SUMARIO: En homenaje a Lupelta, en el aniversario 168 de su ejemplo

Se les prometió un contrato de trabajo por ocho años, con un sueldo mensual, para ellos, fabuloso. Equivalente a varios meses de trabajo en su país. Y su estancia, se les aseguró, no sería lejos, irían para la contigua Filipinas.
Los primeros llegaron a La Habana en julio de 1847, todos hombres libres, legal y contratados de manera voluntaria. Al arribar, preguntaban si habían llegado a Luzón, y si nuestra capital era de veras Manila.
Al ver su rabia por saberse tan miserablemente engañados, el populacho los comenzó a llamar por irrisión… manilas.
Aquellos “colonos” chinos, también llamados culíes, a poco de llegar a La Habana se enteraban de que aquí un negro libre podía ganar en tres días el jornal anual de cualquiera de ellos en Cantón.
La expresión “…lo engañaron como a un chino Manila” viene de entonces, y se ha mantenido entre nosotros para significar la más tremenda burla, el más sangriento escarnio.
I
A Isla de Pinos arribó en 1858 el primer lote de aquellos mal llamados “celestes”, eran solo una decena y entre ellos –cosa rarísima durante la trata amarilla– venía una mujer, muy joven….
Los recién llegados, en todos los documentos constaban, sin eufemismos, como esclavos de la Sociedad de Fomento Pinero. Entidad que acometía por entonces los primeros trabajos para levantar, inmediata las aguas curativas, una Ciudad Balneario en Santa Fe.
II
Por Ley todos los esclavos negros tenían el derecho de adquirir a su hijo antes del nacimiento por la suma de 30 pesos, una quincena después, por 50.
Al africano se le concedía también el derecho a comprar su propia libertad, mientras que, al chino, hombre libre, se le negaba.
La Ley prohibía que a los chinos se les sometiera a latigazos o al traspaso de sus contratos, pero en ambos casos “…esto se burla y los cubanos compran y azotan a sus esclavos chinos abierta e impunemente”.
Todavía en 1872 la Ley prohibía sepultar los cadáveres de los chinos en los cementerios públicos o en los particulares de las fincas.
“…es lamentable –reprochaba un visitante extranjero– el triste espectáculo que ofrece un pueblo culto y católico llevando los cadáveres de los que se llaman infieles a sepultarlos en el sitio destinado para los animales muertos”.
III
La inteligencia natural y la destreza distintiva del chino maravillaban a quienes tuvieron la oportunidad de verlos trabajar.
Los chinos fueron, de preferencia, empleados en la construcción. Su tradicional habilidad y rapidez para transportar cargas los hacían preferibles al africano.
El negro cargaba sobre la cabeza, esto limitaba su fuerza útil y hacía el transporte lento a causa del ritmo que le imponía el andar.
El chino, en cambio, cargaba sobre la espalda por medio de una larga y elástica pértiga de bambú, a cuyos extremos estaba suspendido el doble peso a transportar. “Su andar rápido y flexible –anotó un cronista– estaba acorde con el vaivén de la carga con un sincronismo tan perfecto que los dos parecían formar un solo cuerpo vivo, una sombre que se desplazaba con extraordinaria rapidez”.
Utilizando así hábilmente el principio de la inercia, el más diminuto chino realizaba, al final de la jornada, tres o cuatro veces más trabajo que un vigoroso lucumí.
IV
A la decena de culíes chinos que arribó a esta Isla en 1858 se sumaron enseguida otros 48, luego 34 y finalmente 51 para sumar 143 que fue su cifra máxima. Nunca volvió a traerse una mujer, y no solo porque resultaran demasiado caras.
El “pundonoroso y entorchado” señor don Alejo Salas y España, barcelonés y único residente pinero incluido entre los accionistas que redactaron los Estatutos y Reglamento de la Sociedad de Fomento Pinero, se adueñó de la primera celeste a que hacíamos referencia al inicio de esta crónica, y le puso por nombre Ruperta (“Lupelta”).
Se quedaba así con la crema del primer lote, era Alcalde de la Junta Municipal desde 1856 y recién nombrado Capitán Comandante del Escuadrón de Voluntarios. Nadie podía ni se atrevería a disputarle semejante “bocadillo de cardenal”.
Ningún documento nos la describe físicamente ni un viejo daguerrotipo conserva su imagen desvaída, no podemos sino suponer cómo era aquella muchacha esclavizada y usada al antojo de su amo, pero la imaginamos con esa exquisita delicadeza femenil tan propia de las suyas, grácil, esbelta… y aquí, indefensa, solitaria.
La desesperación y el fatalismo de su cultura, alimentado por el taoísmo, marcaban su conducta –y esto sí nos consta–: indoblegable.
El 14 de diciembre de 1859, cuando todavía no cumplía el primer año de su arribo a Isla de Pinos, “Lupelta” se lanza al pozo de la casona solariega inmediata al lugar donde su dueño levantaría después el ingenio azucarero La Esperanza.
Se libertó ahogándose, y sin ayuda de nadie.
