“Abuelita, dale, enciende los fuegos artificiales”, me comenta Anita que así dicen sus nietos cada vez que enciende el carbón, ese tizón negro con el cual cocinaron muchos de nuestros ancestros debido a la pobreza existente en no pocos hogares.

En realidad, quisiera tener la ingenuidad de los niños en momentos en que ese recurso vegetal se empodera, ¡y de qué manera!, al punto de convertirse casi en esa opción obligada para cocinar los alimentos ante el impedimento de emplear la electricidad por la escasez del gas licuado y el combustible para generar el imprescindible servicio; de ahí las dieciocho horas de apagón que vivimos a diario.
Sin embargo, no lo logro. Y todavía me pregunta una de mis vecinas que si yo no tenía una hornillita por ahí tirada “por si las moscas”. Le respondí que mi mirada futurista me llevó a adquirir cuanto equipo electrodoméstico me restara menos horas con el delantal puesto frente el fogón.

Y aquí ando yo pasando hasta maestrías y doctorados para aprender a encender el carbón con la hornilla que tan gentilmente me prestó la vecina. Desde entonces el humo invade cada rincón de mi apartamento, el olor se queda impregnado hasta en mis cabellos y las cenizas se adueñan del balcón trasero; mientras no paran las propuestas, ni los reels para el aprendizaje.
Aunque descubro que soy mala alumna, no desisto. He experimentado con naylon, papel, poliespuma, palitos secos, cartones de huevos, colcha de trapear… hasta con aceite comestible, que por cierto ha sido la única ocasión con la cual logré el milagro de prender unas astillitas. ¡Di tú, aceite de cocina! Y eso me tiene con la cabeza mala porque este es uno de los productos de primera necesidad cuyo precio anda por la estratosfera y si lo cojo como combustible ante la falta de keroseno o luz brillante, entonces ahí sí no sé si solicitar mi ingreso de manera voluntaria para la sala de siquiatría.
Todo parece indicar que no será necesario. Un colega me sugiere que experimente con aserrín y me facilita la explicación técnica y científica: “Cualquier lata, le abres un hueco por el lado, luego le pones un tubo en el centro y le echas las partículas, presionándolas fuerte… la enciendes y esa mecha te dura cantidad, ah, nada de tizne y humareda”.
Me quedo maquinando esa idea, mientras tanto sigo conectada con el carbón, en cuántos productores y vendedores aparecen a diario; se escuchan los pregones y los precios exorbitantes por las barriadas porque en las ferias organizadas en el territorio las ofertas del producto resultan insuficientes.

¿Cómo la población pinera accede a un saco de carbón a 800 pesos y no a 2 000? Urge ante la urgencia y la compleja situación electroenergética por déficit de combustible incrementar la producción a partir del incremento de más entidades estatales con posibilidades para la producción carbonera y así se puedan ofertar también en puntos de ventas y placitas.
Mientras tanto, pienso en el nombre del palo que me sugirió una compañera del reparto Abel Santamaría cuando venía para mi casa: “Búscalo y ya me dirás, ya yo casi termino este ajiaco y luego monto otra cosa; pero tranquila, tengo esperanza en que esto pase rápido. Cuba siempre se recompone”.
Con seguridad regresaré por su casa para que me vuelva a dar la receta de su innovación para ver si me acabo de graduar con honores en el arte de encender el carbón.

