Adaptarse a lo peor cuesta, duele. Y duele más cuando la memoria te alcanza para comparar sacrificios que antes fueron ajenos y hoy son propios. Lo digo mientras observo cómo el humo de una fogata improvisada se eleva desde una vieja llanta de carretón, convertida en hornilla, en medio de la terraza de mi casa.

No entendía a mi abuela Billo. Era pequeña cuando el período especial golpeaba a Cuba y ella, con manos curtidas por la necesidad, hacía malabares para que un plato de comida llegara a la mesa. Sus anécdotas me parecían cuentos de otra época, relatos de una resistencia que creí lejana. Hoy, décadas después, esos relatos se han vuelto manual de supervivencia.
Y es que la historia, con su ironía cíclica, ha regresado para exigirnos un doctorado en lo básico. Encender carbón se ha convertido en ciencia exacta. “Debí prestar más atención a la abuela”, me repito cada mañana, cuando el desayuno de mis hijos depende de mi pericia con el fuego. Pero como en toda buena escuela, aparecen los maestros improvisados. Mi plan B tiene nombre: la suegra. Ella, siempre al atenta, me envía por WhatsApp sus mejores tips para la faena. El último, infalible: “Usa poliespuma o cartón de huevos. Con pedazos de eso y unos pocos palos de leña vegetal, tendrás fuego rápido y seguro”. La ciencia del colapso se aprende sobre la marcha.
El escenario podría parecer desolador: nueve horas sin electricidad por solo tres con el preciado servicio. La nevera, testigo mudo de esta danza contra el reloj, guarda lo poco que se puede, mientras la cabeza da mil vueltas tratando de organizar lo inorganizable.
Pero en esa terraza, junto a esa hornilla de hierro y cabillas que sostiene el caldero, ocurre la magia. Allí, en ese pequeño espacio, “salen los mejores manjares”, al decir de los pequeños. Ellos, a sus cinco y dos años, no entienden de bloques eléctricos ni de crisis. Solo exigen su pan en el desayuno y la leche tibia. Y uno, con traje de superhéroe improvisado, hace de todo para que así sea.
Lo curioso de esta adversidad programada es que, en su crudeza, nos ha devuelto algo invaluable: el tiempo. Antes, con 24 horas de electricidad, la vorágine del día a día apenas dejaba espacio para el juego y la pausa. Siempre había algo que hacer, algo que limpiar, algo que ver en una pantalla. Hoy, en las tres horas de luz, la eficiencia se convierte en arte. En ese lapso, garantizo la cena y el almuerzo del día siguiente, caliento agua para el baño de todos, pongo la turbina, lavo la ropa del diario y, justo cuando el apagón programado nos alcanza, nos sienta juntos a la mesa.
Es entonces en la penumbra del atardecer, cuando ocurre lo esencial. Ella, con sus cinco añitos, recita sus mejores versos. Él, de apenas dos, la acompaña con un coro de balbuceos. Y en ese instante, cuando el cansancio aprieta y la preocupación ronda, logran robarme una sonrisa. Me recuerdan que, más allá del carbón y los apagones, hay un legado que construir.
Hoy entiendo a la abuela Billo. Entiendo que su sacrificio no era solo por llenar tripitas, sino por resguardar un instante, una memoria. Porque al final, de esto que vivimos ahora, quedará la certeza de que mientras persista esa combinación indestructible de creatividad, amor y resistencia, siempre habrá soluciones. No importa cuántas horas dure la oscuridad ni qué tan profunda sea la escasez: si hay ingenio para convertir una llanta en hornilla y voluntad para sostener la ternura entre apagones, el camino se abre. Y en esa certeza, justo ahí, descubro el regalo escondido en un apagón: la prueba irrefutable de que la luz verdadera no viaja por cables, sino que se enciende adentro y se hereda como un fuego que nunca termina de apagarse.
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