Una foto que circuló por redes sociales alertó sobre el precio de un paquete de pollo de diez libras en la Isla de la Juventud, donde a pesar de los topes establecidos por el Consejo de la Administración Municipal se oferta a unos 13 200 pesos en efectivo y 15 840 en transferencia.

Sí, en este cruento contexto existen varias modalidades para el pago y en ocasiones uno hasta se siente penalizado por no disponer de efectivo como si esa responsabilidad recayera sobre los hombros de una gran mayoría, de quienes ya no tienen de dónde sacar y por estos meses esperaban una vida menos abrumada cuando quedan menos de sesenta días para finalizar el año.
Y el tema precio no solo es recurrente en los medios de comunicación sino también en la vida cotidiana de cada pinero, quienes pagamos además por la doble insularidad porque los productos aquí llevan un costo adicional —nada insignificante— por el traslado hasta el territorio, una verdadera Odisea, pero esta vez no es precisamente la de Homero.
Así no solo se comercializa el pollo y otros productos cárnicos, también el arroz, los granos, el azúcar… productos de aseo como el jabón de baño que casi ronda los 500 pesos; sin comentarios, el costo de la vida sube, sube como esa chiringa que va cuesta arriba y sin saber a dónde irá a parar.
Las causas podrían ser diversas. El dólar en el mercado informal se acerca a los 900 pesos y ya hay quienes pronostican que llegara a mil para cerrar diciembre con broche de oro; este se potencia en gran medida por la escasez de divisa que hoy tienen las arcas del Estado debido a la caída sustancial del turismo, las remesas y la inversión extranjera, fuentes de ingreso que llevan el peso del recrudecimiento de las sanciones financieras impuestas por la actual administración estadounidense.
De esa manera, el dólar se ha desbocado. Se balancea en un cachumbambé y en ese sube y baja, baja y sube operan los empresarios del sector privado, quienes ponen la comida en la mesa del cubano y pinero; además los suministradores ahora por lo general compran en puertos foráneos ante la baja disponibilidad de mercancía en los nacionales debido a las sanciones.
El escenario ha podido ser mucho más crudo. Productos aparecen y desaparecen, el efectivo a pesar de las nuevas denominaciones escasea en las instituciones bancarias como también en las manos de la gente trabajadora, las transferencias pese a las recientes medidas no surten el efecto deseado, el salario se deshiela en fracciones de segundo, al punto de no cubrir ni la primera parte de las necesidades básicas de una persona.
Es el cuento de nunca acabar. Es como ese rompecabezas cuyas piezas cuesta y duele armar para que todas sus partes encajen. Mientras tanto, entre la falta de combustibles, los altibajos de un sistema electroenergético que no consolida los alumbrones y una economía familiar que se desgasta en llevar los alimentos a la mesa, los pineros caminamos hacia un cierre de año con la esperanza de que haga el milagro de ver esa añorada lucecita en el túnel.
