El catalán don Alejo Salas y España (barcelonés) llegó a esta isla, con toda probabilidad, entre el grupo de refuerzo que arribó tras el paso del primer huracán que sufriera la naciente Colonia Reina Amalia, allá por 1831.

Treinta y seis años más tarde, siendo todavía un agricultor de modestos recursos, levanta un pequeño ingenio al que, quizás por lo mismo, denomina La Esperanza. Sus ruinas alcanzan hasta nuestro tiempo y pueden apreciarse en la falda de loma Bibijagua, frente al Estero Simón y a escasos kilómetros de Nueva Gerona.
Poco antes, el doctor don José de la Luz Hernández capta a Salas para formar la junta inicial de la Sociedad Anónima de Fomento Pinero. Resulta el único “isleño” interesado en su proyecto: desarrollar en grande la comercialización de las aguas medicinales.
El doctor le pide, que por su experiencia… apunte las ideas convenientes para recogerlas en Reglamento.
ALGUIEN NO TAN QUIJOTE COMO SU APARIENCIA

La capital de Reina Amalia y sus hombres de negocios (idealiza Salas y redacta) serán los primeros en beneficiarse. El decaído comercio geronense se revitalizará con la entrada en grande de civiles y militares que vengan a curar sus males o aclimatarse antes de su incorporación regular al ejército colonial.
Salas y España es en aquel momento el alcalde de la antigua Junta Municipal y capitán comandante del Escuadrón de Voluntarios. Condecorado con la Cruz del Mérito Militar por servicios especiales, ostenta, además, la Orden de Isabel La Católica y la Medalla de Voluntarios. Embrida, por tanto, en una misma mano el poder del gobierno y la más alta jerarquía militar.
Y como el poder corrompe a ciertas personas, para importar a los primeros chinos –traídos en 1858, por contrato, pero en condición de esclavos– Fomento Pinero tiene que cederle a lo más exótico del piquete, una muchacha, la única asiática en esta isla, a quien Salas asigna el nombre de Ruperta, pero que se le suicida, ahogándose, el 14 de diciembre de 1859. Sus razones, son de suponer.
Salas no es todavía el industrioso azucarero que será después. Todavía se orienta en otro rumbo y compra 10 acciones a Fomento Pinero. Algo más tarde, le administra los tejares de Nueva Gerona, con sueldo de 100 pesos mensuales. Los pone a punto, pero, disgustado al parecer, se retira voluntariamente, según consta en documentos.
ADVERSARIO DE CUIDADO
Motivos tiene, y se verán más tarde. En 1866 se une a un tal Arregui y a Fargas (dueño de un hotel en Nueva Gerona) para escribir al gobernador contra la Sociedad de Fomento Pinero que, contrario a lo convenido en el Reglamento que el mismo contribuyera a redactar, ahora mengua posibilidades a los negocios y desarrollo de la capital pinera al levantar una Ciudad Balneario en Santa Fe.
VALOR PATRIMONIAL Y TURÍSTICO. GOLOSINAS CON SABOR DE ANTAÑO
Un año después, surge La Esperanza; el primer ingenio que se levanta en esta isla. Y lo hace sobre ladrillos proporcionados por el inmediato tejar de Juan Costa, según comprobamos al recuperar uno de estos con su marca de tejar.

En esta misma visita, realizada en noviembre de 2018, notamos que de la chimenea, derribada por el huracán Gustav, se avista apenas su base. Y que de los hornillos, donde se asentaban las pailas o calderas, restan solo la mitad, pero resultan suficientes para determinar cuál fue el sistema de evaporación y concentración utilizado.
“El ingenio típico (…) se caracterizaba por una serie de pailas (…) –así lo describe Manuel Moreno Fraginals– montadas cada una sobre su respectivo hornillo y alimentado por fuegos individuales. Estas pailas eran de diverso tamaño y estaban agrupadas, generalmente, en juegos de a cinco. Como en ellas se realizaba el proceso de concentración, la primera, que recibía el guarapo crudo, era la mayor y el tamaño de las restantes iba disminuyendo en el mismo sentido en que se iban evaporando los caldos. La última paila se denominaba tacho y en ella se llegaba al punto de concentración.
Cuando un grupo de pailas se colocaba sobre un mismo cañón de fuego se le llamaba tren o reverbero. Los primeros trenes introducidos en Cuba fueron los llamados franceses constituidos por cinco pailas en sesión”.
Con tan atrasado y primitivo sistema, el ingenio La Esperanza como todos los de su clase, producía el azúcar de los pobres: el socorrido moscabado. Más o menos la azúcar parda de hoy, aunque algo oscura y amelcochada, así como el solicitado “blanco Habana”. Imprescindible para las pudientes tatarabuelas en la confección de champolas, atoles, horchatas, alfajores, cusubés, boniatillos… y hasta la mejor confitura de aquellos tiempos: la raspadura de flor. Se hacía en moldes de madera con forma de peras, manzanas, ramos de uvas o cualquier otro dibujo curioso. La meladura para el relleno contenía almendras, queso rallado, pasas, frutas confitadas, en fin, delicias.
El pan de azúcar, pesaba unas 80 libras y al sacarlo de la horma tenía tres colores. Era por la deficiente técnica de purgado utilizada. En la parte superior de la horma se ponía una capa de barro fangoso de unas tres pulgadas, bien embebida en agua. Al desprenderse el líquido pasaba lento a través de los granos de azúcar arrastrando consigo a la melaza; los iba lavando. Por eso la parte de arriba en el pan de azúcar, la mejor lavada, quedaba blanca “blanco Habana”; el medio era pardo claro, y la de abajo pardo sucio.
En conjunto, y a la vista del cliente potencial –el de nuestro tiempo–, un ambiente exótico, rústico y primitivo que a cualquiera interesaría degustar, donde se incluye el proceso de molienda por tracción animal, las hormas para conformar moscabado, el sabor del guarapo acabado de exprimir o a media cochura, las rapaduras en flor… Un todo que replicado a bajo costo resultaría muy atractivo como destino turístico.
Un verdadero tesoro histórico-cultural por explotar, el ingenio La Esperanza. En su asiento original, como entonces, no faltan el barro y la madera, elementos principales de tan añeja construcción.
El EXPONENTE MEJOR CONSERVADO
Todavía por esta isla andan dispersas varias de aquellas grandes pailas o calderas donde se cocía el guarapo hasta lograr la consistencia de un sirope espeso. Luego, con grandes cucharones de cobre pasaban esta melaza a unas hormas cónicas, de barro o de lata, donde se endurecía y conformaban los famosos panes de azúcar.
Una de estas grandes pailas puede apreciarse todavía en playa Bibijagua. Integra una escultura alegórica al primer intento azucarero de esta isla, emprendido en sus inmediaciones por el catalán Salas y España.
