“¿Quién pudo hacer esto? Fue alguien de aquí… Estoy empapada en sudor, el uniforme se me pega, los ojos me lagrimean, arden, no puedo respirar, a lo mejor los bomberos están por allá abajo.

“¿Él?, ¿sería él? Hoy estaba tan raro, no hacía otra cosa que mirar la hora; esperó el momento del cierre para poner el explosivo; qué sed, Dios mío, tengo la garganta seca.
“Menos mal que Luisa se llevó la ropa de los círculos infantiles, esa, al menos, el cabrón no la pudo quemar… Ada se hará cargo de mi hijo Robin y de mi mamá…, cuando los estantes se prendan será el fin”.
Estos son fragmentos de la descripción del narrador Waldo Leyva en el cuento La petaca referido a la destrucción el 13 de abril de 1961 de la tienda El Encanto –la mayor del país, ubicada en la céntrica esquina habanera de Galiano y San Rafael– con un petardo incendiario. Allí fallece Fe del Valle, trabajadora y miliciana en ese comercio al quedar atrapada en una escalera cuando trata de salvar los fondos de la Federación de Mujeres Cubanas.
El hecho se fragua a partir de que Mario Pombo Matamoros, jefe de una organización contrarrevolucionaria en complot con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, conoce que el empleado de la elegante tienda Carlos González Vidal es desafecto a la Revolución y, una semana antes del atentado, lo contacta y le propone ejecutar el sabotaje.
González Vidal acepta, pero con la condición de que una vez concluida la operación lo saquen urgente de Cuba y lleven a Estados Unidos. En horas de la mañana del 13 de abril, un enlace con dicha organización le entrega a Carlos dos petacas preparadas con explosivo plástico C-4, ocultadas en cajetillas de cigarrillos con la indicación de colocarlas en zonas claves para propagar el incendio.
En un instante las petacas estallan y el fuego se propaga en los siete pisos de la tienda por los conductos del aire acondicionado. Resulta imposible detenerlo y queda la tienda reducida a escombros y vigas de acero retorcidas.
Cuando apenas quedan algunos focos del incendio en El Encanto, milicianos que custodian la playa de Baracoa, detectan en la madrugada, que desde una casa se hacen señas con una linterna hacia el mar. Proceden a registrar la vivienda y a interrogar a sus moradores.

Entonces ocurre algo inesperado: el jefe de la compañía de milicias que custodia la costa en esa zona es también empleado de El Encanto y reconoce a Carlos González Vidal, enviándolo detenido para la Seguridad del Estado. Allí lo detecta Oscar Gámez, quien también había sido empleado de la tienda. Carlos desconocía que desde hacía algún tiempo era agente de la Seguridad. Luego de presentarle varias evidencias que lo vinculan con el sabotaje, y de interrogarlo durante varias horas, logra que confiese que él había sido el autor material del incendio.
Actos espantosos como este ocurrido, hace 65 años, perviven de manera dolorosa en la memoria y el corazón del pueblo, máxime cuando en el contexto actual el imperio sigue conspirando contra el pueblo cubano.
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