
En calle 16 próximo a 53, un pequeño jardín urbano devino en símbolo de resistencia, gracias a la perseverancia de Marcos Alberto Batista López, vecino del lugar, quien transformó la acera en un espacio fértil desde los días más duros de la pandemia de la COVID-19.
Necesitaba sembrar para la familia: hortalizas, viandas, lo que se pudo hacer en aquel momento y lo que comenzó como una respuesta a la incertidumbre sanitaria y económica, ahora es mi proyecto de autoabastecimiento que combina producción alimentaria con belleza natural, comentó a la Agencia Cubana de Noticias.

Refirió que actualmente, los breves surcos muestran tomates maduros y espinacas frescas, listos para ser cosechados y en breve, el boniato ocupará su lugar, acompañado de flores como la vicaria y plantas medicinales que aportan color y utilidad.
El ciclo productivo alcanza, según Batista, un 80 por ciento (%) de rendimiento, suficiente para garantizar la mesa familiar y generar abono verde con los restos de cosecha.
La familia celebra la iniciativa: Todo el mundo contento, aseguró con sano orgullo, no se trata de abastecer al vecindario, sino de sostener el hogar con alimentos frescos y saludables, cultivados con paciencia y dedicación, afirmó.
Este improvisado huerto condensa la poderosa idea de trasladar prácticas rurales a los espacios urbanos, acto de resistencia cultural y ecológica que se erige puente entre la tradición campesina y la vida citadina, para demostrar que la tierra habló más alto entre cemento y rutina, y en esa cotidianidad sembrar se convirtió en una forma de habitar la ciudad.

(Tomado de la ACN)
