El bloqueo naval a Isla de Pinos comenzó el primero de agosto de 1898, a las dos de la tarde, cuando la boca del río Las Casas quedó cerrada por una pareja de barcos norteamericanos. La encabezaba el crucero artillado Eagle, un guardacostas de apenas 400 toneladas.

Ese día –según un cronista enterado– una goleta y un balandro españoles fueron bombardeados a cañonazos con más de 100 proyectiles.
Hechas las presas de ocasión, los yanquis desembarcaron en son de guerra para quemar el balandro junto a la costa pinera.
La pequeña guarnición española en Isla de Pinos, 14 oficiales y unos 200 soldados, quedaba escarmentada. Era, para ellos, la consumación de la debacle iniciada con el hundimiento del Maine, pretexto de los norteamericanos para entrar en aquella contienda hispano-cubana (a punto de ser ganada por la mambisada insurrecta).
La guarnición pinera nada podía oponer a este derrumbe, salvo su sentido del deber. Máxime cuando a esto antecedía el hundimiento de la Escuadra al mando del pundonoroso almirante Pascual Cervera, desastre naval ocurrido en el litoral santiaguero. La única escuadra que quedaba a España. Última para recibir refuerzos o regresar de cualquier modo a la patria.
Con semejantes antecedentes, parece innecesario decir que la resistencia opuesta a los marines por la atribulada tropa española fue mínima. Tan poca que –si la hubo– de ella no quedó constancia alguna.
Pero me equivoco.
Nunca el soldado español, aunque enemigo, fue cobarde. Dos de ellos, en descomunal y arriesgadísimo esfuerzo solitario, cruzaron los más de 100 kilómetros de mar que nos separan de Batabanó para informar a la autoridad superior.
He visto el documento, en el Archivo Nacional.
Lo he tenido en mis manos. He sentido las vibraciones del riesgo, del sentido del honor y el deber militar que le impregnaron aquellos valientes. Es una simple hoja de papel, muchas veces doblada para esconderla, si fuera necesario, donde el enemigo no pudiera encontrarle.
Lo escrito no va más de las diez líneas. Allí está todo. Sin aspaviento ni derrotismo.
