Con sorpresa leo en Facebook, bajo el título Isla de Pinos en el Recuerdo… Las tumbas que hemos profanado (sobre el Cementerio Americano, el de Columbia), “… profanar los cementerios, un cadáver o un acto de exequias, es una injuria grave y escandalosa contra lo sagrado, que pone de manifiesto la perversidad en la que puede caer una persona o, más grave aún, un grupo o una “auto-organización” de grupos marginales, excluidos o desbordados dentro de una sociedad que descuida así a sectores vulnerables de la población…”

Hemos profanado… así está escrito y publicado –aparece en las redes sociales–, en plural; engloba por tanto a toda la sociedad pinera. A la cual pertenecemos usted y yo, incapaces de profanar nada, como también son incapaces de semejante iniquidad muchos de los que no comparten la ideología que sustentamos. Entonces, ese plural está sencillamente fuera de lugar.
Que alguien por ambición o atavismo religioso viole una tumba donde espera encontrar joyas, la cabeza o huesos de un cadáver convenientes para sus liturgias maléficas no caracteriza a nuestra sociedad, sustentada en principios irrevocablemente martianos donde no cabe instigar el odio a los muertos, ni a los vivos. El cubano, en cualquier tiempo, ha distinguido con justeza meridiana entre gobierno y pueblo norteamericanos. Lo constataron los miles de turistas que vinieron antes y después de 1959.
En todo el mundo la violación de tumbas es clásica, desde el Valle de los Reyes o las pirámides egipcias hasta la del pinero Felipe Blanco y Hernández, en pleno cementerio geronense.
La mayoría de los malhechores busca hacerse de sortijas, cadenas y otras prendas, como las de Mary Tany Wick-Saxe, dueña en su momento de playa Bibijagua, quien se hizo enterrar con todas las suyas. Y una sola, el pectoral, estaba valuado en más de 60 mil dólares; su ataúd, de bronce pulido, en otros 500. Y esto en aquella época, cuando el dólar no valía tanto, en pleno 1938. ¡Una tentación demasiado grande!
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Es una tumba diferente a las demás, está en el centro del cementerio de Columbia, una rústica columna de mármol tal cual fuera extraída de la montaña, con solo su doble apellido tallado como identificación. La tumba de Mary Tany es una de la escasa decena saqueada (si es que llegan a tantas), ni violada, ni profanada, saqueada. ¿Después… o antes de 1959? Importa preguntarlo.
Las demás, por estar los cadáveres sepultados directamente en tierra, son inviolables, a menos que se practique una notoria y visible excavación. Y de esas, jamás se han tenido noticias. A través de uno de los panteones se tuvo acceso a la tumba que hemos referido; cuya destinataria, por cierto –fiel a la tradición de sus ancestros judíos–, se hizo enterrar de pie.
Los fuertes vientos que azotaran al Cementerio Americano cuando el Gustav sacaron de lugar, como revueltos al dominó, a muchos de los pesados cipos funerarios –de mármol– que marcaban cada tumba. Así ocurrió también en el de Nueva Gerona, con el ciclón de 1926. Se conservan las fotos.
Pero quien nos acusa de los daños, y nos acusa a todos, no menciona siquiera que los familiares de los norteamericanos sepultados en Columbia nunca –jamás– aportaron un dólar para la preservación del lugar y el tranquilo reposo de sus deudos.
Servicios Comunales si lo ha hecho, y aunque de forma intermitente, ha mantenido hasta ahora a un encargado de chapear el área, reponer los cipos funerarios en su lugar, votar la basura y limitar la entrada de los animales de pastoreo que deambulan por la zona.
En adición a lo anterior, nosotros, los despreocupados, los perversos, los vandálicos insensibles ante la vulnerabilidad ajena, hemos declarado Monumento Nacional al cementerio norteamericano de Columbia. Apunte la fecha, amigo, fue el 13 de marzo de 2019; una semana antes de que entrara la covid a esta isla. Vaya allí y encontrará la correspondiente tarja de bronce. Está bien a la vista, justo a la entrada. A media altura en la pilastra, a la derecha.



