Alberto Luberta frente al espejo de Ojo de Agua

Foto: Boris Luis Cabrera

Alberto Luberta, uno de los directores de la telenovela Ojo de Agua, no se protege detrás del oficio ni de los años: habla como quien ha atravesado el proceso completo de una obra y acepta, sin atajos, la carga de sus aciertos y de sus grietas.

La entrevista que concedió a la Agencia Cubana de Noticias no fue complaciente ni respondió a un guion aprendido, sino que, entre pausas, aire entrecortado y una franqueza que descoloca, lo muestra no como quien mueve los hilos, sino como otra pieza —expuesta— dentro de un engranaje complejo, a ratos indomable.

“El audiovisual es un trabajo muy colectivo”, insiste. Lo dice tantas veces que deja de ser una frase técnica para convertirse en una declaración de principios.

Quizá esa visión tenga raíces profundas. Hijo de dos figuras emblemáticas de la radio cubana, creció entre guiones, diálogos y silencios medidos. Antes de leer cuentos, leía estructuras dramáticas; antes de imaginar novelas, respiraba historias en formato de radio.

A los 13 años ya intentaba escribir lo que creía un guion; a los 19 pensaba en dirigir. En ese tránsito, entre Radio Progreso y la televisión, fue moldeándose un creador que todavía hoy se reconoce deudor de aquel universo sonoro. “Aprendí de esos guiones sin darme cuenta”, confiesa.

Esa herencia no es menor: se percibe en su manera de hablar, del ritmo, del tono, de la necesidad de que cada escena tenga una intención clara, pero también en su defensa de lo colectivo. En la radio, como en la televisión, nadie construye solo.

Cuando llega a Ojo de Agua, esa idea se convierte en columna vertebral. Luberta describe un proceso casi coral: guionistas, asesoras dramatúrgicas y directores compartiendo decisiones, equipos técnicos resolviendo sobre la marcha.

“Nada de lo que hay… es responsabilidad de una sola persona”, afirma; y en esa frase incluye tanto los aciertos como las debilidades.

La novela, que llegó tras el éxito de Regreso al corazón, ha generado polémica. El público señala grietas en el guion, en la fuerza de los diálogos y en la consistencia de algunas historias. Pero Luberta no evade esas críticas ni las reduce a malentendidos.

“Pueden influir muchos factores ahí”, dice, dejando abierta la puerta a una reflexión más profunda cuando el tiempo le permita mirar la obra con distancia. Tampoco renuncia, sin embargo, a lo que defendió desde el inicio: una propuesta distinta, con subtramas menos habituales, con un tono que mezcla lo costumbrista con lo simbólico, lo cotidiano con esa vibración de lo real-maravilloso que atraviesa la cultura cubana.

“A mí me gustó mucho eso”, admite. Y aunque reconoce que el público no siempre ha conectado con esa apuesta, no se retracta de haberla intentado. Detrás de la pantalla, la historia se vuelve aún más compleja.

Luberta describe un rodaje que parece otra novela: dos unidades principales y una tercera que se suma cuando puede; locaciones dispersas que obligan a convertir la logística en un rompecabezas; escenas que deben sostener coherencia aunque se filmen en espacios y tiempos distintos.

“Es como armar un tetris”, explica, y luego añade que ese tetris, inevitablemente, se desarma cuando llega “la candela” del día a día.

Hay imágenes que quedan flotando: equipos cargando comida a mano para llegar a una finca intrincada; jornadas donde la electricidad se va y vuelve como un capricho; decisiones que deben tomarse en segundos para no perder una jornada entera de rodaje. En ese contexto, cada escena que llega a la pantalla constituye, en cierto modo, una pequeña victoria.

Aun así, el espectador no ve ese esfuerzo ni tiene por qué verlo. “Está ahí para disfrutar la obra y opinar”, concede Luberta, con una claridad que evita cualquier tono defensivo.

La crítica —dice— es parte del proceso, del crecimiento, del aprendizaje que nunca termina. La acepta, la discute, incluso la disfruta cuando viene acompañada de ingenio: memes, bromas, reinterpretaciones. Pero marca una línea firme cuando se cruza hacia el irrespeto.

Hay también, en su relato, una defensa apasionada de los actores. De los consagrados, pero sobre todo de los jóvenes. Luberta rompe con el estigma de la indisciplina y habla de estudiantes rigurosos, comprometidos, capaces de alertar sobre incoherencias en sus personajes.

Y luego están los niños, a quienes reconoce como uno de los mayores logros humanos del proyecto: actores en formación que asumieron escenas complejas con una madurez inesperada.

Esa dimensión humana atraviesa toda la entrevista. No se trata solo de contar una historia, sino también de construir un equipo, de generar vínculos, de dejar huellas. Luberta recuerda nombres, anécdotas, momentos mínimos que revelan la intensidad del proceso, como el del joven maquillista que, insatisfecho con su trabajo en una escena, terminó llorando. No lo menciona como un error, sino como una prueba de entrega.

Cuando se le pregunta qué cambiaría de la telenovela, su respuesta es reveladora. En lo puntual, “muchas cosas”: pausas, tonos, decisiones específicas. En lo general, casi nada.

Hay una coherencia que no desea traicionar, aunque sí admite una deuda importante: la falta de evolución visual en la finca, ese espacio simbólico que debía crecer junto a la protagonista y no logró hacerlo, quizás por limitaciones de producción. No hay excusas, pero sí una lectura honesta de las condiciones.

Al final, cuando la conversación parece agotarse, Luberta regresa al origen de todo: el equipo. Agradece, nombra, reconoce y vuelve a insistir en una idea que atraviesa cada respuesta, cada recuerdo, cada justificación: la obra no le pertenece. “La novela no es solamente mía”, dice.

En tiempos donde el éxito se personaliza y el fracaso se señala con dedo único, esa afirmación tiene algo de resistencia. Ojo de Agua puede gustar o no, puede convencer o quedarse a medio camino, pero detrás de ella hay un director que no se esconde, que no simplifica, que no reduce su trabajo a una defensa automática.

Luberta escucha, y en ese gesto —tan simple, tan poco frecuente— hay, quizás, más verdad que en cualquier escena. (ACN)

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