Dos días y medio permanecieron a oscuras en el pequeño hueco debajo de una mesa hasta que llegó su socorro, rodeado de caras conocidas.
El doble terremoto que afectó a Venezuela ha dejado ya 2.595 víctimas mortales y más de 10.000 heridos, pero también las historias de supervivencia de más de 6.000 personas que han logrado ser rescatadas con vida de entre los escombros.
Una de ellas es Astrid Arnaude y su hija Jade, de ocho años. Las dos permanecen en uno de los refugios instalados en Caracas para cobijar a las víctimas de la tragedia del pasado 24 de junio. Juntas pasaron 60 horas bajo las ruinas de su casa.
Desde ese mismo miércoles por la noche, la familia comenzó la búsqueda, inundando las redes sociales con sus fotos. Ella recuerda que todo se movió bajo sus pies en una tranquila tarde, mientras preparaba un té.
“Qué sigan buscando, que no se cansen de buscar, que los rescatistas cuando no escuchen gritos que no se den por vencidos, porque hay mucha gente que no puede gritar”
Tras sonar la alarma de su teléfono, se asomó a la puerta de su apartamento: “Veo que las palmeras se empiezan a mover, y nos empezamos a mover muy fuerte. Agarré la niña, nos metimos debajo de la mesa, nos abrazamos, y en un segundo se desplomó todo”, rememora.
Allí, en ese hueco, llegó a perder la noción del tiempo. En la oscuridad, se dedicó a calmar a su pequeña, ayudada por la experiencia de ambas practicando yoga y respiraciones.
“No teníamos agua, pero justo sobre la mesa teníamos pan y esa bolsa de pan cayó allí, cerca de nosotras. Lo que hicimos fue armar bolitas, chiquitas, para que ella las pudiera tragar (…) Y con eso pudimos resistir un poco lo que es el hambre”, relata Arnaude.
Asegura que logró salir de allí gracias a sus familiares y amigos, quienes no solo la buscaron a través de las redes, sino que fueron los primeros en llegar a la estructura colapsada para escarbar entre los restos. Llegó a oír la voz de su mejor amiga gritando su nombre.
“Cuando me sacaron yo estaba consciente, siempre estuve consciente. Y lo que pude ver fueron muchos rostros conocidos y eso me alivió bastante”, dice al rememorar el momento de su rescate.
Tras haber pasado la experiencia más dura de su vida, esta superviviente hace un llamamiento a los cuerpos de rescate que siguen trabajando día y noche en La Guaira, la zona cero de la catástrofe: “Qué sigan buscando, que no se cansen de buscar, que los rescatistas cuando no escuchen gritos que no se den por vencidos, porque hay mucha gente que no puede gritar. Hay mucha gente que está deshidratada. Si yo estaba muy cansada después de 60 horas, ahorita debe de haber personas más cansadas“.
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