El tiempo que nos cambió

No basta con recorrer las páginas de un archivo para comprender la historia de un territorio; hay que escuchar a quienes la sostuvieron con el compromiso en la trinchera del trabajo cotidiano.

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Librada Lourdes Lorance Hernández es una de esas personas que no solo apoyó el proceso, sino que ayudó a cambiarlo. Su trayectoria, marcada por la disciplina, la vocación de servicio y una entrega silenciosa pero inquebrantable, queda indeleblemente ligada a los 60 años de vida del periódico Victoria.

Criada en un hogar humilde en la antigua Isla de Pinos, donde nació el 28 de enero de 1950, absorbió desde la infancia el valor del trabajo honrado. Su padre, estibador, y su madre, ama de casa, le transmitieron una ética de esfuerzo y solidaridad que definiría su camino.

Caracterizada por su sencillez desde muy joven, se sumó a la Campaña de Alfabetización y a diversas tareas comunitarias, convencida de que la educación era el cimiento de la dignidad humana y el progreso colectivo; así se vinculó al movimiento masivo de la Batalla por el 6to. Grado, trabajando en los colectivos laborales y comunidades.

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Esa convicción la llevó también a integrar la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y cumplir en ella disímiles tareas: “Trabajábamos con mucho entusiasmo movilizadas en la siembra del kudzú en las áreas de La Melvis y La Victoria”. Por su trayectoria en la organización ostenta hoy con sano orgullo la “Medalla 23 de Agosto”.

Posteriormente, comienza a trabajar en la Unidad de Propaganda del Partido, de forma específica con Luis Cárdenas, quien crea una oficina ubicada al lado del río para distribuir propaganda a todos los centros de trabajo y a los núcleos.

“Lo lograba de forma peculiar, en aquel tiempo no teníamos celulares y no estábamos ajenos al problema del transporte y la falta de combustible, pero junto a Cárdenas cumplíamos con el objetivo, repartíamos todo aquello y la gente de Mella, Mella Cítrico, y Los indios venían o mandaban al chofer de la guagua a recoger el paquetico, y así llegaba la información”, nos cuenta sonriendo.

Fue en ese contexto de euforia constructiva y de transformación, donde Lourdes presenció y participó activamente en un hito local: cuando en 1984 se inicia la construcción del poligráfico Pablo de la Torriente Brau; con Eloy López Jay como inversionista al frente, se comienzan a preparar condiciones.

“En la planta baja se ubicaba la imprenta y el comedor y en la alta se pensaba hacer el periódico. Se fueron mudando las máquinas, se trasladaron también los periódicos que estaban en la redacción de calle 41 y en el taller de 22, al lado de la bodega El Mundo. Los consecutivos serían guardados en el sótano, para lo que iba a ser la supuesta biblioteca.

“El grupo eligió la parte izquierda para la redacción, quedando en la otra ala el archivo, la dirección y administración. Era un ambiente excepcional, motivador, se estuvo seleccionando la ubicación de los locales por largas horas, había muchos deseos de hacer.

“Renacer el periódico en su nueva sede. Fue una experiencia inolvidable”, afirma.

“Comencé a trabajar como bibliotecaria, bajo la dirección de Nieves Varona, pero se empezaron a complicar las cosas, –sonríe–, había que redactar la página de los detalles caseros, refranes, jueguitos, las recetas y comenzamos a hacer trabajos, y estuve colaborando mucho tiempo, hasta que Mayra se encargó”.

Recuerda de esa etapa a Humberto y Aurora, Lidia, Diana, Dora, Arminda Caballero, los primeros pasos de Riquelma Pentón, Orestes, Tellería, después se sumó Pedro Blanco, valiosos compañeros que laboraban con mucho rigor y responsabilidad.

Junto a personas como Nieves Varona y Sergio Rivero, que era el Jefe de Despacho del Partido en esa época, Lourdes asumió responsabilidades organizativas y de enlace nacional al ser nombrada secretaria de Nieves, quien cumplía la doble función de ser la directora de la Editora y diputada a la Asamblea Nacional, además de jefa de la Comisión de Industria, obligaciones que demandaban una alta responsabilidad y calidad en el desempeño.

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“Fueron años de intensa convivencia profesional y afectiva, el periódico se convirtió en un núcleo de vida compartida y de hermandad. Fue el Victoria una gran escuela para mí. Ahí conocí a muchas personas valiosas del pueblo, activas y extraordinarias. Lo mejor de aquellos años fue aprender, compartir y trabajar directamente con Nieves y Sergio; no se olvidaban ningún detalle y siempre estaban al tanto de todo porque el periódico era centro de muchas visitas nacionales; recuerdo la limpieza de los 79 cristales de las ventanas que siempre nos tocaban a Clarita, la joven auxiliar y a mí. El colectivo siempre fue un verdadero equipo”, sonríe y rememora con la nostalgia, serena, de quien sabe que lo construido perdura.

“Un pensamiento aparte te quisiera trasladar y es para Nieves Varona. Se dice que hay un arte para mandar, no, Nieves tenía un don para dirigir, para aunar al colectivo, todo el mundo iba parejo con ella, sin resentimiento, sin molestias. Por su trabajo y trayectoria gozaba de mucho prestigio y autoridad, no sólo por sus responsabilidades, sino en el plano personal. Se pegaba a trabajar, no importa lo que hubiera que hacer; era muy exigente, operativa, servicial, preocupada, y, sobre todo, muy familiar… ¡Hasta llegó a repasar a mi hija Ledy, no sé cómo lo hacía y cómo era posible, pero tenía tiempo para todo y para todos!

“Si alguien tenía la necesidad de buscar algún muchacho que se había quedado en la escuela o en el círculo, siempre había dispuesta una moto, bicicleta, algo, lo que apareciera para ayudar, no existía diferencia, ni distinción, del que fuera se traía.

“Recuerdo en una ocasión, para que luciéramos más bonitas surgió la idea de hacer uniformes, me dieron la tarea de buscar sayas azules y Nieves trajo de La Habana algunas blusas, pero nos faltaba la corbata y fuimos a la calle 39 y compramos tela del mismo azul que combinara con la saya. Olguita, Dora y yo las cosimos y salieron, fue una gran satisfacción verlos terminados”.

Lourdes dedicó al periódico 10 años de su vida, que los lleva con excepcional cariño, porque aquí aprendió y se creció como profesional y como mujer en las disímiles tareas que tuvo que emprender y llevar adelante con gran compromiso, disciplina y amor.

Durante seis décadas, el Victoria ha sido el medio impreso por excelencia, archivo y conciencia de la Isla de la Juventud. En sus páginas quedaron registradas innumerables campañas agrícolas, avances en la industria, la educación, salud y los rostros anónimos de quienes, con sudor y fe, trazaron un nuevo destino para el territorio.

El testimonio de Lourdes confirma una verdad fundamental: informar no es solo transmitir datos; es participar activamente en la formación de valores, resguardar la identidad local y proyectar las conquistas sociales hacia el futuro. Ella representa a una generación que entendió y al mismo tiempo aportó su competencia a favor del trabajo de la prensa con un compromiso ético y de bien colectivo.

Colaboradora (*)

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