Vivimos un tiempo en que los niños aprenden a deslizar el dedo por una pantalla antes que a atarse los cordones de los zapatos. El celular, que hace una década era un objeto casi exclusivo de los adultos, se ha convertido en un compañero cotidiano de la infancia.

En Cuba, este fenómeno crece al ritmo del acceso a Internet, que se ha triplicado en los últimos años. Pero no todo lo que brilla es oro: la exposición temprana y sin supervisión a las pantallas tiene consecuencias documentadas en el desarrollo infantil. Este comentario aborda esa realidad desde una mirada que no busca prohibir, sino acompañar.
Interesante resulta cómo las plataformas digitales incitan a su uso con el falso propósito de vernos más acompañados. Por ejemplo, la de Facebook que va recomendando y usted elige. Si le cae mal la persona, no lo acepta. Entonces usted no crea comunidad. Crea lo que Bauman, un gran teórico de la comunicación y filósofo, llama “burbujas de confort”, y ahí se queda atrapado el menor y el no tan menor.
Usted está en un espacio donde está cómodo. Facebook hace todo lo posible porque no salga de ahí, por no incomodarlo. De tal manera que la gente que está en Facebook, no dialoga, no generan interacciones y te atrapa como lo vemos a diario en cada paso que damos donde los más pequeños se enamoran de la tecnología e ingresan como uno más al selecto grupo de los “bebés digitales”.
La Unesco informa que 114 sistemas educativos han prohibido los móviles en las escuelas. En nuestra realidad cubana: el acceso a Internet crece, pero persisten brechas sociales y los riesgos se incrementan: nomofobia, ciberacoso, adicción a videojuegos, retrasos en el lenguaje y déficit de atención.
No todos los niños se enfrentan a los mismos riesgos: los jóvenes con vulnerabilidades de salud mental, menos apoyo fuera de Internet y menor alfabetización digital tienen más probabilidades de sufrir daños.
La escuela cubana tiene una oportunidad enorme: incorporar la educación digital como parte de la formación integral. No basta con enseñar a usar una computadora, donde aún la tengamos o a buscar información en Internet. Hay que enseñar a protegerse, dudar, verificar, a respetar a los demás en línea. Y eso no se logra con un manual, sino con el ejemplo y con la práctica cotidiana, donde la familia y las instituciones de educación y salud a nuestro modo de ver son clave.
Los padres tienen un rol irremplazable. El celular no puede ser la niñera del siglo XXI, donde el juego y la atención parental se suple con ese objeto y donde las emociones e incluso la apetencia se van perdiendo en el mar de las redes digitales.
Un niño con un celular en la mano y sin un adulto al lado es un niño solo, frente a un mundo que no conoce. La pregunta no es si ellos deben tener celular. La pregunta es qué estamos haciendo los adultos para que ese celular no sea una puerta sin vigilancia, sino una ventana con rejas.
El Código de la Niñez, Adolescencias y Juventudes (Ley 178/2025) ofrece un marco legal, pero la ley por sí sola no educa, ya que las normativas cubanas vigentes no solo reconocen el derecho de los menores a acceder a las tecnologías, sino que crean un marco de protección activa, que va quedando relegado con esas actitudes.
No es un problema en sí mismo el celular en manos del pequeño. El problema es que, a menudo, está solo frente a una pantalla que le ofrece el mundo entero, pero también todos sus peligros, y donde los sentimientos y emociones también naufragan en el amplio océano de Instagram y Facebook.
Utilizado por “Cambridge Analytica”, el método de Kosinski indica que, realmente las conexiones que se producen entre las personas se generan a partir de las emociones, dividiendo a toda la sociedad humana en cinco grupos, después con ciertas escalas, los paranoicos, miedosos, alegres, frustrados, los confundidos…, ellos le llaman el método OCEAN, entonces, ¿cómo llegar a nuestros niños?
El uso y abuso de móviles, tabletas, ordenadores, no puede verse como el alimento que nutre al niño o al joven, de aquello que demanda su organismo, y donde las pantallas marcan el ritmo de sus vidas, con el aumento de la irritabilidad y la ansiedad en su forma de perreta, cuando no tienen acceso a sus celulares o estos les son retirados por papá o mamá.
Nada sustituye el amor, la ternura y el cariño, y las señales que vemos en el entorno, no solo indican como el uso excesivo de pantallas a edades tempranas ya resulta preocupante, sino cómo la distancia se alarga y corremos el peligro de llegar a un punto de no retorno.
(*) Colaborador
