Es cierto que el bloqueo aprieta, que los apagones agotan, que la vida está dura, muy dura, pero la madre cubana no espera sentada

Hay una madre con mucho de ternura y de coraza.
Una madre de regazo cálido y energía en sus alas, que no se cansa de andar tras los pasos de sus hijos, cuidando sus pisadas.
Ella madruga antes que el sol. Aprendió que la mañana es su mejor aliada, que cuando la ciudad aún ronca, es tiempo de alistar la casa.
Sabe cómo hacer para que el desayuno parezca más de lo que es, y lo que cuesta erguirse sobre el día a día. Sabe de los obstáculos, de carencias que muchas madres en otros lugares del mundo no conocen, porque aquí los ciclones soplan recios, con ganas de cercarnos el horizonte, y aun así, no logran arrebatarle la esperanza.
Esta madre no se desmorona. Camina con la voluntad de sus ancestros hecha músculo, sin que el cansancio le robe la sonrisa.
Y si la esperanza se pone pesada, la carga igual, con el paso firme de quien sabe que atrás vienen sus retoños, mirándole la espalda.
Es cierto que el bloqueo aprieta, que los apagones agotan, que la vida está dura, muy dura, pero esta madre no espera sentada.
Sé de algunas que, si el ventilador se les daña, aprenden electrónica; que a fuerza de recomponer su casa, saben más de albañilería que los formados por escuelas. Sé de muchas que son maestras sin títulos, gestoras de crisis y cómplices silenciosas de cada sueño que palpita en su casa.
Pero cuidado, que nadie se llame a engaño. Ella sola es suficiente para eclipsar el sol, para prender la luna, para empatar los sueños si hiciera falta.
