
“La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”
Albert Einstein
Estados Unidos anda a la cacería de “dictadores” por todo el mundo, sin mirar que el mayor de todos está instalado en la Casa Blanca.
“No necesito el derecho internacional”, dijo sin ambages Donald Trump a periodistas de The New York Times la noche del miércoles 7 de enero. “… Mi propia moralidad mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”, señaló como límites a sus aventuras imperiales y sus dictados cual emperador.
Es como si estuviéramos viendo a Benzino Napaloni, aquella parodia de Mussolini en la genial película de Charles Chaplin, cual caricatura del ego desmesurado de los dictadores, que convierten la política en espectáculo grotesco; “¡Yo soy el verdadero líder del mundo! ¡Tú no eres nada sin mí!”
La euforia dictatorial de Donald Trump ha alcanzado su pináculo en este primer año de su segunda administración. Las ínfulas de Rey Sol conque siempre manejó el imperio Trump se han trasladado a su conducción del país y su relación con el mundo. Y para ello se rodeó de un séquito de fieles, que acompañan sin chistar cada uno de sus pasos, a la vez que se burla y desconoce las instituciones de su país.
Sus poses y mensajes cortos y envenenados son de un Führer moderno; sus órdenes y dictados autocráticos no se alejan de los oscuros tiempos de Mobutu; su licencioso, corrupto y degradante modo de vida (su moralidad) hace recordar la decadencia de la Roma Cesariana.
Estados Unidos vive hoy bajo una dictadura imperial. Donald Trump no admite límites, institucionalidad, reglas, oposición, ni migrantes. Su lenguaje es el de la prepotencia, las amenazas, el vasallaje.
Trump no es un accidente de la historia; es el devenir de la historia misma de los Estados Unidos. Teóricos y politólogos definen académicamente los rasgos y el momentun; pero la actriz Jodie Foster le ha hecho de manera contundente y directa: “Trump representa todo lo que está mal en este país: arrogancia, división y un ego que pone en riesgo nuestra democracia. Es hora de que América despierte y lo rechace de una vez por todas”.
Narciso en el Despacho Oval

Como todo dictador, Trump es el clásico narcisista rebosante de necesidad, requerido de afirmación, que se enfurece cuando no la recibe con prontitud.
Impuso su nombre en el Centro Kennedy para las Artes y en el Instituto Estadounidense para la Paz; ordenó edificar un fastuoso salón de bailes en la Casa Blanca, en una nueva Ala Este tan alta como el edificio principal; anunció la construcción de una “flota dorada” de buques de guerra de la “clase Trump”; está construyendo un monumento en arco para el aniversario 250 de la Unión e intenta estampar su rostro por las dos caras de una moneda conmemorativa para la ocasión.
El profesor de desarrollo de liderazgo y cambio organizacional Manfred Kets de Vries valoró para The New York Times la relación de Trump con el poder:
“Las personas con marcadas tendencias narcisistas, paranoicas o psicopáticas son especialmente vulnerables. Para ellas, el poder no sólo facilita la acción, sino que regula estados internos que, de otro modo, resultarían inmanejables.
“Donald Trump es un ejemplo extremo de esta dinámica. Desde una perspectiva psicoanalítica su narcisismo es maligno, en el sentido de que se organiza en torno a un profundo vacío interior.
“El narcismo maligno es una combinación de narcisismo y psicopatología. Debido a su escasa capacidad interna para autoconsolarse o autovalorarse, requiere una afirmación externa continua para sentirse real e intacto. El poder proporciona esa afirmación”.
Mientras en el Irish Times, el 12 de febrero de 2025, valorizando los frenéticos primeros días de la administración Trump, el neuropsicólogo Ian Robertson apuntaba: “Lo que observamos en Trump es el impacto del poder en el cerebro humano. Actúa como la cocaína y, en dosis altas, hace que las personas se sientan eufóricas, con mucha confianza y agresivas, como los trasnochadores drogados de la Dame Street de Dublín que lanzan puñetazos a desconocidos solo porque pueden. El gran poder de Trump también es un rejuvenecedor y revitalizante, un antídoto contra la senescencia de la tercera edad. El poder aumenta la testosterona, que a su vez aumenta la dopamina, al igual que la cocaína.
“Esto alimenta un estado mental agresivo y de bienestar, sobre todo en personalidades dominantes y amorales como la de Trump. También crea un estado mental inquieto e hiperactivo que, combinado con una sensación de omnipotencia, fomenta la ilusión de que se puede chasquear los dedos y resolver todos los problemas.
“Y cuando eso no sucede –cuando no se puede comprar Gaza o Groenlandia, o abolir el derecho de nacimiento de Estados Unidos– esto aumenta una rabia hiperactiva por verse frustrado y desencadena una oleada de respuestas aún más frenéticas y desmesuradas.”
El Estado soy yo

“Estados Unidos es el único país que pasó de la barbarie a la decadencia saltándose la civilización”
Oscar Wilde
Poco después de su segunda investidura, Trump emitió una contundente proclama en sus redes sociales: “Quien salva a su país no viola ninguna Ley”. En su narrativa de ser el único líder capaz de “salvar” a los Estados Unidos, el magnate presidente se sitúa más allá de la ley, o por encima de ella.
El poder omnímodo de Donald Trump -respaldado por la decisión sin precedentes de una Corte Suprema, tomada por una mayoría de magistrados nombrados por el propio Trump, que le otorgó inmunidad a la presidencia ante el procesamiento penal” por actos oficiales-, le ha planteado un desafío erosivo al Estado de Derecho y las instituciones en EE.UU.
Ya había mostrado sus autocráticos instintos aquel 6 de enero de 2021. Si Hitler utilizó el incendio del Reichstag para obtener poderes de emergencia y afianzar el dominio nazi fascista, Trump pretendió con el asalto al Capitolio dar un Golpe de Estado y extender su poder a contrapelo de lo que dijeron las urnas.
Durante el 2025, Trump ha mostrado toda la fuerza de su despotismo. Su poder, como él lo ve y expresa, emana de su propia persona, no de su cargo, ni mucho menos del pueblo estadounidense.
Sus frenéticas directivas presidenciales y órdenes ejecutivas, más que ningún otro mandatario en casi 7 décadas en el primer año de su término, los continuos ataques contra Gobernadores y Alcaldes que no le agradan, las amenazas veladas o directas a congresistas contestatarios, el uso político premeditado del Departamento de Justicia, los recortes presupuestarios a los estados que se oponen a sus políticas, son expresiones de las maneras autocráticas del presidente de Estados Unidos.
El politólogo dominicano Elvin Calcaño, al apuntar a la intensificación del conflicto político interno en EE.UU, con rasgos autoritarios y una creciente incertidumbre ciudadana, señala: “Estados Unidos, como vengo advirtiendo hace buen tiempo, ha entrado en una fase de intensificación de su conflicto político interno donde ya no se disputa entre adversarios sino entre enemigos. Trump, que es la máxima expresión de ese fenómeno, no solo está destruyendo las instituciones democráticas formales porque tiene vocación ultraderechista autoritaria. Antes bien, es porque en su concepción toda forma de lucha es legítima. Porque su horizonte es de tipo existencial. Se asume como un salvador que está “limpiando” su país para que vuelva a ser grande (sic)”
Mas información aquí: http://www.cubadebate.cu/especiales/2026/01/20/el-gran-dictador/
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