Marca comercial La Cotorra, patrimonio a recuperar

Si usted se detiene en el puente sobre el río Santa Fe, justo después del restaurante El Ranchón y sigue con su mirada la corriente de las aguas, verá un trozo de pared antiguo retenido por las raíces de un jagüey centenario.

Cimientos de mocorrero que sustentaron la vivienda de Claudio Conde Cid/ FOTO: Wiltse Javier Peña Hijuelos

Me recuerda la rueda del ingenio que perteneció a Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua, donde otro árbol y de la misma familia, aunque menos frondoso, sujeta aquel trozo emblemático de la historia patria.

El muro santafeseño tiene una historia menos elevada y, sin embargo, muy a propósito para ser recordada en estos tiempos cuando parece que las aguas, razón económica por la que se asentó Santa Fe, vuelven a reinsertarse en la mente colectiva para ocupar una posición de primera en el desarrollo del territorio.

Aquel cimiento, levantado con piedras mocorreros, sustentó la morada de don Claudio Conde Cid, el primero en vender agua del manantial de magnesia y darla a conocer en el occidente del país con un nombre emblemático pinero, La Cotorra.

Aquel avispado comerciante, todavía no sé cómo, logró burlar el acuerdo del Ayuntamiento alcanzado a propuesta del primer alcalde pinero, el coronel del ejército libertador don Manuel Sánchez Amat, donde se establecía que este manantial era de uso público y siempre libre de pago.

Aquel “aguatero” hizo su agosto hasta 1912 cuando se le viran las tortas: el español Benito Ortiz, para entonces Alcalde Municipal y dueño del manantial de magnesia, (ubicado a la entrada de Nueva Gerona, no el santafeseño) e interesado en vender su propia agua, decidió cancelar el contrato que disfrutaba don Claudio.

El remplazo adoptado por Conde Cid no pudo resultar más exitoso: comenzó a explotar otro excelente manantial, en las afueras del poblado, el de Agua Santa, que era de su propiedad, aunque exportándola como la auténtica agua mineral La Cotorra, ya muy acreditada.

Hizo más inclusive, una jugada maestra con la cual se evitó los gastos por transportación: poco a poco fue mezclando el agua pinera con la de otros pozos en Guanabacoa, La Habana, hasta acostumbrar el paladar de sus clientes y llegó el momento en que ya no tuvo que adulterarlas más, el agua mineral La Cotorra pasó de pinera a ser ciento por ciento de Guanabacoa.

Hoy, el subterfugio de aquel avispado Conde todavía nos trae secuelas: la marca comercial La Cotorra pertenece con toda legitimidad a Guanabacoa y no a su tierra de origen, la Isla de las Cotorras. Una marca comercial nuestra, prestigiosa y reconocida, que está por recuperar. Guanabacoa no puede, en buena ley, reclamarla para sí, sus pozos están contaminados.

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