Deportista de profesión y fotógrafo por vocación

 

Redacción Digital

En la Isla, donde las calles guardan el rumor de los días como cartas antiguas, la cámara de Julio Ricardo Alarcón Hernández ha aprendido a leer el tiempo. No toma fotografías, convoca presencias.

Fotos: Archivo

Sus imágenes llegan como si vinieran de lejos y, sin embargo, pertenecieran a la casa de todos; en ellas se reconoce la luz de la mañana, el polvo de la tarde y la paciencia de quienes trabajan la tierra y hasta los sueños.

De raíces bayamesas, llegó a Isla de Pinos en 1973 con sus padres profesores; desde entonces se ha convertido en una figura emblemática del fotoperiodismo territorial.

Ricardito comenzó en la fotografía desde muy pequeño, “me llamaba la atención, tendría unos 12 años”… Nos cuenta, cuando su tío, que era como su segundo padre, cambió una cámara por una cotorra y siempre salía con él a tirar fotos, aconsejándole en cada paseo que debía jugar con tres parámetros: velocidad, diafragma y asaje.

Su padre también alimentaba esta motivación; cada 25 pesos que le daba para comprar caramelos, Ricardito los convertía en una de las camaritas soviéticas marca CMEHA, que vendían por aquellos tiempos en las tiendas, hasta que “el viejo” tuvo la brillante idea de sorprenderlo cuando por su cumpleaños 15 le regala una cámara Zenit 12XP.

Fotos: Archivo

“Imagínate, para mí fue lo máximo, me sentí muy orgulloso y logré muy buenas fotografías con su excelente lente, era la mejor cámara que existía en aquel entonces”. Así creció, comenzó a estudiar y a incursionar en este mundo hasta hoy.

Pero fue el azar el que lo condujo en 1995 a adentrarse en el mundo fascinante del periodismo. Invitado por Liván González, logró entrar al Victoria como fotorreportero, donde aprendió de fórmulas químicas y reveladores: “Desde pequeño practiqué como un hobby hacer muchas fotos para luego ver cuáles quedaban bien”, recuerda con la emoción intacta de aquello  que le atrapó para siempre.

Deportista de profesión y fotógrafo por vocación, realiza su servicio social con la familia del Victoria.

A lo largo de su carrera, Ricardito aprendió y se desarrolló entre importantes profesionales del lente como Enrique Moreno, Lidia Vidal y Evelio Medina, así como de diferentes directores que marcaron un estilo propio: “Geraldo Casanova, fue mi iniciador en el mundo del periodismo, y Sergio Rivero, mi padre profesional. Bajo su dirección viví jornadas muy intensas de trabajo por toda la geografía territorial. Era incansable, gestaba recorridos por comunidades rurales sin límites, ni horas, también motivó improvisaciones que terminaron arrojando reportajes memorables que exigían valentía y la necesidad de alcanzar resultados superiores.

“Una de las anécdotas que más recuerdo, es la cobertura realizada en la reserva de vida y reproducción en semicautiverio del cocodrilo Rhombifer, donde salté la cerca y llegué hasta muy próximo a ellos, y el director me dijo: ‘¿Te atreves?’ Sergio me retó. ¡Sí que me atrevo!, le dije y terminé entre los cocodrilos, a tan solo tres o cuatro metros del más imponente ejemplar macho del criadero”, relata evocando la imagen de un cocodrilo tragándose a otro: “¡la foto del siglo!” que dio lugar a un hermoso fotorreportaje a toda página.

“También cuando fueron a buscarme a la casa, a pesar de que me sentía muy mal, pero Sergio, siempre tan dispuesto, insistía con energía: ¡Vamos, vamos! No se me olvidará jamás: íbamos cinco en el carro. El director, Humberto, Quiala, Arzuaga y yo. Así arrancó el trabajo del suplemento Canarreos en Cocodrilo.

“En el camino paramos en el policlínico de La Fe, donde me inyectaron porque iba desfallecido. Aun así, seguimos adelante. Llegamos y de aquella experiencia salieron importantes historias que resumían en gran medida nuestro espíritu: Nos sentíamos tan bien en aquellos años.

“Otro momento llegó en 1997, cuando se me pidió una imagen tan representativa como se pudiera del ejercicio del Día Nacional de la Defensa en el Municipio. Entonces, como esas cosas únicas en la vida todo alcanzó frente a mí la alineación exacta, en sólo fracción de segundos logré integrar en una difícil composición, una lancha rápida, un avión en vuelo y personas armadas en pleno movimiento. La foto ocupó la primera plana. ¡Lo logré!”, afirma con sano orgullo.

“Teníamos mucho trabajo, éramos Liván y yo para 12 periodistas, pero era una constante escuela. En una ocasión Soca, el fotógrafo de la revista Bohemia, estaba de visita en la Isla y nos acompañó al recorrido por el polo arrocero de Mella, y nos reveló uno de sus trucos de ‘cómo agachar el sol’ para evadir un contraluz… ¡Alucinábamos!”

Fotos: Archivo

Alarcón ha pasado por distintas etapas: Misión Barrio Adentro Deportivo en Venezuela (2006–2008), luego se incorpora en CIMEX y finalmente, regresó al colectivo de nuestro Semanario que considera su gran familia. Hoy se entrega con la certeza de que se jubilará en el medio, convencido que ha sido su verdadera casa: “La prensa es un universo que te atrapa, te enamora y abraza, quizás sales, pero al final sientes que tienes que regresar, esa es mi experiencia.

“El periódico es un lugar sagrado para mí, es como un castillo. Entro en un mundo de fantasías que me cambia la vida. Tener la suerte de trabajar con personas súper elegantes, maravillosas y muy profesionales, es un privilegio.

“Saber que llegas y tienes todo el engranaje controlado casi a la perfección y convencido de que te sentirás mejor que en tu propia casa. Es lo máximo.

“Sergio logró formar un equipo, que te enamoraba, desde la cocinera Malbides, Margarita, Dora, Diana Ruiz, Pepe, Belkis, Evelio, choferes, linotipistas, Mayra y los periodistas, todos. Éramos una familia, responsables y con un gran sentido de pertenencia. Aprendí hasta de los regaños”.

Hoy emocionado, evoca su primera cámara Zenit 12XP como un símbolo del amor y la confianza de sus padres, quienes supieron cumplirle aquel gran sueño inicial. Ese gesto, convertido en inspiración, abrió el camino hacia una profesionalidad marcada por la pasión y la entrega incansable.

Su trayectoria tejida con talento y consagración, engranada en las seis décadas del Victoria, ha dejado una huella que la Isla y el país reconocen con profunda gratitud; cada instante capturado es testimonio vivo de un obrar que engrandece el arte al servicio de la verdad.

Colaboradora (*)

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