
Recuerden, para cuando sea derrotado —otra vez— el canalla planetario, que las piedras seguirán trepando a nuestras manos. Que se dispondrá un muro de arena y sangre en el pormenorizado informe de los costos producidos por el bloqueo. Que sus celdas de datos tendrán ronchas de fiebre y pus, seguramente, pero que serán acompañados por una rabia inconmensurable. Un soplo permanente de resentimiento en las ojeras.
Recuérdenlo. Escríbanlo en la contraportada de sus libros iniciados. Coméntenlo a sus hijos e hijas, para cuando llegue el momento del huracán y de los abrazos. Sepan que esa Isla supo parirnos la conciencia sin simulaciones. Que nos sigue partiendo a la mitad cuando practica sus ejercicios de vitalidad furtiva. Y que nos quema en la emoción de sus principios. Recuerden que el mundo le debe mucho más de lo que ese pueblo le ha brindado. Admitan que su orgullo solo se contabiliza en la fortaleza que nos contagia. Y noten que esa brújula está en el Caribe y anda de lagarto ajado en sudor, apagones y sol. Y no se olviden de su paradigma ajeno a rendiciones. Ni a entregas ni a sometimientos.
Es y será ––como sugirió el expresidente mexicano, AMLO–– Patrimonio de la Dignidad Humana Universal.
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