Abel, el alma del Movimiento

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“¡Yeyé, Yeyé!”, le dice a su hermana: “He conocido al hombre que cambiará los destinos de Cuba! ¡Se llama Fidel y es Martí en persona!”.

Haydée y Abel Santamaría Cuadrado alquilan un apartamento en el Vedado, desde donde se forja la naciente Revolución, aunque nunca dejan de preocuparse por su familia que aún vive en el municipio villaclareño de Encrucijada y por las personas residentes en el central Constancia.

Sus padres Benigno Santamaría Pérez y Joaquina Cuadrado Alonso con ilimitada entrega hacen mujeres y hombres de bien a sus cinco hijos: Haydée, Abel, Aldo, Aida y Ada, quienes son seres humanos capaces de sentir en la mejilla propia el dolor ajeno y de luchar contra cualquier infamia.

Nacido el 20 de octubre de 1927, hace 99 años, en Encrucijada, Abel es un muchacho común y corriente que se distingue del resto del alumnado por su inteligencia y la pasión por el estudio; favorecen su formación los maestros Matilde Borroto y Eusebio Lima Recio, dos educadores que supieron bordar en aquel adolescente apuesto e inteligente hondos sentimientos de humildad y patriotismo.

El pedagogo descubre en Abel Benigno cualidades como la disciplina, el humanismo, caballerosidad y el desinterés, pues suele compartir su merienda, pupitre y pertenencias con los demás; es comunicativo y le gusta jugar a la pelota, en la posición de pícher.

Con 14 años trabaja en la tienda del ingenio donde empieza de mozo de limpieza, pasa a despachador de mercancías y luego a oficinista. No le gusta la injusticia, tiene inconformidades y sufre ante tanta pobreza; por eso ayuda a todo el mundo, sobre todo porque allí se labora solo de tres a cuatro meses. Conoce a Jesús Menéndez Larrondo y escucha con atención sus conversaciones y discursos dirigidos a los obreros azucareros.

En 1947, a los 19 años, viaja a La Habana al encuentro de un primo, empieza el bachillerato y después pasa a la Universidad. El rumbo de su vida cambia el primero de mayo de 1952, al conocer en el cementerio de Colón a Fidel Castro Ruz, pues nace una amistad que trasciende los años, los sucesos y la muerte.

Tal llegó a ser la confianza entre ambos, que el Polaco, como lo llaman en su ciudad natal, resulta la única persona que sabe con certeza en qué anda Fidel, antes de las acciones que conducen al ataque a los cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

De igual manera, cuando Fidel debe decidir quién lo secundaría al frente de las acciones del 26 de Julio de 1953 y, en caso de que él cayera, pudiera darle continuidad al proceso identificado como el de la Generación del Centenario, no duda un instante en seleccionar al joven de apenas 25 años, Abel Santamaría Cuadrado, al que, con justicia, considera como “el alma del Movimiento”.

En la noche del 25 de julio de 1953, –a punto de partir hacia el cuartel Moncada–  Fidel pide voluntarios para atacar la posta número tres, pero lo rechaza para esa misión, pues el Máximo Líder trata de salvaguardar al segundo jefe de la acción para que en caso de que él muera, Abel siga al frente. Se le ordena ocupar el hospital civil Saturnino Lora, y lo hace por disciplina porque él quiere ir al cuartel, su único deseo es que Fidel viva, porque es la garantía de que se haga la Revolución.

Ante el fracaso del factor sorpresa, el joven líder ordena la retirada y envía a Fernando Chenard Piña al hospital para avisarle a Abel, pero el mensajero es capturado y nunca llega, lo someten a crueles torturas hasta matarlo.

Algunos combatientes corren hacia el Saturnino Lora en busca de protección. Tras ellos, en su persecución, entran los esbirros del ejército de la dictadura.  A los revolucionarios, ocultos en las camas de los enfermos, los delatan, y uno a uno los sacan a culatazos y patadas.

Mas, faltaban las mujeres, por lo cual el chivato insiste a los soldados en que están en la sala de los niños: “Esas –señala a Melba y a Haydée– no son enfermeras ni madres, vienen con ellos, y también aquel disfrazado de médico”, indica para el doctor Mario Muñoz Monroy.

Conducen a Abel con los demás a los calabozos, lo interrogan, torturan y como de sus labios no sale una palabra que pueda comprometer a sus compañeros, ni dar una pista sobre el jefe del Movimiento le traspasan un muslo de un bayonetazo, sacan sus ojos y se los muestran a su hermana para que hable. Ella les responde a los criminales que, si él no había hablado, ella tampoco lo haría.

“Es mejor saber morir para vivir siempre”, expresa a su hermana, horas antes de ser asesinado.

Abel, de 25 años, no es solo el alma del Movimiento, sino, como también diría el Comandante en Jefe Fidel Castro, es “el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

Con solo 25 años, la tiranía apaga la vida de aquel joven rubio, con espejuelos redondos de armadura de carey, quien hoy es un símbolo de la resistencia del pueblo cubano.

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Historia Isla de la Juventud
Mayra Lamotte Castillo
Mayra Lamotte Castillo

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana; tiene más de 40 años en la profesión.

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