Una osadía con Fidel tras las rejas

De los muchos momentos de la lucha que continuaron tras las rejas de Presidio en la entonces Isla de Pinos los sobrevivientes del asalto al Moncada, el protagonizado hace 72 años da la grandeza de aquellos muchachos, el alcance de las singulares armas empuñadas y que su creatividad y valor no tenían límites.

Redacción digital

Apenas divisaron esa mañana del 12 de febrero de 1954 desde una de las enrejadas ventanas la llegada del dictador Fulgencio Batista para participar en una pomposa ceremonia en la cercana planta eléctrica del panal, Fidel llamó a sus compañeros de lucha y les propuso la idea, que fue aceptada y organizada de inmediato.

— ¡Ahora!, exclamó Juan Almeida, quien vigilaba que el presidente se acercara.

Como Ciro Redondo había sido trasladado provisionalmente a Pinar del Río para enfrentar otras causas relacionadas con los adiestramientos en Artemisa y Abelardo Crespo se reponía en Santiago de una grave herida de bala en un pulmón, 26 combatientes encarcelados alzaron sus voces a la vez con la letra y música del mismo Himno de combate que los acompañó en el asalto a la segunda fortaleza:

Marchando, vamos hacia un ideal
sabiendo que hemos de triunfar
en aras de paz y prosperidad
lucharemos todos por la libertad.

Adelante cubanos
que Cuba premiará nuestro heroísmo
pues somos soldados que vamos a la Patria liberar
limpiando con fuego que arrase con esta plaga infernal
de gobernantes indeseables y de tiranos insaciables
que a Cuba han hundido en el mal. (…)

Y lo que el visitante imaginó un gesto de halago pronto lo indignó.

— ¿Quiénes cantan…?, preguntó airado al oír aquel coro de voces que venía del pabellón donde estaban presos los muchachos del Moncada.

— ¡Los mato, los mato!, se le oyó vociferar alterado al testaferro conocido allí por Pistolita, quien ya ideaba las represalias, mientras los revolucionarios concluían con toda energía sus vibrantes estrofas:

El pueblo de Cuba…
sumido en su dolor se siente herido
y se ha decidido a hallar sin tregua una solución
que sirva de ejemplo a esos que no tienen compasión
y arriesgaremos decididos por esa causa hasta la vida,
¡que viva la Revolución!

El combativo Himno creado por Agustín Díaz Cartaya a solicitud de Fidel antes del Moncada, que tras las acciones se le conociera como la Marcha del 26 de Julio, tarareaban los combatientes en la cárcel de Boniato, incluyera en nueva estrofa después del asalto el sacrificio de los caídos y comenzaran a cantar públicamente en el juicio de Santiago de Cuba, era entonado ahora en las narices del dictador.

En los próximos días vendrían las represalias por tanto “atrevimiento”.

Primero fueron llamados y castigados en inmundas celdas: Ramiro Valdés, Oscar Alcalde, Ernesto Tizol e Israel Tápanes, después confinarían allí al autor del Himno, contra quien se ensañaron con golpes que lo dejaron herido y sin conocimientos, mientras a los demás le retiraron el aparato de radio y prohibieron hasta las visitas.

“Se morían de la rabia e impotencia al ver que no podían doblegarnos, como tampoco hoy pueden con los cubanos el enemigo imperialista y su camarilla”, afirma ya con sus 74 años, el poeta y compositor, autor también de los himnos América Latina y Tricontinental, cuyas notas prosiguen acompañando la lucha junto a la Marcha del 26 de Julio, y se enorgullece que “hasta la música y otras expresiones de la cultura fueran aliadas de nuestra causa, al igual que hoy ocurre en la Batalla de Ideas que libramos por Cuba y por un mundo mejor”.

Fidel es confinado a aislamiento total en una celda aparte, cercana, pero incomunicada. “Sigo sin luz, con hoy ya diecisiete días. Las velas no las dejaron pasar…”, escribe el líder el primero de marzo, sin saber que ese mismo día eran devueltos al salón colectivo con sus otros compañeros los cinco combatientes incomunicados y acosados.

Las armas esta vez las había “echado y enrollado en la colchoneta que dejé preparada junto a la cama”, en el pabellón. “Me imaginaba que vendrían a buscarme castigado… y así fue”, me dijo años después el hoy Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, quien subraya la forma en que desafió la tortura psicológica:

“…increpamos la medida, sus métodos, pero después que quedé solo, me pasé todo el tiempo leyendo y así pasaron rápido los días…Los libros nos dieron la libertad –relata- que pretendieron quitarnos encerrándonos en difíciles condiciones y nos prepararon para las nuevas batallas…”.

En reflexión sobre esos momentos comentaba Pedro Miret Prieto, otro de esos combatientes: “Las autoridades del penal se tardaron mucho”, afirma refiriéndose a la “previsión de Fidel de organizarlo todo desde el primer momento, como la propia academia, sus temas de estudio y profesores, seleccionados entre nosotros mismos allí, traer libros para nuestra biblioteca, que llegó a disponer de más de 300 volúmenes, el régimen de lecturas y análisis colectivas e individuales, nuestro reglamento disciplinario, antes de que se tomaran contra nosotros represalias, como efectivamente ocurriría después, en febrero del 54, al incomunicar y separar de nosotros al máximo jefe, Fidel”.

“Fue muy importante -comenta Miret- habernos adelantado, pero la soldadesca del penal no sólo se tardó, fueron, además, muy torpes y estúpidos, pues no se percataron ni de estos planes, ni del poder y alcance de los libros, nuestras lecturas, los debates y el acelerado fogueo” en los terrenos político, ideológico y cultural.

“Y cuando creyeron que Fidel estaba aislado, ideamos diversas vías de comunicación que nos mantenían en contacto”, relata uno de los artífices de esos mecanismos secretos, y ejemplifica: “las señales de mano que hacía con Raúl cuando lo envían posteriormente junto a Fidel, de ventana a ventana, desde la celda donde se encontraban y el pabellón…, después Raúl (Castro) inventó sacar letras en cartones, luego funcionaron pelotas de papel, …y los mensajes enviados dentro de tabacos… así salieron La Historia me Absolverá… y otras orientaciones…”.

De esta manera hicieron añicos las represalias y prosiguió la lucha tras las rejas, que pronto doblegaron los revolucionarios al traspasar el 15 de mayo del año siguiente, 1955, mas, no para descansar, sino para lanzarse a nuevas batallas, compulsados por las vibrantes estrofas del himno que sigue combatiendo en otras trincheras: “Marchando, vamos hacia un ideal / sabiendo que hemos de triunfar…”.

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Historia Isla de la Juventud
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana.

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