La anexión de Cuba a Estados Unidos: Una historia de fracaso imperial (II parte)

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Vuelve el presidente estadounidense Donald Trump a lanzar dardos envenenados contra Cuba. Uno de los mejores antídotos lo encontramos en el pensamiento antimperialista del Apóstol de la independencia cubana, José Martí, a quien rendimos hoy homenaje por el aniversario 173 de su natalicio.

La alerta martiana de “una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella?”, como vimos en la I parte del artículo, tiene total vigencia. Sus predicciones se cumplieron cuando lograron ocupar militarmente el país y establecieron un protectorado en 1902. La denuncia que hizo sobre los planes de apoderarse de la isla “por sus resultados, sería un modo directo de anexión”, fue lo que ocurrió con el nacimiento mutilado de la República, con la imposición de la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución cubana.

Instauración de la neocolonia y nuevas intervenciones militares (1902-1934)

Sin dudas la retirada de Estados Unidos de Cuba fue formal y aplicó además otras fórmulas intervencionistas, incluso en el campo ideológico. Durante la intervención militar desplegó un intenso trabajo cultural en el país, para crear una imagen moderna, de progreso, civilizada, limpia, iluminada y definitivamente superior a todos símbolos de la tradición española. Comenzaba un proceso de americanización de las instituciones y las costumbres.

En la etapa de ocupación militar llevaron a miles de maestros cubanos a tomar cursos en Estados Unidos, con el objetivo de transmitirles a sus alumnos los “valores” de ese país una vez que regresaran a Cuba. Afortunadamente los maestros cubanos eran patriotas y al regreso, supieron inculcar a sus alumnos sentimientos independentistas y de amor a su patria.

No obstante, se introdujeron considerables elementos de la cultura estadounidense y a través de los libros de texto, se hizo constar que los cubanos debían su independencia a Estados Unidos y que el 20 de Mayo de 1902 era una fecha digna de conmemorarse. Apenas se reconocía el valor de los patriotas cubanos durante 30 años de intensa lucha.

Para establecer su nueva fórmula de dominación ambos países firmaron varios tratados. El primero que se firmó fue el “Tratado de Reciprocidad Comercial”. A cambio de ciertas concesiones arancelarias para el azúcar y algunos productos cubanos, Estados Unidos resultó favorecido con un margen preferencial general del 20% en los derechos de aduana imponibles a sus mercancías a la entrada en la isla, y con márgenes preferenciales del 25%, 30% y 40%, para otras. La realidad demostró que los principales beneficiados fueron los estadounidenses y que Cuba obtuvo muy poco de la supuesta reciprocidad.

En correspondencia con la aplicación de la Enmienda Platt, el gobierno estadounidense informó en 1902 al presidente cubano Tomás Estrada Palma (1902-1906), sobre los cuatro lugares seleccionados para establecer las estaciones navales en Cuba: Cienfuegos, Bahía Honda, Guantánamo y Nipe. El gobierno cubano, integrado por varios patriotas que lucharon por la independencia, se opuso a la concesión de cuatro bases navales. A pesar de ello se acordó la concesión de dos bases: Guantánamo y Bahía Honda, aunque en esta última nunca llegó a establecerse.

Precisamente amparado en el artículo III de la Enmienda Platt, se produjo en 1906 la segunda intervención militar de Estados Unidos en Cuba, que duró dos años y cuatro meses. En esta ocasión fue solicitada por el presidente cubano Estrada Palma, al no poder controlar las sublevaciones organizadas por el opositor Partido Liberal Nacional, que denunció los fraudes electorales que propiciaron su reelección para un segundo mandato.

Para controlar la situación arribaron al puerto de La Habana a bordo del crucero Des Moines, el Secretario de Guerra de Estados Unidos, William Howard Taft, quien sería el próximo presidente estadounidense, y el subsecretario de Estado, Robert Bacon. Al día siguiente arribaron los acorazados Denver, Cleveland, Tacoma, Newark., Louisiana y New Yersey.

Los interventores estadounidenses esperaron la renuncia de Estrada Palma y todo su gabinete para asumir las riendas del país. Taft decretó la intervención militar y asumió como gobernador provisional de Cuba, cargo que traspasó un mes después a Charles E. Magoon. Los 5 600 militares estadounidenses que intervinieron, bajo la denominación de “Ejército de Pacificación de Cuba”, fueron distribuidos por las regiones donde había inversiones de Estados Unidos.

El gobierno provisional de Magoon se caracterizó por el derroche de los fondos públicos, la corrupción política y administrativa, y el endeudamiento de la República.

La otra intervención militar se produjo en 1917 en el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando ocurrió otro levantamiento en Cuba conocido por “La Chambelona”, por ser esta la conga que empleaba como himno los liberales para denigrar a los conservadores. Los miembros del Partido Liberal, encabezados por el expresidente cubano José Miguel Gómez (1909-1913), se opusieron al fraude electoral que llevó a la reelección al presidente Mario García Menocal (1913-1921).

Ante esos hechos, el gobierno estadounidense de Thomas Woodrow Wilson (1913-1921), envió buques de guerra que bloquearon los puertos de La Habana, Santiago de Cuba, Nuevitas y Cienfuegos. Posteriormente desembarcaron unos 2 600 marines en las provincias de Camagüey y Oriente. Las tropas estadounidenses permanecieron en el país alrededor de cinco años y cometieron disímiles inmoralidades contra la población indefensa.

El reajuste neocolonial (1934-1958)

Durante la Revolución de 1933 en Cuba, con la caída del presidente cubano Gerardo Machado (1925–1933), un tirano que sumió al país en la represión y la crisis social y económica, el gobierno del entrante presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt (1933-1945) envío buques de guerra para cercar a Cuba. Una escuadra compuesta por 29 navíos de la Flota del Atlántico se mantuvo en alerta, y fue reforzada la base naval de Guantánamo.

Pero la Revolución de 1933 en la Isla fue frustrada por la intervención de Estados Unidos, quien se negó a reconocer al nuevo gobierno cubano. El embajador estadounidense en Cuba, Benjamín Sunmer Welles, reclutó al entonces sargento taquígrafo Fulgencio Batista para expulsar del poder a los representantes de las fuerzas revolucionarias, encabezadas por Antonio Guiteras y presionó para que lo ascendieran a coronel y asumiera la jefatura del ejército. Se inició así una época que mantuvo a Batista desde 1934 a 1944 como el “hombre fuerte” de Washington en Cuba.

En correspondencia con la política de “El Buen Vecino”, promulgada por Roosevelt hacia Latinoamérica, se suscribió en 1934 el Tratado de Relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, que planteó el supuesto fin del Tratado Permanente de 1903 y a la vez, de la Enmienda Platt.

Sin embargo, incluyeron una cláusula para señalar que seguirían en vigor las estipulaciones de ese Convenio en cuanto a la Estación Naval de Guantánamo.

También en ese contexto se firmó un nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial entre ambos países, a partir de la aprobación de Roosevelt en 1934 de la Ley Costigan-Jones, mediante la cual se asignaba una cuota fija de importación para los principales abastecedores de azúcar del mercado estadounidense. Pero según estipuló esa ley, Estados Unidos se reservaba el derecho de aumentar, disminuir o suprimir la cuota según la actitud “amistosa” mostrada por la nación “favorecida”.

A partir de 1934 y hasta 1958, Estados Unidos luego de más de 30 años como virtual protectorado, logró reordenar el sistema neocolonial en Cuba, fundamentalmente a través de su principal discípulo: Fulgencio Batista, quien gobernó durante los primeros diez años entre bambalinas hasta su elección a la presidencia de la República en 1940 y posterior a 1952 cuando rompió el orden constitucional con un golpe de Estado. Durante los casi siete años de tiranía recibió apoyo directo de los tres embajadores estadounidenses que se desempeñaron en La Habana, a los cuales se les consultaba las principales decisiones ejecutivas.

Durante el periodo analizado, todos los gobiernos de Estados Unidos mantuvieron el control político, económico y militar sobre Cuba: Theodore Roosevelt (1901-1909), William H. Taft (1909-1913), Woodrow Wilson (1913-1921), Warren G. Harding (1921-1923), Calvin Coolidge (1923-1929), Herbert Hoover (1929-1933), Franklin D. Roosevelt (1933-1945), Harry S. Truman (1945-1953) y Dwight D. Eisenhower (1953-1961). Este último, con el apoyo de la tiranía batistiana, intentó reprimir el movimiento revolucionario encabezado por el Comandante en Jefe de las fuerzas rebeldes, Fidel Castro Ruz.

El sistema neocolonial que Estados Unidos mantuvo durante seis décadas en la Isla entró en su peor crisis, agudizada por la pobreza social imperante en el país en contraste con las excesivas inversiones para la burguesía nacional y el capital estadounidense.

Para la década de 1950, la United Fruit Company y otras compañías dominaban el azúcar cubano, mientras que otras empresas estadounidenses prevalecían en la refinación de petróleo, la minería, los ferrocarriles, el turismo, las comunicaciones, la electricidad, los productos farmacéuticos, el caucho, los productos químicos y la banca.

Convirtieron a Cuba en su gran casino de juego, en la que proliferaron el gangsterismo, la prostitución y la drogadicción. Alrededor de 20 000 cubanos murieron en combate contra las fuerzas de la dictadura militar entrenada, armada y asesorada por el Gobierno de Estados Unidos. Solo había una opción para romper la dominación imperial y evitar un nuevo intento de anexión: el triunfo de la Revolución Cubana.

(Continuará)

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