Hay un temblor particular en el aire a finales de agosto en Cuba. El inicio del curso escolar, más que una fecha en el calendario, es un latido nacional, un esfuerzo colectivo que se gesta, primero y con profundo amor, en la intimidad de cada hogar.

En los días previos, las casas cubanas se transforman en pequeños talleres de preparación. El ritual comienza con el meticuloso forrado de las libretas.
Luego, llega el momento de la selección: los lápices con puntas afiladas; los bolígrafos probados, la goma de borrar intacta. Se revisan una y otra vez los listados de materiales, buscando la ingeniosa manera de suplir lo que escasea con creatividad y empeño.
El uniforme, planchado con esmero, espera colgado en la puerta. Las zapatillas blancas, lavadas y blanqueadas con cuanto método existen, relucen como un símbolo de la pureza de un nuevo comienzo.
En los hogares donde un niño vivirá su “primera vez”, la emoción se multiplica. Los pequeños observan, entre curiosos y expectantes, cómo su mundo, hasta entonces dominado por el juego, se llena de objetos nuevos que huelen a futuro: la mochila, el estuche, el olor de la goma y la madera del lápiz.
Pero los preparativos deben ir más allá de lo material. El verdadero equipamiento para este nuevo curso no cabe en una mochila. Se trata de fortalecer la autoestima, decirles que están listos para los retos, que confiamos en su capacidad para aprender y, sobre todo, para ser buenas personas. Es trasmitirles que el error no es un fracaso, sino una parte fundamental del aprendizaje; que un examen no define su valía, sino su esfuerzo diario.
Conversar sobre el respeto al maestro y del cariño por los compañeros reforzará los valores, sembrará la disciplina con cariño y se avivará la llama del optimismo.
Este año, como en todos, el contexto impone desafíos. Las dificultades económicas son una sombra conocida, pero no logra opacar la luz de la prioridad que para Cuba representa la educación. La familia cubana, con una resiliencia que ya es marca de identidad, hace frente a estos obstáculos con una convicción inquebrantable: la mochila puede que no sea nueva, pero irá llena de ilusión; los zapatos pueden ser heredados, pero caminarán hacia un futuro mejor.
Así, cuando el timbre de las escuelas suene en breve anunciando el inicio, marcará el comienzo de un nuevo período lectivo. Sonará también para celebrar el triunfo callado de miles de hogares que, con amor, disciplina y un esfuerzo titánico, han vuelto a vestir de esperanza a sus hijos. El curso promete ser un espacio de crecimiento y aprendizaje.
El mejor preparativo, al final, no es el último repaso a la lista de materiales, sino la conversación llena de fe en las capacidades del hijo, la sonrisa de complicidad y el mensaje claro: “Estoy contigo en este viaje. Vamos a disfrutarlo juntos”.
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