Hay que impedir la dictadura mundial de Trump

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Días atrás el gobierno cubano informó a las aerolíneas que operan en el país la suspensión del suministro del combustible de aviación a partir de la cero hora del martes 10 de febrero. Obediente, el poderoso aparato de propaganda del imperio puso manos a la obra y comenzó a desinformar coordinadamente atribuyendo dicha situación a la “crisis energética” de Cuba. Sus exponentes en los más diversos países –desde El País de España hasta La Nación y Clarín en Argentina y El Mercurio en Chile para mencionar sólo los más conocidos– ametrallaron a sus lectores, televidentes o quienes fuesen las víctimas de su ataque informativo con un sólo mensaje: la crisis energética cubana es el resultado previsible e inevitable de un mal gobierno, una muestra más del “fracaso” de la Revolución Cubana.

Se informa sobre el hecho pero se ocultan sus causas; no se dice que la crisis energética es consecuencia del criminal bloqueo integral a que ha sido progresivamente sometida Cuba desde los albores mismos de la Revolución cobrándose miles de víctimas a lo largo de siete décadas. Esa política, iniciada por Dwight Eisenhower y potenciada por John F. Kennedy y sus sucesores tenía, y aún tiene hoy, por objetivo sabotear al proceso revolucionario y demostrar ante los pueblos de Nuestra América que el socialismo conduce inexorablemente al caos económico y a la generalización de la pobreza.

Recordemos que las primeras “sanciones” que afectaron el normal funcionamiento de la economía cubana fueron impuestas por Eisenhower en julio de 1960 (reducción de la cuota azucarera) y en octubre de ese mismo año prohibiendo las exportaciones estadounidenses a la isla, con excepción de alimentos y medicamentos. Desde aquellos lejanos días el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba no hizo sino expandirse y endurecerse, llegando a construir una monstruosa red mundial que –ilegal extraterritorialidad de las leyes de Estados Unidos mediante– no sólo sanciona a la isla sino también a quienes tienen la osadía de desafiar los mandatos de Washington y desde terceros países mantienen relaciones económicas con la isla.

En 1962 el presidente Kennedy decretó un embargo total al comercio, citando en su apoyo la Ley de Ayuda Extranjera de 1961. Los acuerdos comerciales con la Unión Soviética atenuaron en buena medida los tremendos impactos del bloqueo norteamericano, pero la desintegración de la URSS en diciembre de 1991 dejó a Cuba sumida en una situación de extrema vulnerabilidad. Viendo a su presa debilitada, el congreso de EEUU no demoró en arrojarse sobre ella y sancionar, en octubre de 1992, la Ley Torricelli –mentirosamente llamada “Ley para la Democracia en Cuba”– por la cual se prohibía a las empresas estadounidenses localizadas en terceros países comerciar con Cuba e inclusive limitar la autonomía de las naves destinadas al transporte marítimo comercial estableciendo que cualquiera de ellas que tocase un puerto cubano durante los 180 días siguientes no podrían hacerlo en otros de Estados Unidos. Para una isla como Cuba esta restricción tiene efectos devastadores, restringiendo el acceso a bienes importados, dificultando las exportaciones y encareciendo enormemente el costo de los fletes.

A lo anterior se le sumó pocos años más tarde, en 1996, otra ley con un nombre tan pomposo como mentiroso: “Ley de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana.” Fue propuesta por el archiconservador senador republicano Jesse Helms y el activista antivacunas y representante republicano en la cámara Dan Burton. Mediante este adefesio legal se establecieron nuevas restricciones a la inversión extranjera en Cuba, se internacionalizó aún más la persecución contra empresas o personas que comercien con ella y, sobre todo, en su Título III, permite que ciudadanos estadounidenses presenten demandas legales en cortes federales de Estados Unidos contra empresas (incluidas las no estadounidenses) que mantengan relaciones económicas de cualquier tipo con propiedades confiscadas en Cuba desde 1959. Mas grave aún dicha pieza legal –promulgada por Bill Clinton en 1996– elimina la capacidad del presidente para anular las sanciones sin la aprobación del Congreso, convirtiendo lo que antes había sido una “orden ejecutiva” de la presidencia en una ley de la nación y que sólo el Congreso puede modificar.

Aparte de todo esto hay que contar las restricciones a los viajes de nacionales cubanos, la discriminación en contra de las remesas que puedan enviar familiares residentes en Estados Unidos, prohibiciones para que ciudadanos estadounidenses visiten la isla y se alojen en hoteles del estado cubano –¡y también en residencias privadas!– así como para la llegada de cruceros a la isla, entre un sinfín de limitaciones de todo tipo que ninguna economía puede resistir sin una significativa merma de su capacidad de funcionamiento. Si a Estados Unidos se le hubieran aplicado la décima parte de las medidas del bloqueo anticubano –que la prensa hegemónica designa con la expresión más amable y falaz de “embargo”– aquel país se habría desintegrado por completo y convertido en un enorme basural en donde bandas de despojos humanos –esos que a diario vemos deambulando como zombies por las calles de algunas ciudades estadounidenses– estarían matándose para conseguir algo con qué subsistir, al estilo de lo que muestra Blade Runner, el notable film de Ridley Scott. Pero tal desenlace no se produjo en Cuba porque la fibra moral de la isla es infinitamente más sana y fuerte que la de la sociedad estadounidense.

Con Trump en su primer mandato, y muchísimo más ahora, las medidas discriminatorias llegaron a extremos nunca vistos. El veto y las sanciones aplicadas en contra de quienes abastezcan de petróleo a Cuba es un acto de guerra de suprema gravedad. La penalización colectiva de un país es genocidio. No hay otra palabra para ello. El costo acumulado de siete décadas de bloqueo asciende, en dólares referenciados contra el valor del oro, a 1 billón 500 mil millones de dólares, una cifra que supera ampliamente el PIB de Argentina, y otros países de la región como Colombia, Perú, Chile y casi todo el resto de países de América Latina y el Caribe. Esa cifra, además, equivale a unas siete veces el costo del Plan Marshall, mismo que permitió la reconstrucción de algunos países europeos luego de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, una cifra mucho mayor se destina a castigar a Cuba por su Revolución, pese a lo cual este país mantuvo por décadas índices de desarrollo social, educativo, sanitario y cultural que en no pocos casos eran mejores que los de varios países desarrollados. Por ejemplo, la tasa de mortalidad infantil. Pese a ello los papagayos del imperio insisten en caracterizar a Cuba como un “estado fallido” cuando, en realidad, haber logrado mantener durante tanto tiempo la calidad de la atención médica de su población en medio de los fragores del bloqueo indica precisamente lo contrario. Algo que, por ejemplo, todavía Estados Unidos no ha logrado. ¿Cuál es el “estado fallido” en este caso?

Cuba sobresale en este mundo donde impera el egoísmo capitalista por su solidaridad internacional, por su militante humanismo. La “Operación Milagro” ha devuelto la vista a centenares de miles de personas en El Salvador, Guatemala, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Venezuela, Guyana, Bolivia, Argentina, Brasil, Uruguay y República Dominicana. Sus médicos, enfermeras y enfermeros y personal de la salud en general viajaron a contener la epidemia del Ebola en África Occidental, sobre todo en Sierra Leona, Liberia y Guinea, lugares que nunca vieron un médico estadounidense o europeo. Cuando Milán y toda la región de Lombardía se encontraba abrumada por el avance de la Covid-19 fueron los médicos y enfermeros de la brigada médica Henry Reeve los que acudieron en ayuda de los italianos, realizando una notable labor que ha sido unánimemente reconocida en toda la península. Este espíritu martiano y fidelista que caracteriza a Cuba se manifestó no sólo en el campo de la medicina y las campañas de alfabetización. También en la ayuda a naciones como Angola, agredida en 1975 por una coalición racista encabezada por el gobierno de Sudáfrica, y desempeñando un papel crucial en la derrota de los invasores y, por añadidura, para poner punto final al apartheid en Sudáfrica.

No menos importante fue la ayuda que desde los inicios de la Revolución Cubana se prestó a los patriotas argelinos que luchaban en contra del colonialismo francés. Esto fue públicamente reconocido por Ahmed ben Bella, primer presidente de Argelia, en un seminario internacional que se llevó a Cabo en el Palacio de Convenciones de La Habana. En esa ocasión Ben Bella volvió a agradecer públicamente a Fidel por los envíos de armas, municiones y pertrechos militares disimulados en cargamentos de azúcar destinados a Europa. Angola y Argelia son dos países exportadores de petróleo.

Una muestra contundente de su gratitud por lo mucho que Cuba hizo por su independencia sería asumir el compromiso de enviar cargamentos de petróleo a Cuba. ¿Temen a la represalia del emperador, a la imposición de mayores aranceles? Pues paguen con la misma moneda, porque la guerra de aranceles está destruyendo la economía de Estados Unidos. Además, Trump los va a agredir más pronto que tarde para robarles su petróleo. Más les vale estar preparados para la batalla. Y también podría Brasil hacer lo propio con su empresa de bandera, Petrobrás, y enviar buques petroleros a Cuba, sobre todo si el gigante sudamericano quiere entrar definitivamente a jugar en las grandes ligas del sistema internacional. ¿Qué esto producirá el enojo y desatará las sanciones arancelarias de Trump? Sí, pero Brasil tiene espaldas para aguantar esa eventual represalia y por lo que acaba de decir Claudia Sheinbaum México está por reanudar sus envíos a Cuba pese a la extorsión de Washington. Si estos dos países de Nuestra América dan un paso al frente otros los imitarán.

No podemos permanecer indiferentes ante la destrucción de la sociedad cubana privándola de combustible, energía eléctrica y todo lo que de una manera u otra depende del abastecimiento petrolero. Sin luz, sin Internet, sin transporte los cubanos y las cubanas serán víctimas de nuevos y cada vez más intensos sufrimientos. Pero no serán doblegados. Se impone por lo tanto reforzar la solidaridad con Cuba, el apoyo activo para que pueda enfrentar esta nueva agresión. Es urgente y necesario organizar un boicot mundial contra buques mercantes procedentes de, o que se dirigen a, Estados Unidos. Ni se los carga ni se los descarga. Y nosotros, por nuestra parte, boicotear todo producto o empresa estadounidense. Ese boicot fue muy efectivo en la lucha contra el apartheid sudafricano, y el que hoy existe, sobre todo en Europa, contra el régimen racista israelí también ha tenido cierta efectividad. En suma, hay que frenar esta dictadura mundial que pretende instaurar Donald Trump con sus compinches dentro y fuera de Estados Unidos. Aún estamos a tiempo para hacerlo, pero hay que actuar ya.

(Tomado de Página 12

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