La anexión de Cuba a Estados Unidos: Una historia de fracaso imperial (I parte)

Imagen generada con IA usando Copilot.

Nuevamente soplan aires expansionistas desde el gobierno de Estados Unidos hacia el mundo y en particular hacia Cuba, con una narrativa agresiva e irrespetuosa contra la nación cubana. Desde ultimátum para entregar la soberanía del país, que incluyen planes de bloqueo naval a sus suministros de petróleo, hasta ideas de anexión, como la divulgada por el presidente Donald Trump en su red social, con montajes fotográficos generados con inteligencia artificial en los que se atribuye con la bandera estadounidense los territorios de los Estados de Groenlandia, Canadá, Venezuela y Cuba.

Las apetencias de anexión tienen más de dos siglos de historia. Para alcanzarla la mayoría de los gobiernos estadounidenses han aplicado diversas fórmulas, dirigida -en última instancia- a apoderarse de Cuba.

Primeras ideas de anexar a Cuba a Estados Unidos (1767–1825)

La adquisición de nuevos territorios, entre ellos el de Cuba, se convirtió en el eje central de la proyección geoestratégica de los primeros gobernantes de Estados Unidos, denominados “Padres Fundadores”. Fueron los que participaron en la redacción de la Declaración de Independencia de 1776, en la elaboración de la Constitución de 1787 y en la gestión política del nuevo gobierno.

Uno de ellos, Benjamín Franklin, desde 1767, una década antes de que las Trece Colonias inglesas declararan su independencia, había recomendado “fundar un asentamiento en Illinois para, ante un posible conflicto armado, sirviera de puente para descender hasta el golfo de México y luego tomar Cuba o México mismo”. En 1783, John Adams, otro de los “Padres Fundadores” y quien 14 años más tarde asumió la presidencia, afirmó categóricamente que era “casi imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a la República Federal será indispensable para la continuación de la Unión”.

Esas ideas anexionistas se fueron transmitiendo entre los grupos de poder que iban conformando el naciente Estados Unidos.  Uno de los precursores de esa posición fue otro de los “Padres Fundadores” y tercer presidente, Thomas Jefferson (1801-1809), quien de las manifestaciones pasó a las acciones para intentarlo. Con ese fin envió a La Habana en 1808 a un mensajero secreto para investigar la posición de los hacendados y terratenientes criollos en torno a la posibilidad de anexión de la Isla. En carta que envió a su sucesor James Madison en 1809, dejó clara su posición al señalar que “aunque con alguna dificultad (España), consentirá también en que se agregue Cuba a nuestra Unión”.

Ese ideario lo continuó el presidente James Madison (1809-1817), otro de los “Padres Fundadores”. En 1810 le indicó a su ministro en Londres, que trasladara a las autoridades de ese país la importancia de la posición de Cuba para el comercio y la seguridad de Estados Unidos y que, aunque pudieran permanecer inactivos, no podrían ser espectadores satisfechos de su caída en poder de cualquier gobierno europeo.

Resulta evidente que todos esos postulados influyeron en la proyección ideológica del secretario de Estado John Quincy Adams, hijo del expresidente John Adams, y quien asumiría como sexto presidente de Estados Unidos (1825-1829). En 1823 delineó hacia Cuba la denominada “ley de gravitación” o más conocida como la teoría de la “fruta madura”. En su enfoque comparaba a la Isla con una fruta que sería inevitablemente anexada a Estados Unidos, una vez desgajada por su madurez del tronco colonial español. En su mensaje al ministro estadounidense en Madrid, entre otros aspectos, escribió:

“Tan fuertes son, en verdad, los vínculos que unen a esta última (Estados Unidos) con la mencionada Isla, vínculos geográficos, comerciales y políticos, formados por la naturaleza, fomentados y fortalecidos gradualmente con el transcurso del tiempo y cerca ahora, a lo que parece, de llegar al punto de madurez, que cuando se eche una mirada hacia el curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir a la convicción de que la anexión a Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad”.

Intentos de anexar a Cuba a Estados Unidos (1825–1902)

Durante la etapa colonial en Cuba la gran mayoría de los gobiernos estadounidenses intentaron apoderarse de la Isla y emplearon como principal método adquirirla a través de la compra a España. Existieron diversos planes para lograr tales propósitos ofreciendo cientos de millones de dólares, entre los más representativos estuvieron bajo la presidencia de James K. Polk (1845-1849) en 1848, de Franklin Pierce (1853-1857) en 1853, de James Buchanan (1857-1861) en 1861, de Ulysses S. Grant (1869-1877) en 1869 y de William McKinley (1897-1901) en 1897.

El más universal de los cubanos denunció en múltiples escritos sobre las proyecciones anexionistas de los gobiernos estadounidenses. En el contexto de la Primera Conferencia Internacional de Estados Americanos, organizada por Estados Unidos, José Martí en carta enviada en 1889 a su amigo Gonzalo de Quesada alertaba que “una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? ¿Ni por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, –no del pueblo que es, propio y capaz–, sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Bases más seguras quiero, para mi pueblo. Ese plan en sus resultados, sería un modo directo de anexión”.

Las razones estratégicas apuntadas por Martí, quedaron en evidencia por la postura asumida por los gobiernos estadounidenses durante las guerras por la independencia de Cuba: Guerra de los Diez Años (1868-1878), la Guerra Chiquita (1879-1880) y la Guerra Necesaria (1895-1898). Las administraciones de Andrew Johnson (1865-1869), Ulysses S. Grant (1869-1877), Rutherford Hayes (1877-1881), Grover Cleveland (1893-1897) y William McKinley (1897-1901), no reconocieron a las instituciones cubanas y la beligerancia del Ejército Libertador. Tampoco asumieron la supuesta “neutralidad” que decían mantener ante el conflicto y beneficiaron a España.

Fue precisamente durante el gobierno de McKinley que lograron concretar parte importante de sus propósitos al intervenir militarme en la contienda, utilizando como pretexto la explosión y hundimiento en el puerto de La Habana del acorazado estadounidense Maine. El Congreso estadounidense aprobó una Resolución Conjunta, que posteriormente se convirtió en Ley de Estados Unidos,  el cual autorizó al presidente a usar las fuerzas militares y navales del país contra España, y declaró que: “el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente” y que Estados Unidos “no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha isla, excepto para su pacificación”.

La realidad fue que el gobierno estadounidense engañó y traicionó al Ejército Libertador cubano. El 10 de diciembre de 1898, reunidos en Francia, los representantes de España y Estados Unidos suscribieron, a espaldas de los cubanos, el “Tratado de Paz entre Estados Unidos y el Reino de España” conocido como Tratado de París. En ninguno de los artículos del documento se mencionó la independencia de Cuba, y a pesar de que ponía fin a la dominación colonial española en Cuba, le otorgaba a Estados Unidos el derecho de libre intervención y de ocupar militarmente la Isla.

El Tratado de París les permitió izar la bandera de las barras y las estrellas en la Plaza de Armas de La Habana. El gobierno estadounidense intentó el viejo anhelo de anexarse el país, pero fracasaron. Un grupo de patriotas forjados en la manigua y con apoyo de algunos amigos en Estados Unidos, lo impidieron. Se debe tener en cuenta que la causa cubana gozaba de simpatías en el pueblo estadounidense, pero fueron desplazadas por los grupos de poder opuestos a cualquier relación civilizada con sus vecinos de Cuba.

De ahí que tuvieron que reajustar su estrategia para apoderarse de la isla. Para asegurarlo eliminaron las tres instituciones representativas del pueblo cubano: el Partido Revolucionario Cubano, disuelto en diciembre de 1898; la Asamblea de Representantes, en profunda crisis, disuelta en abril de 1899; y el Ejército Libertador que desapareció después del dramático licenciamiento de sus miembros.

Entonces establecieron la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución cubana, para garantizar que la nueva nación quedara atada en lo político, lo económico y lo mercantil. Así lo testificaba el gobernador militar en Cuba, Leonard Wood, en carta confidencial enviada el 28 de octubre de 1901, al presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1901-1909): “por supuesto, a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión […] Con el control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar en el mundo. La isla se americanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.

La ocupación militar concluyó con el nacimiento mutilado de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902. El Generalísimo Máximo Gómez lo testimonió: “Ellos se fueron, al parecer es verdad. El día 20 de mayo, yo mismo ayudé a enarbolar la bandera cubana en la azotea del Palacio de la Plaza de Armas. ¡Y cuantas cosas pensé yo ese día! Todos vimos que el general Wood, gobernador que fue se hizo a la mar enseguida, llevándose su bandera, pero moralmente tenemos a los americanos aquí”.

La Resolución Conjunta y el Tratado de París se convirtieron en un arma de doble filo. Por una parte, logró alcanzar el objetivo estratégico de apropiarse de Cuba, pero por la otra tuvieron que emplear tácticas más sutiles para enmascarar la apropiación, a través de la creación de un protectorado, lo que les permitió ensayar con Cuba esa nueva fórmula de injerencia imperial.

Otros artículos del autor:

Política
Colaboradores:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *