A mi Cuba la retiró Joe Biden, aunque tarde, de la lista de países patrocinadores del terrorismo por no ser “merecedora” de estar incluida en semejante relación espuria.

Donald Trump al asumir la presidencia de Estados Unidos, la reincorpora de inmediato. Se aseguraba así una palanca en que afianzarse –aunque no hubiera elementos nuevos– para justificar política tan obsoleta como conveniente a la estrategia de dominio global que se proponía desplegar.
Y si lograba vincularla al tráfico internacional de estupefacientes, mejor. Serían dos elementos de mucho peso y totalmente a su favor.
Por supuesto, contaba con el silencio de los medios de información internacionales, casi todos en su poder, y las redes sociales, una de sus fortalezas para socavar voluntades, desestabilizar gobiernos y ganar otros conversos capaces de dar por ciertas cuantas tendenciosas opiniones se pongan a su alcance.
No tomaría en cuenta lo que ocurriera al general Arnaldo Ochoa, Héroe de la República de Cuba, ni a sus cómplices por involucrarse en el mundo de la droga: juicio público y pena de muerte.
No haría mención tampoco a que en la Isla de la Juventud nunca hemos podido disfrutar de los 21 kilómetros de Playa Larga, la cual siempre permanece cerrada y sin acceso al público solo porque una corriente marina recala en su costa. Traen los herméticos paquetes de drogas que arrojan al mar algunas lanchas narcotraficantes acosadas por abordajes.
Omitiría que patrullas guardacostas, apoyadas por civiles organizados en destacamentos Mirando al Mar, recogen esa droga y la incineran de inmediato.
Eso y más lo ignora o desestima Trump en su discurso habitual, mientras acusa a Colombia, Venezuela, Cuba y México de inundar con ese flagelo al pueblo norteamericano.
Y ya usó, por primera vez, el pretexto de la droga para realizar una incursión comando en uno de estos países y capturar a su presidente, en pleno ejercicio legal de sus funciones, reconocido por amplia mayoría de países en Naciones Unidas. Y amenaza a los otros con que correrán la misma suerte si no erradican de inmediato el control de los cárteles que operan en sus territorios.
Culpables… los demás… de que excelentes ciudadanos norteamericanos sean tan buenos clientes, tan aficionados y perniciosos consumidores del producto centro o sudamericana.
Y lo mejor, Trump no se propone desatar una guerra ni amenaza con bombardear a los grandes cárteles mafiosos de la droga que tiene dentro de Estados Unidos o autocapturarse en una incursión comando por tenerlos conviviendo a su lado, hombro con hombro. Los demás países… sí son culpables, él ni siquiera piensa considerarse como tal. ¿O será que colombianos, venezolanos, mexicanos y cubanos se encargan, personalmente, de vender al detalle tan jugosa mercancía dentro del mercado trumpiano?
Mientras tanto, deja correr la falsa noticia de que luego de su affaire venezolano ha desplazado barcos de guerra a la costa norte de Cuba. Intimida, o trata de intimidar. No lo da como noticia oficial, filtra la desinformación y la deja en otras manos. No la desmiente, y con esto la autentica, pretende hacerla creíble.
Entretanto, mantiene el mundo a la expectativa. ¡Cuídense!, el más guapo, el jaquetón, el perdonavidas, se pasea por el barrio.
¿Atacará a Cuba de inmediato? ¿Y lo hará del mismo modo que a Venezuela? “¡Eso habrá que verlo, compay!” (como avisa el cubanísimo coronel Elpidio Valdés) “Guerra avisada…” ya se sabe. Aunque no imposible –con él–, resulta poco probable que repita lo mismo hasta después de que su rapaz e inédito accionar en Venezuela sea o no beatificado por la propia justicia estadounidense.
