Cada día alumbra la dignidad

Contra todos los pronósticos negativos que auguraban el derrumbe inminente de la Revolución tras la Orden Ejecutiva adoptada por el presidente de EE. UU., Donald Trump a finales de enero, que busca bloquear de forma desesperada y cruel la entrada de petróleo al país, Cuba demuestra una vez más su resistencia, capacidad de reinventarse y certeza en la justeza de su causa y victoria moral.

Redacción digital

Lejos de claudicar, la nación se fortalece en la adversidad.

Con apagones, colas, escasez y preocupaciones prosigue la lucha y la vida en nuestras calles, escuelas, casas y campos.

Ni el pueblo ni sus instituciones y organizaciones quiebran por más que apriete un dictador que en su sueño de desencadenar protestas contra el gobierno revolucionario, acelera el ocaso del imperio.

No es nada nuevo, pues entre las más de 100 medidas coercitivas aplicadas por ese mal vecino, el presidente D. Eisenhower intentó en 1960 hacer algo semejante contra Cuba, al coordinar con las empresas petroleras yanquis en este país el corte de los envíos de petróleo y prohibir al de otros países su procesamiento en refinerías cubanas, pero la respuesta no se hizo esperar y fueron nacionalizadas sus compañías aquí.

No nos lo perdonan. De su fracaso no solo habla el descalabro de sus acciones durante más de 60 años de bloqueo.

Hace poco conocedores del tema, como la exjefa de la Sección de Intereses de EE. UU. en Cuba, Vicki Huddleston, expresaron que la actual política de Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, será otro revés por desconocer la conciencia nacional de los cubanos.

En el largo historial agresivo de USA, la reciente decisión es tan despiadada como cruel, encaminada a paralizar la economía mediante un bloqueo petrolero que afectaría gravemente la generación eléctrica, el transporte y la vida cotidiana de la población.

“Cuba es una amenaza inusual y extraordinaria” expuso como pretexto para someterla Trump, quien se atrevió a decir que con esas medidas la nación “no sobrevivirá”, pero se equivocó.

El plan emergente diseñado para no morir asfixiados, sin embargo, fue una respuesta digna que pronto desmontó el derrumbe anhelado.

No colapsó el país, salió a pelear, no a cruzarse de brazos y menos a rendirse ante la crisis energética provocada por la arremetida feroz desde el norte, que, si bien es dura, pudo enfrentarse porque el Estado protegió los servicios esenciales, cerró lo que no era imprescindible, trazó prioridades y mantuvo la vitalidad en su funcionamiento bajo presión externa que otros no soportarían.

También se aprieta el sistema productivo, establece el control estricto del combustible, prepara las entidades para peores circunstancias, reorganiza la fuerza laboral, desempolva experiencias de etapas anteriores y entrena para la guerra de todo el pueblo en defensa de la Patria, sin el esperado caos.

A la par del impulso de la producción nacional de crudo y las fuentes renovables de energía, prioriza el suministro de agua, los servicios básicos de salud –con énfasis en la atención materno-infantil–, la producción territorial de alimentos y las comunicaciones.

Al tiempo que se mantienen conexiones con aliados claves; la solidaridad encendida desde pueblos, gobiernos y organizaciones prende un movimiento de respaldo internacional como no imaginó el gobierno estadounidense, encabezado por México, Rusia y China, desafiando amenazas que tampoco detuvieron vuelos.

Las últimas semanas ratifican que no estamos solos los cubanos, y que los aislados otra vez son los odiadores que amenazan y atacan.

Así se desmorona la engañosa narrativa de “estado fallido” para una Cuba que no ha podido apagar esa fracasada potencia militar, hoy en franco declive de su hegemonía desgastada que vuelve a subestimar a un adversario que no tuvo parálisis total ni el colapso sistémico que sí arrastra a esa sociedad en crisis irreversible.

En verdad jamás aquí hubo derrumbe institucional, en todo caso administración de la crisis por el cerco atroz, la cual pudo contenerse mediante el referido plan emergente y el control estatal.

La energía es para los cubanos hoy, campo de batalla político, que no es solo electricidad que trasciende al apagón manipulado desde afuera –aunque nunca fuera total–, sino, sobre todo, dignidad, resistencia, orden y soberanía que nos alumbra cada día.

Intentaron el cacareado descalabro, pero solo hay resistencia organizada del pueblo decidido a cerrar filas frente a un bloqueo que se desmorona.

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Isla de la Juventud Opinión
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana.

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