El silbato inicial suena a las seis de la tarde, cuando el sol se hunde en el Caribe detrás de los pinos de la Isla de la Juventud. No hay estadio, no hay gradas. El escenario es una cocina pinera donde el calor no solo viene del fogón.

La lavadora, vieja y ruidosa como un motor de lancha, ocupa el centro del campo. La nevera, en posición de lateral, vigila que los pocos alimentos no se rindan. La plancha espera en el banquillo, pero aquí nadie plancha cuando hay tregua eléctrica: se prioriza lo que alimenta. Cuatro ruedas de spam, modestas pero guerreras, piden pase sobre la mesa. Hay 120 minutos de luz en el cronómetro. Nada más. Suficiente para un partido completo, insuficiente para una vida.
Por la rendija de su ventana llama la vecina y, lamentablemente, se lleva la tarjeta roja directa. No hay tiempo para faltas tácticas ni para chismes de barrio. Cada minuto es oro líquido. El agua tampoco aparece. No hay hidratación posible para los jugadores de este equipo doméstico.
Minuto 30: El entrenador (yo misma) acude a la banca. Mi teléfono marca 10% de batería y cargarlo aquí es como ir hasta el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre a pedir un milagro. Es el último recurso, el jugador estrella que conecta este pedazo de tierra con el resto del mundo. Le doy minutos, aunque sé que no serán suficientes. El tiempo corre como un caimán en el río. El árbitro suspende el descanso intermedio. No hay tregua.
Mi esposo toma el teléfono en la mano, buscando señal en la ventana que da al balcón. Fuera de juego claro. El partido sigue mientras él se pierde en pantallas que no podemos cargar, esperando alguna cobertura.
Último minuto. Todo o nada. Mi hija mete sus juguetes delante de mí y me derriba. Tarjeta amarilla. Falta en el área. Penalti. Sudo frío. El arroz congris con polvitos debe cocerse, el niño pide pan y agua rica.
Cojo la olla reina, la única que salva el desorden en la cocina, miro al horizonte del interruptor y disparo…
Minuto final: Apagool, se va la luz. El arroz congris no se cocinó, la niña no encuentra su juguete favorito, el pequeño queda con sed de agua fría y la lavadora a media sentencia. Silbato final. Derrota por K.O.
En esta Isla de corsarios y piratas, donde el bloqueo es un adversario, el combustible llega a cuentagotas y los barcos atracan menos que antes, cada pinero juega su propia final cada día. Aquí no hay prórroga. No hay penales que valgan. Solo el rumor del mar y la incertidumbre de cuándo llegará el próximo partido.
El germen de esta crónica no es casual. Ya lo dijo Palante en su página oficial de Facebook con más de 15 000 seguidores al retratar con ironía y picardía criolla las absurdidades y heroicidades del día a día de los cubanos.
Mientras escribo, el teléfono se apaga, queda en 0%. Afuera, Nueva Gerona oscurece. Y nadie sabe cuándo volverá el árbitro a pitar el inicio.
Otros artículos del autor:
- None Found
