El rey del mapamundi

Foto: Archivo.

Franjas del sol de la tarde entraban por la ventana, dibujando rectángulos de luz cálida en la alfombra azul marino del cuarto. En ese trozo iluminado un niño se entretenía con su rompecabezas en forma de mapamundi. Las piezas estaban desperdigadas por el piso del amplio cuarto. En el centro, la América del Norte, perfectamente armada. Sentado con las piernas cruzadas, el pelo rubio revuelto reflejando la luz estaba Donny, un niño de ocho años, con los ojos clavados en las piezas de colores.

Mary Anne, su madre, lo contemplaba desde la puerta con un vaso de jugo en las manos. Advertía la tensión en los hombros del hijo regordete, la rigidez que lo atenazaba siempre que el mundo, con su inmensa injusticia, se atrevía a no plegarse a su voluntad.

— Donny, ¿jugo? – le ofreció al entrar en su territorio.

— Después –le respondió el niño sin desviar los ojos de las piezas. –Estoy terminando el mapa del hemisferio occidental.

Mary Anne se sentó en la cama, a una distancia segura del juego desperdigado sobre la gruesa alfombra.

— ¿Y los demás países?

— También son míos.

— Ya entiendo – dijo la madre y se tomó un trago del jugo. – Juanito está abajo. Vino a jugar contigo.

La mención del nombre hizo que Donny arrugara la nariz, como si sintiera el olor de algo en mal estado. Juanito, el vecino moreno de siete años, era un potencial invasor. Su presencia significaba compartir con el hijo de inmigrantes mexicanos. Y compartir era un concepto que Donny consideraba insoportable, una falla grave en la organización del universo.

— Que juegue con sus cosas. Las mías son mías.

— Donny, amor, vino aquí para jugar contigo. No trajo sus juguetes. La gracia es que jueguen juntos.

— Yo juego mejor solo. Nadie desordena, nadie cambia las reglas.

Mary Anne respiró profundo. Ese era el quid de la cuestión: las reglas. Las de su hijo eran absolutas, intocables, y cambiaban a su conveniencia. Las del mundo exterior eran elásticas, enfadosas y aburridamente democráticas.

— Pero no siempre es bueno jugar solo. A veces, tener una compañía, compartir las ideas…

— Mis ideas son mejores –la cortó Donny, mirando por fin a su madre. Sus ojos claros brillaban con la convicción absoluta de los tiranos y los niños mimados. – Juanito quiere que Dinamarca se quede con Groenlandia. Eso es una idiotez. Esa isla nos pertenece a nosotros, los norteamericanos. Además, en la escuela se ganó una medalla con una composición sobre la paz, y era yo quien la merecía.

— Pero, hijo, el profesor consideró que su trabajo era el mejor de la clase.

— El mío era mejor. Por lo menos debía haberme dado la medalla. Y no quiere admitir que el Golfo de México es nuestro. Insiste en que es de su país.

— Tal vez tu amigo quiera hacer una repartición mejor del mundo. Es una idea diferente, no una idiotez.

— ¡Es una idiotez y no me va a hacer cambiar de idea! – Alzó la voz con una rabia súbita y desproporcionada. Cerró los puños. –¡Es mi mundo! ¡Son mis juegos! ¡Él no puede llegar y querer ser el dueño!

— Él no quiere ser el dueño, hijo. Quiere ser tu amigo. Participar. Cuando vas a su casa juegas con sus juguetes, ¿no es verdad?

— Es distinto.

— ¿Por qué es distinto?

— ¡Porque sí! — bramó, y la pieza del Golfo de México se pegó a la Florida. Lo que su madre insistía en decirle era una rebelión insoportable contra la lógica.

Mary Anne dejó que reinara el silencio por un momento. El rectángulo de sol sobre la alfombra había cambiado de lugar y subía por el costado del armario.

— Hijo, ven acá –le dijo con suavidad.

— No quiero.

— Ven, siéntate aquí al lado mío.

Renuente, arrastrando los pies como si llevara grilletes en los tobillos, Donny se salió unos centímetros del perímetro del rompecabezas y se sentó frente a su madre, todavía con una expresión de terquedad.

— ¿Sabes qué es la empatía? –le preguntó su madre.

Donny dijo que no con la cabeza, desconfiado.

— Es cuando tratamos de ponernos en el lugar del otro, de imaginar cómo se siente la otra persona. Inténtalo ahora: ¿cómo crees que se siente Juanito allá abajo, esperando que lo llames para jugar, sabiendo que no quieres compartir nada con él?

Donny miró el mapamundi. Su mente rápida se agitó. No quería pensar en el vecino. Pensar en el amigo era abrir una brecha. Era admitir que Juanito existía, con sentimientos del mismo nivel que los suyos.

— Debe estar bravo – murmuró renuente.

— Probablemente. Y también triste. Porque tú le caes bien y vino para divertirse con su amigo. Y su amigo lo está tratando como… como a un enemigo.

— ¡Él no es mi enemigo! ¡Es inferior! –protestó Donny, confuso por su propia lógica, que se volvía en su contra.

— Pero así es como tratas a Juanito, como si fueras el rey y él un siervo. A nadie le gusta sentirse así, hijo.

— ¡Pero aquí yo soy el rey! ¡Es mi cuarto! – la terquedad volvía, alimentada por el pánico de perder el control. La idea de ser rey era poderosa. Renunciar a eso era como desarmar el mapa, pieza a pieza.

— Eres dueño de los juguetes, sí. Pero no eres dueño de las personas. Ni del tiempo de los demás. Juanito no es tu enemigo. Es una persona a la que le caes bien. Vino para jugar con su amigo Donny. No con el rey Donald.

El niño se quedó quieto. Todavía tenia los puños cerrados, pero la rabia le estaba cediendo su lugar a una confusión profunda, con la que era más difícil lidiar. La rabia era caliente, directa. La confusión era fría, compleja. Su madre decía cosas que tenían cierto sentido, pero ese sentido exigía que abandonara el trono. Y el trono era muy cómodo.

— ¿Y si desordena mi mapa? –la pregunta le salió en un susurro, la última trinchera de su defensa.

— ¿Y si lo mejora? –contratacó su madre con un tono gentil. — ¿Y si tuviera una idea tan buena que el mapa quedara todavía más interesante? Nunca lo vas a saber si no lo dejas. Lo peor que puede pasar es que no te guste. Entonces, con calma, le explicas cómo te gusta jugar. Pero tienes que darle una oportunidad a tu amiguito.

— ¡No quiero darle una oportunidad! ¡Quiero hacerlo a mi manera!

— Donny, el mundo no funciona así. En la escuela tienes que compartir la atención de la profesora, los libros, los lápices de colores. En el parque tienes que esperar tu turno para la hamaca. En casa compartes la televisión con tu papá, compartes mi atención con tu hermano más chico. La vida está llena de comparticiones.

— ¡Yo odio compartir! – la expresión fue como un desahogo. — ¡Y siempre me quitan algo! ¡Siempre hay que darle algo al otro! ¡Nada es solo mío!

Mary Anne sintió un nudo en la garganta. Había una angustia genuina en aquel estallido. Para ese niño intenso, poseer era sinónimo de existir, de sentirse seguro. Cada juguete que salía de sus manos era un pedazo de sí que perdía.

— Yo sé que eso parece, amor. Pero no se trata de “quitar”, sino de “multiplicar”. Cuando compartes el almuerzo con un amigo, el hambre de los dos desaparece. Cuando compartes un juego, la diversión puede ser mayor. Lo tuyo sigue siendo tuyo. El cariño que te tengo, por ejemplo, es todo tuyo. Nadie te lo quita. Pero mi cariño por tu hermano también existe y no le quita nada al tuyo. ¿Me entiendes?

Donny no respondió. Se miraba las manos gordezuelas. La tempestad interior era visible en su rostro contraído.

— Y si –comenzó despacio – y si primero jugamos con una cosa que yo escojo. Y después jugamos con una cosa que él escoge.

La madre sintió el impulso de abrazarlo, pero se contuvo. Seria una concesión. Minúscula, frágil, pero una concesión.

— Me parece un excelente acuerdo, hijo. Justo. ¿Puedes explicárselo?

— Explícaselo tú.

— No, Donny. La propuesta es tuya. La palabra es tuya. Baja y conversa con tu amigo. Ningún rey manda mensajes con su mensajero real, ¿no es cierto? – le dijo ella con una leve sonrisa.

Su hijo la miró, y por primera vez aquella tarde un centelleó de otra cosa que no era rabia ni terquedad brilló en sus ojos. Era el orgullo de que lo trataran como alguien capaz de una misión diplomática. Era un vislumbre de crecimiento.

Donny se levantó con la solemnidad de un embajador. Le echó una última ojeada a su mapa, su reino de cartulina de colores. Tal vez por una tarde pudiera ser solo Donald y no el rey. Tal vez el mundo no se hundiera por eso.

— Está bien –dijo y se dirigió a la puerta. Dese allí le gritó a Juanito que subiera.

El niño mexicano llegó cohibido y miró el mapa con extrañeza.

— ¿Dónde está mi país, Donny?

— Ahora todo es los Estados Unidos de América. El continente entero. Además de Groenlandia, allá arriba. ¿Toda la América no fue de los indios? ¿Y después todo por debajo del Rio Grande no fue de España? Ahora tiene que ser todo nuestro. Hasta la medalla que ganaste tenía que ser mía.

Juanito se quedó en silencio, entristecido.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de O estranho dia de Zacarias (Cortez).

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