conectan con una parte importante de la sociedad española.
La mencionada encuesta de 40dB. refleja que casi siete de cada diez españoles apoyan su oposición a la guerra, expresada frente al belicismo de Estados Unidos e Israel en Irán. También una mayoría respalda su crítica a las deportaciones masivas de Trump. Incluso su encíclica sobre la inteligencia artificial, leída como una advertencia frente al poder de los gigantes tecnológicos, obtiene más apoyos que rechazos. El eje migratorio de su visita, especialmente visible en Canarias, también encuentra más respaldo que oposición, aunque ahí aparecen mayores divisiones ideológicas y una resistencia más clara entre los votantes del partido ultraderechista Vox.
León XIV no es todavía el papa más querido por los españoles. Ese lugar lo ocupa Francisco, su predecesor, cuya imagen de reforma, pobreza evangélica y atención a los márgenes sigue pesando mucho.
Pero el nuevo pontífice ha heredado buena parte de ese marco moral y lo ha proyectado en un escenario internacional marcado por Trump, la guerra, la migración y el poder tecnológico. En ese sentido, el papa llega a España mejor situado que la propia Iglesia española.
La contradicción es evidente. Un pontífice percibido como voz moral contra la violencia, la crueldad migratoria y los excesos del poder aterriza en un país donde la Iglesia que lo recibe sigue cuestionada por no haber esclarecido hasta el final su propia violencia interna: la ejercida contra menores y la ejercida después contra las víctimas mediante el silencio.
La visita como examen
El viaje de León XIV tendrá imágenes fuertes: multitudes en Madrid, solemnidad institucional en el Congreso, espiritualidad en Montserrat, arquitectura sacra en la Sagrada Familia, migrantes en Canarias. Pero más allá de la liturgia y de la escenografía, la visita funcionará como un examen. No solo para el Papa, sino para la Iglesia española.
La pregunta no es únicamente si León XIV será bien recibido, sino si su visita servirá para empujar a la Iglesia española hacia una mayor verdad o si quedará como un paréntesis solemne sobre una crisis no resuelta. En la agenda pública, en cualquier caso, no figura un encuentro abierto con víctimas de abusos.
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