
En la Isla, donde el mar dicta su propio ritmo y el tiempo parece detenerse en los muelles, Yojamna Anixa Sánchez Ponce de León escribe como quien borda con palabras. Sus artículos son ventanas abiertas de par en par: dejan entrar la luz de la cultura, el murmullo de la historia y la esperanza de una juventud que aprende a narrarse a sí misma.

Periodista, profesora, escritora y correctora, Yojamna se ha consolidado como una de las voces más representativas y queridas del periodismo cultural en el territorio. Su estilo narrativo, cargado de imágenes evocadoras y una sensibilidad envidiable, convierte cada texto en un acto de pertenencia. Pero detrás de cada trabajo impecable que hoy llega a las manos de los lectores del semanario Victoria, se alza la trayectoria de una mujer forjada en la resiliencia, cuya vida es un testimonio de que la vocación no elige los caminos más fáciles, sino el corazón más firme.
La historia de Yojamna comienza con el trasiego de las provincias. Su madre, originaria de Santa Clara, llegó a la Isla buscando nuevos horizontes y echó raíces en el Consejo Popular Juan Delio Chacón. Allí, en el calor de un hogar extendido, creció rodeada de sus tías y primas, quienes se convirtieron en el mayor apoyo y en la columna vertebral de su magnífica familia.
Sin embargo, la infancia y juventud de Yojamna estuvieron marcadas por una sombra silenciosa: la fragilidad de su salud. Desde pequeña fue una niña enfermiza, pero su espíritu inquieto y su amor por las letras la llevaron, al terminar el Preuniversitario, a decidir su rumbo: la Licenciatura en Español y Literatura, un terreno donde su talento brillaba con luz propia.
Al graduarse, inició su vida laboral en la ESBEC 53, Carlos Fonseca Amador. Durante cuatro años cumplió con su servicio social como profesora, entregando a sus alumnos el mismo rigor y pasión que la caracterizan. Pero el destino tenía guardado un giro inesperado. En esos años, la artritis reumatoide comenzó a hacer estragos en su cuerpo. Las cosas se fueron complicando, dificultando su labor frente al aula. Las guardias nocturnas se volvieron un calvario; sus compañeras de trabajo, con la empatía que solo forja la trinchera compartida, debían ayudarla incluso a peinarse. Apenas podía escribir en la pizarra, pues su mano izquierda comenzaba a fallarle, traicionando su voluntad.
Fue en medio de esa encrucijada física y profesional que su esposo de entonces, Ernesto Luis Bernard Duarte, trabajador de Infocaribe y conocedor profundo de su intelecto, le habló de un curso de periodismo que se impartía en Radio Caribe. La llevó casi “por los pelos”, convenciendo a una Yojamna que, entre risas, admite: “Jamás en mi vida había pensado, ni soñado, en ser periodista. Ni siquiera era buena lectora de periódicos”.
Tras aprobar el curso de reorientación junto a figuras como Tahimí Barzaga y Katia Álvarez Rosell, le ofrecieron una plaza. Sin embargo, la autocrítica la frenó: “Me di cuenta de que hablaba muy rápido y tenía problemas de dicción para la radio. Me dije: ‘esto no es lo mío’, y continué en mi escuela trabajando”.
El verdadero llamado llegaría poco después de la mano de Liuba García, quien en aquel momento era la jefa de Redacción del periódico Victoria. También licenciada en Español y Literatura, le propuso integrarse al equipo. “Era más de lo mío: redactar”, recuerda. Así, el 1 de octubre de 2002, Yojamna cruzó el umbral de la redacción, encontrándose con colegas como Mónica Alfonso, Karelia Álvarez y Alexis García.

Robin Marín, entonces subdirector, le advirtió que en su expediente constaba que era “Reserva Especial del ministro de Educación”. La respuesta de Yojamna fue una lección de humildad y honestidad intelectual: “Estaba en el periódico para aprender, quería hacer periodismo y no para dirigir; ya había estado al frente de la Cátedra de Humanidades en la ‘53”. Su primer trabajo lo realizó a cuatro manos junto a Liuba, en el suplemento Cotorrín, sellando un pacto con el oficio que perduraría por décadas.
Nunca olvidará la ocurrencia jocosa de Olguita Morales Vilaú cuando la presentaron en la Redacción: “Oye… va a ser más nombre que texto lo que escriba”. Hoy, al recordarlo, sonríe con la serenidad de quien ha demostrado que la constancia siempre termina doblegando al escepticismo.
A Yojamna no le gustan los cambios y les tiene un cierto temor, pero cuando descubrió el encanto del Victoria, supo de inmediato que ese era su lugar. Y así, con el mismo orgullo, lo repite hoy.
El periódico no se escapa de la intermitencia y las durezas de la vida. Hubo tiempos en los que, para poder trabajar y realizar las coberturas nocturnas de cultura, tenía que trasladarse desde Delio Chacón y quedarse en la casa de su padrastro, en Abel Santamaría. En esas madrugadas, los fotorreporteros se convertían en sus ángeles custodios: al terminar la jornada, la acompañaban caballerosamente hasta la puerta de la casa, para luego, ellos emprender el largo regreso caminando.
Margarita Gómez Reyes, nuestra recordada administradora, solía decir: “Estos niños nunca tienen problemas, la gente que proviene del sector de educación llega con una disciplina envidiable”. Pero Yojamna sabe mejor que nadie que es el periódico quien te desarrolla un sentido del compromiso y la responsabilidad que hace imposible faltarle. Al llegar joven, estaba dispuesta a todo. “Recuerdo el recorrido de la ‘guardia de las vacas’. Sergio me decía: ‘Niña’, y yo le respondía: ‘Sí, papá, apúntame'”.
Yojamna nunca se desvinculó del todo de la docencia. Su faceta de profesora le ha servido como brújula en el trabajo periodístico, aportándole rigor analítico y profundidad. Al poco tiempo de entrar al semanario, ya estaba impartiendo clases en la ESPAC, en el Centro de Instrucción del Ministerio del Interior, en Comercio y Gastronomía, y en Casas de Cultura. Simultáneamente, asumió la responsabilidad de correctora de la editorial El Abra.
Hoy se desarrolla en la modalidad de pluriempleo, trabajando como correctora y periodista, sin abandonar su oficio de educadora. Aunque reconoce que la docencia no supera en motivación y expectativas a su pasión por el periodismo, ha logrado situarlas en una misma balanza: “La docencia me acerca más a la vida, a la esencia del conocimiento y la superación humana; y el periodismo, a las raíces culturales más auténticas del pueblo pinero”.
En sus más de 24 años de servicio ininterrumpido en la prensa, atesora la comprensión, el cariño y el aporte de sus tres directores: Sergio Rivero, Matilde Campos y el actual, Gerardo Mayet. Cubrió como jefa de Redacción en ausencia de Liuba, un paso donde el apoyo de Mayra Lamotte fue determinante: “No se lee una plana, ni la corriges como se revisa una prueba de español; el periódico tiene sus Normas de Redacción y hay que respetarlas”.
Luego dirigió casi todos los departamentos, incluido el digital, junto a José Reinoso (Pepe) y Luis Bernabeu. “Entonces le pedí a Sergio incorporarme nuevamente al Departamento Informativo. Nunca quise dirigir, pero sucedió”, afirma sonriente. Preparó a Magdy Puig para la sección cultural y, tras su embarazo, Matilde le dio a escoger entre la jefatura del Informativo o retomar la cultura. Ella eligió lo segundo, obteniendo junto a Mayra Lamotte un reconocimiento nacional por su trabajo continuado sobre los Cinco Héroes.
Para Yojamna, en el Victoria existe un humanismo que no se agota; el problema de uno es el problema de todos.
Los momentos de vulnerabilidad fueron abrazados por la redacción. Cuando salió embarazada, su primer director, Sergio, estaba cumpliendo misión en Venezuela. Al enterarse, preguntó: “¿Pero ¿quién embarazó a Yojamna? A ese hombre hay que hacerle un pedestal”. Al regresar a la patria, Sergio conoció al padre de su hijo, un hombre justo, de su tamaño y delgado, y exclamó: “¡Coño, yo pensé que era un hombre fuerte y grande!”. Sergio fue el primero en conocer a Nino, llevando consigo una cantidad de juguetes y detalles hermosos para él. Recuerda con cariño.
La entrega de Yojamna al oficio raya en lo épico. “Yo me muero, pero no quedo mal con el periódico”, dice. Durante una visita de los Cinco Héroes, un cólico nefrítico la dejó postrada, recibiendo medicamentos en vena y con una ‘mochita’ y todo en su brazo. Aun así, asistió al recorrido. A las tres de la tarde, con la mano evidentemente inflamada, los propios familiares de los Héroes le pedían que se retirara, pero “ya era imposible, a esa hora no se podía cambiar de periodista”. Terminó el trabajo tecleando poco a poco con la otra mano. Trabajó hasta la edición del 3 de julio, y el 15 de julio, en el aniversario de la UPEC, con su hijo Nino recién nacido.

Recuerda también su cesárea. Sin camas disponibles, la ubicaron en la sala de perinatología. Pedro Blanco y Yanelis Vico estaban allí; Pedro logró entrar solo para darle un beso. Y no había pasado ni una semana cuando sus compañeros, llenos de tierra, tras un trabajo voluntario, llegaron a su casa para conocer al niño, cargándolo con un cariño inmenso. “Momentos como estos no se olvidan”.
Pero la vida también deja cicatrices profundas. Las coberturas del huracán Gustav la marcaron para siempre: “Las cosas que nunca pensé que veríamos… Una placa de una casa doblada como la hoja de un libro. Un ambiente de desolación y destrucción sin igual, una isla arrasada por un evento meteorológico de fuerza extrema. Muy triste”.
El tejido humano del semanario tiene hilos de dolor y de amor supremo. Evelio Medina, el fotorreportero que cada vez que alguien daba a luz le hacía su álbum de fotos, enfermó durante su embarazo. “Esperaba y esperaba que se recuperara para que me hiciera el álbum. Nadie se atrevió a decirme que había fallecido. Esa acción de cuidarme, de evitarme preocupación y dolor, no tiene precio”.
Recientemente, vivimos otro luto. “Oramos incansablemente sabiendo que el delicado estado de salud de nuestro fotorreportero Yoandris Delgado Matos era insuperable. Siempre una parte nuestra estuvo ahí, apoyando a su familia, a su magnífica esposa. Y eso, créeme, son las cosas que te marcan para la vida”.
Siempre hay quien me pregunta por qué no buscar otro lugar con un mejor salario. “No todo es dinero”, respondo. “Cuando uno experimenta por sí misma el valor humano, las mejores relaciones personales… En ese instante donde no tienes qué comer y con una nobleza enorme Mayet se te aparece con un paquete de picadillo, y eso no lo vives en cualquier lugar”.
Hemos sido una familia presta a la colaboración, con respeto y humildad. Siempre disfrutar y aprender de Niurka Morales, Olguita Morales o Raulito Comptis, cuando venían a señalar un error de contenido o una errata, significaba mucho, porque ese criterio partía de una visión refinada, típica de un buen corrector y amigo.
De igual manera valoro la dedicación de los choferes, fotorreporteros y periodistas. Gente buena como Víctor Samuel Ferra y Evelio, que se las arreglaban para cuidarnos como un hermano mayor; ver a Mayet, siempre correcto; y Miguel Guzmán, el divertido jodedor por excelencia. Yordan, Diosel, Jorge Luís, Regino, siempre dispuestos a ayudar a cualquier hora.
Para Yojamna, las tiradas del periódico fueron, desde el primer minuto, el proceso que te enamora hasta convertirse en una escuela creadora. Vivió intensamente cada madrugada, rodeada de compañeros que bebían enormes cantidades de café para mantenerse despiertos. Recuerda con asombro un titular en rojo: “Mariana Grajales, la madre de todos los cubanos”. Esa perspicacia, ese oficio de leer entre líneas y pensar que se le podía ir algo, la dejaba sorprendida, pero contaba con la satisfacción de aprender de gigantes como Mayra Lamotte.
Hoy, Yojamna atiende con rigor y sensibilidad los sectores de Turismo, Comunicaciones, ICAP y Cultura, entre otros. Ostenta con orgullo la Distinción Félix Elmuza y celebra sus 25 años de labor al servicio del órgano de prensa del Partido en la Isla de la Juventud.
Siendo tan magnífica educadora como periodista, su fortaleza se sostiene en el amor incondicional de su familia: en la belleza y singularidad que le aporta su hijo Nino; en su padre y crítico favorito; y en su madre, la fuerza que la abraza y sostiene con ternura.

Yojamna se caracteriza por su sentido de pertenencia, su sensibilidad y compañerismo inquebrantable. Formar parte del colectivo del periódico por casi un cuarto de siglo es un gran orgullo que la lleva a dar gracias a Dios.
“Gracias a Dios por sembrarme allí, por ser parte de algo bueno y de sueños que no mueren”, concluye, con la voz cargada de una emoción que no necesita de adornos. Yojamna Anixa Sánchez Ponce de León no solo escribe sobre su Isla; ella es, en cada letra, en cada crónica, en cada madrugada de café, tinta o tecleo, la razón misma del Victoria.
Colaboradora (*)
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