La isla de los Santos

La primera oleada de Santos llegó a esta isla antes de 1728. Entonces el sable de abordaje y el trabuco naranjero de piratas o rescatadores era la presencia más frecuente a cada paso, tanto en cualquier vereda extraviada como en las aguas siempre convulsas que circundan al territorio pinero.

FOTO: Archivo del autor

Quizás una voluntad mística de contener tanto desafuero trajo a San José de Los Indios, Santa Inés de La Cisterna, Santa Ana, San Carlos, San Manuel de Las Tunas, Santa Teresa, San Esteban, San Francisco de Las Piedras, La Caridad y Las Mercedes.

El 22 de abril de 1760 llegó la segunda oleada de santos a La Isla del Tesoro cuando el capitán don Nicolás Duarte y Pedroso –dueño absoluto de uno a otro confín– repartió este territorio entre sus descendientes, a quienes adjudicó siete hatos poblados o haciendas ganaderas: Santa Rosa de Sierra de Casas, Santa Rosalía de Sierra de Caballos, Santa Bárbara de Las Nuevas, Santa Rita de La Jagua, Santa Fe, San Pedro y San Juan, hoy… La Reforma.

Una de las anteriores, Santa Rita de La Jagua, aportó después otro pequeño tendal de santos cuando en 1775 don Francisco Javier Duarte intentó su primer desmembramiento. Nacieron como hijuelas de la anterior: San Andrés del Canal, San Francisco de La Vega, San Carlos de La Ceiba, y San Carlos, sin más especificidad.

Otros tres santos surgieron en fecha no precisada todavía; Santa Elena, San Rafael y San Antonio.

Demasiados santos para un territorio de apenas unos 2 200 kilómetros cuadrados.

El andar callado, a veces estrepitoso, de los días fue barriendo a unos y otros. Hoy, despojados de su aureola, aunque aparezcan con otros nombres en la cartografía más reciente, los pineros de cepa dicen todavía: Los Indios, La Cisterna, Las Tunas, Las Nuevas o La Jagua…

Casi a regañadientes pervive Santa Fe.

Y en ocasiones, como de pasada, se menciona a Santa Rosalía o Santa Elena, quizá por aquello de que las mujeres… tienen preferencia.

Ahora, en la memoria de los más jóvenes solo uno de aquellos reverenciados de antaño asiste al quehacer diario de este tiempo: San Pedro, con su reconocimiento formal en todos los registros, mapas o documentos oficiales.

San Pedro…

En las aguas muchas veces navegadas de su río, sumergidas en su corriente majestuosa o escondidas por la uña de mangle, se guardan quién sabe qué presencias escondidas de otros tiempos.

En la planicie frente a su margen derecha, cargada con el aroma de sus orquídeas de chocolate, si se tiende el oído y se está atento puede trasuntarse todavía la algarabía pobladora de los colonos norteamericanos. A principios del siglo anterior la llenaron de encristalados bungalós con chimeneas, plantaciones de cítricos, aserríos, un ferrocarril de vía estrecha y dos hoteles: el Andorra Inn, más modesto, y el majestoso Hotel San Pedro de dos pisos que, a pesar de sus columnas tan sólidas, arrancara de a cuajo –con todo lo demás– el cubanismo ciclón del ’26.

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