En la Isla de la Juventud la vida de Jorge Luis Concepción Áreas se lee como un mapa de rutas y recuerdos. Llegó desde San Antonio de los Baños con apenas tres años de la mano de sus abuelos y desde entonces esta tierra lo reconoció pinero con la misma naturalidad con que el mar nombra a las mareas. Formado primero como carpintero ebanista, oficio en el que aprendió a medir el tiempo en virutas, encontró en el volante el sentido de su trayectoria profesional.

Su abuelo, hombre de manos curtidas y mirada experta, le enseñó a conducir con calma y respeto. Esto le venía en la sangre, afirma Jorgito, convencido de que conducir no es solo trasladar personas o recursos, sino escuchar el latido de un territorio, leer el rumor de las calles y custodiar la confianza de quienes suben al carro en busca de noticias y respuestas para informar al pueblo.
A los treinta años ingresó al periódico Victoria como chofer. Lo que comenzó como una tarea de traslado se convirtió en pertenencia: fue compañero de madrugadas y coberturas, testigo y guardián de historias que nacían en la urgencia de cada edición. En el Semanario desempeñó múltiples funciones: reparó motores, dio mantenimiento a equipos de climatización, instaló ventanas y, cuando fue necesario, sirvió también la merienda a sus colegas. Aprendió mecánica sobre la marcha y, con cada arreglo, tejió una red de confianza que lo convirtió en muy poco tiempo en un brazo fuerte del colectivo.

Su convivencia en el Victoria tuvo una significación muy especial. Periodistas y choferes compartían más que horarios: intercambiaban afectos. Con Yordan formó un equipo inseparable: cuando un carro se averiaba, lo sacaban entre ellos; no conocían la palabra “imposible”.
Entre las anécdotas que guarda Jorge Luis, refiere que, durante el primer viernes de tirada, Sergio, el director, le aconsejó llevar a su esposa para que conociera los extras propios del oficio, luego se sumaron las jornadas agrícolas en la finca de Eddy, la primera visita a La Habana, y otras tantas, que son la prueba de una vida dedicada al servicio colectivo.
Él se define con palabras sencillas: trabajador, responsable, reservado, exigente con su medio de trabajo, que cuida como si fuera suyo, consciente de que la calidad del servicio repercute directamente en la eficiencia del oficio. Su máxima: “Si usted lo ensucia, usted lo limpia”, resume un principio de la guarda y cuidado que distingue su obrar profesional.
Tras casi nueve años en el rotativo, su camino continuó en otras instituciones: cubrió como chofer en el Comité Municipal del Partido durante tres años y, actualmente, presta servicios en la Universidad Jesús Montané Oropesa, tras haber trabajado bajo los mandatos de Reglita, Licea y Noel. En cada lugar dejó la huella de su seriedad y se llevó el recuerdo de colectivos que lo acogieron como un hijo.

En el aniversario del Victoria, la trayectoria de Jorge Luis se lee como un homenaje a la entrega cotidiana de quien cumple con su deber con humildad y grandeza. “Conducir es mi destino”, repite, y en esa frase se encierra la serenidad de un hombre alegre que encontró en esta actividad la realización de un sueño: no de fama, sino de pertenencia, y utilidad silenciosa.
Al cerrar cada jornada y regresar al estacionamiento, le acompaña siempre la certeza de un sueño cumplido. Cada kilómetro guarda imborrables historias, y en el polvo del camino se lee el orgullo, sabiduría y valores, que este terruño y su gran familia del Victoria le regaló.
Colaboradora (*)
