La Jungla Jones

Si preguntáramos a cualquiera de los pineros más viejos y mejor enterados ¿cuál fue el lugar de Isla de Pinos que recibió más extranjeros en 1956?  Nos respondería,  “fue La Jungla Jones”. Y efectivamente tendría razón: 1500 turistas pasaron por allí en aquel momento. Las cifras se conservan.

FOTO: Linet Gordillo (*)

Dos años después Isla de Pinos se empinaría hasta colocarse a nivel de país como tercer polo turístico, antecedida solo por La Habana y Varadero. Entonces La Jungla Jones alcanzó su máximo esplendor, momento en que sus árboles se encontraban en la plenitud de su desarrollo.

Este paraíso verde, autóctono y exótico, tenía 44 hectáreas de extensión y una vegetación exuberante. Entre otras especies, contaba con 20 variedades de mangos, 10 de caña brava, el famoso mangostán de Brasil; diversos tipos de ocujes, jagüeyes, yagrumas; té de China, cacao de la India, árboles del caucho y mate de los Andes…

Desde 1902, al arribar a Los Almácigos el matrimonio norteamericano de Harry Jones y Helen Rodwan comenzó allí esta tarea ciclópea. No la detuvo ni siquiera la muerte prematura del esposo en 1938.

Helen quedo sola, y sola debió enfrentar el ciclón del 44, tan devastador como el de 1926.

Al amanecer, faltaba por completo el antiguo garaje y las construcciones accesorias. En la parte principal del bungalow, no había puertas. Quedaba una sola ventana. Y arriba, en el techo, por donde estuvo el caballete entraba ahora una llovizna cernida.

Al mirar afuera, Helen vio un destrozo peor. Ni uno solo de sus hijos se conservaba como fuera. Más de la mitad mostraban sus raíces al aire.

Donde estuvo la rosaleda no había ahora nada distinguible. Ni glorieta, ni bancos, ni enredaderas. Sólo un amasijo de muerte. Hojarasca y ramas de árboles deshuesadas, trozos de techo, tablas partidas.

Salió al jardín…

Y sentada sobre una piedra, con los ojos cerrados, estuvo bajo el lloviznar inclemente hasta tenerlo todo confuso. Y ya no hubo nada alrededor. Nada. Ni siquiera ella misma. Nunca supo cuánto tiempo estuvo allí sin abrir los ojos, a la espera de la muerte.

Hasta que lo sintió arropar sus hombros.

Un enorme majá, quizás buscando el poco calor todavía emanado por su cuerpo, se enroscó en ella y la estrechaba en un blando abrazo protegiéndola de la lluvia.

No abrió los ojos.

“Harry, Harry… yo sabía que vendrías. ¡Sola no puedo!”

Luego el majá trajo guayabas.

No las quiso. Todavía prefería terminar… Pero fue obligada a comer. “¿Harry, todavía no me quieres contigo? ¡No te vayas entonces!”

Las frutas le supieron a dulce arena de playa. Un sabor extraño, pero traían su vuelta a la vida. Y retornó al bungalow para levantarlo de nuevo, para trasladar esta otra vida a sus agonizantes retoños, a los hijos de ambos.

Y el majá entró con ella. “¡Lo intentaremos de nuevo, Harry! ¡Contigo lo puedo todo!”

(*) Islavisión

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