
La Protesta de Baraguá fue un hito fundamental en la acción y pensamiento políticos de Antonio Maceo. Para comprender su significado en la trayectoria política revolucionaria del prócer es preciso analizar sus antecedentes y consecuencias.
Por su extracción social, condición racial y el marco de su desenvolvimiento en la jurisdicción de Cuba – sólido baluarte del coloniaje hispano – Maceo no estaba en condiciones de liderar la obra redentora del pueblo cubano, pero demostró la formación política revolucionaria que poseía, con su inmediata incorporación a la manigua.
Durante los primeros años de la contienda su labor se caracterizó por el ascenso de la autoridad y prestigio militares y el respaldo a las instituciones establecidas en la República en Armas, y a sus decisiones, aún cuando no las compartiera totalmente o las considerara inadecuadas.
Es muy lógico suponer que conociera las interioridades del proceso revolucionario y las dificultades por las que atravesó; sin embargo, no existe documentación que fundamente una actitud de oposición al respecto, y aún más, que como testigo de la deposición del presidente Céspedes, tampoco manifestara discordancias.
Si bien existían instituciones que evidenciaban su ineficacia para conducir la guerra, todavía no se habían tomado decisiones que atentaran contra los principios enarbolados por la Revolución y requirieran una participación protagónica en los asuntos políticos.
Entre 1874 y 1878 se produjo el ascenso de la participación de Maceo en la cuestión política y la radicalización hasta su encumbramiento en la Protesta de Baraguá y la actitud perseverante luego del hecho. Durante este período su posición se define por enfrentamiento a las discordias internas de la Revolución, el respeto a los órganos gubernamentales establecidos y a sus decisiones, hasta tanto no afectaran los principios de la revolución.
Este período se inició con la designación de Maceo como jefe del contingente invasor en la reunión de San Diego de Buenaventura, efectuada el 30 de enero de 1874, lo cual no sólo significaba el reconocimiento a su ejecutoria militar, sino a su capacidad de dirección y fidelidad a la causa patriótica.
Durante 1874 y 1875 la revolución obtuvo importantes resultados, pero también enfrentó dificultades, con la agudización de las rivalidades ante las decisiones del deteriorado gobierno de la República en Armas y las funestas consecuencias del regionalismo.
La sedición de Lagunas de Varona, encabezada por el líder tunero Vicente García el 26 de abril de 1875, propició el ascenso de la actuación política de Antonio Maceo, quien el 18 de junio convocó a una reunión en Alcalá, donde consideró lógicas y necesarias algunas de las demandas de los amotinados, pero rechazó el uso de la insubordinación como camino para solucionar los problemas de la Revolución y reiteró la necesidad de respetar los órganos gubernamentales constituidos, así lo comunicó al presidente Salvador Cisneros Betancourt en carta del 30 de junio, cuya importancia radica en que por primera vez se introduce en los asuntos políticos.
Esta posición fue ratificada en 1877, cuando nuevamente Vicente García se insubordinó en Santa Rita y manifestó un programa de demandas. Ante la invitación del líder tunero para que se sumara al movimiento, Maceo respondió negativamente y definió principios insoslayables como eran la necesidad de no recurrir a la insubordinación para resolver los problemas surgidos y obedecer las leyes y los órganos gubernamentales establecidos, y contar con el pueblo.
Hasta ese momento la representación civil no había traicionado los principios de la Revolución, pero cuando la Cámara de Representantes contactó con las autoridades españolas y en el campo insurrecto comenzaron a predominar las posiciones conciliadoras, la actitud del Titán de bronce se tornó intransigente frente a la claudicación vergonzosa.
La firma del Pacto del Zanjón, en febrero de 1878, se produjo en un contexto en el que Maceo desplegaba una intensa y exitosa campaña, con combates como los de la Llanada de Juan Mulato y el de Montes de San Ulpiano; pero no fue esta la razón de su oposición al documento, sino su exacta comprensión de que se estaban excluyendo los principios supremos de la lucha del pueblo cubano: la independencia absoluta y la abolición de la esclavitud. Frente a lo acordado, Maceo desplegó una intensa actividad dirigida a levantar el espíritu patriótico de los cubanos y a expresar ante la más alta autoridad española la decisión de continuar la lucha.
A tales efectos le solicitó una conferencia a Arsenio Martínez Campos, pero con la advertencia de que “no será para acordar nada, y sí para saber qué beneficios reportaría a los intereses de nuestra Patria hacer la paz sin Independencia”. La trascendental entrevista del 15 de marzo de 1878 y los acontecimientos de los días inmediatos posteriores significaron un hito en la trayectoria de Antonio Maceo, quien con su intransigencia revolucionaria representó el ascenso de los sectores populares en la definición de los destinos del proceso redentor isleño.
Si trascendental fue el encuentro con Martínez Campos en el que, para sorpresa de los españoles, sólo se solicitó una tregua de ocho días para reiniciar las hostilidades; igualmente fue muy importante que los hombres encabezados por Maceo dieran una organización militar y legal a la revolución. El gobierno electo quedó presidido por Manuel de Jesús Calvar y la estructura militar tuvo como máximo jefe al mayor general Vicente García y en la breve carta magna aprobada – Constitución de Baraguá-, quedaron recogidos principios esenciales e inviolables como fue que el gobierno quedaba facultado para hacer la paz sobre las bases de independencia y con el conocimiento y consentimiento del pueblo.
Sin embargo, cuando se reiniciaron las acciones fueron varios los factores que se presentaron en su contra y el gobierno provisional acordó enviar a Maceo a la emigración, a lo que Martínez Campos accedió y otorgó el salvoconducto, comprendiendo lo importante que era la salida del líder de Baraguá para el logro de la “pacificación”.
Maceo viajó en busca de apoyo en la emigración, con lo cual ratificó su posición de respetar y acatar las decisiones de las instituciones legalmente constituidas, pero sin que esto significara el abandono de sus ideas independentistas.
No fueron satisfactorias sus gestiones en Jamaica y Nueva York. No obstante, este contexto fue propicio para que desarrollara su actividad política, al enfrentar las tergiversaciones de la prensa y exponer su ideario antillanista, en la proclama “A los habitantes del Departamento Oriental”.
Con el protagonismo de la Protesta de Baraguá y la actitud en el periodo inmediato posterior, se expresa el ascenso del liderazgo político revolucionario de Antonio Maceo.
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