
El arte se respira en las calles de La Habana, especialmente en el Paseo del Prado, una de las avenidas más populares de la ciudad. Allí, algunos exhiben sus artesanías, otros sus dibujos, mientras adolescentes y jóvenes patinan alrededor.
Tuve la suerte de encontrarme con otros que, además, comparten su talento con los más pequeños, quienes se animan a dibujar con las pinturas que les ofrecen. En una suerte de “aprovechamiento” de los colores: comparten y aprenden.
En torno a Jesús Miguel Otero y Santiago Jacinto, dos jóvenes artistas, se agolpan los niños: curiosos y ávidos por “perderse” en los trazos. Acercarme a ellos es un privilegio, contagian felicidad y entusiasmo.







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