El oficio sagrado de Julio César Sánchez Guerra

Recorrer la Isla de la Juventud, la mayor del archipiélago de los Canarreos, situada al Sur de Cuba, no es sólo visitar sus más de 600 cayos e islotes. Es adentrarse en un territorio que brilla por su historia, riqueza natural y, sobre todo, por su caudal humano.

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En este sentido, sobresale la presencia de un hombre de múltiples talentos: amante de la naturaleza y la poesía, apasionado de la filosofía y la historia, comprometido con la política y la cultura autóctona. Conocedor del misticismo afrocubano y de las deidades africanas originarias, estudioso de la literatura universal y cristiano de fe y políglota de palabras, que se ha convertido en una figura tan fascinante como imprescindible dentro de la vida cultural y educativa del territorio.

Llegó a la entonces Isla de Pinos en septiembre de 1977, con apenas 17 años, para impartir clases a estudiantes africanos. Aquella tarea de choque, pensada para dos años, se convirtió en toda una vida, dedicando 45 años a la educación internacionalista, universitaria y la cultura.

“Trabajé en la escuela número 36 Samora Moisés Machel, de estudiantes mozambicanos, la primera de su tipo en el territorio. Luego en la 32 Ángel Alberto Galañena, en la 25, la 28 de Enero, y en la 4, con jóvenes etíopes. Pasé por el Ipe, la Filial Pedagógica Universitaria Carlos Manuel de Céspedes de La Damajagua, la Dirección de Educación como metodólogo, el periódico Victoria, la delegación territorial del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y la Universidad Jesús Montané Oropesa”, recuerda.

Desde entonces, su voz y su escritura han estado ligadas a los símbolos más profundos de la Isla: La Ceiba de El Abra, sembrada en 1945 por emigrados cubanos y rodeada de palmas y silencios reverenciales, la cual no es para él un árbol cualquiera, sino un templo. Allí Martí curó sus heridas en 1870, y desde entonces se volvió emblema de resistencia y esperanza.

Julio César la evoca como espacio de revelación; en sueños la ha visto abrirse con seres vestidos de blanco y velas encendidas, y en su palabra Martí aparece con llagas y sonrisa, como si esa esencia ancestral lo devolviera al presente. La voz que surge es la de Iroko, guardián afrocubano de lo sagrado, y esa visión se enlaza con la tradición recogida por Lydia Cabrera en El Monte, donde la ceiba aparece como árbol de poder, rodeada de símbolos invisibles que la convierten en puente entre lo humano y lo divino. En El Abra, ese poder se concentra en Martí, verbo vivo y cimiento de eterna cubanía.

En el Victoria comenzó a colaborar alrededor de 1983 o 1984, cuando el periódico aún se imprimía en formato de “sábanas, siempre con trabajos de opinión”, precisa. Bajo la dirección de Nieves Varona, Geraldo Casanova, Sergio Rivero, Matilde Campos y el actual, Gerardo Mayet, el colectivo fue siempre familiar y alegre, volcado en la faena diaria.

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Allí aprendió a utilizar la máquina de escribir, aquella de teclas ruidosas que lo obligaba a teclear con los dedos índices. “Esa costumbre la mantengo hoy, cuando escribo en el celular con un solo dedo, pero con la velocidad heredada del traqueteo de aquellas viejas tecnologías”, cuenta con una sonrisa.

No faltaron anécdotas de tensión. “Un funcionario del Partido vino al entonces director Sergio Rivero con un trabajo mío sobre corrupción y ética de los cuadros, reclamando que no mencionaba nombres. Sergio se plantó: ‘Ese es un comentario, de tema general, y esa es la opinión del periodista’. Pocos días después descabezaron a varios directivos. Entonces le dije en la sala de prensa: “Mira tú, no querían nombres… ahí los tienen”.

En otra ocasión, un artículo suyo fue rechazado por considerarse “contra el Socialismo”. Lo envió a Granma y lo publicaron, apenas eliminando una idea: “El Socialismo estadocéntrico no te deja pensar”.

“Eso me dice que mucho pasa por la subjetividad del jefe de Redacción y el cuidado al qué dirán más arriba”, reflexiona. Sin embargo, insiste: “Un país sin crítica es un país que enferma”.

En esa actitud se reconoce la metáfora de Hermann Hesse en Demian: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo”. Julio César entiende que toda transformación auténtica exige ruptura, que madurar significa abandonar la comodidad de los dogmas y aceptar la incertidumbre de pensar con libertad. Como Hesse, sabe que cada generación debe destruir su propio cascarón para descubrir otro más amplio, y que la verdadera libertad comienza cuando dejamos de vivir según las respuestas ajenas y nos atrevemos a formular nuestras propias preguntas.

La prensa, para Julito, fue la oportunidad de ir más allá del aula. “Ha sido el acto de servir desde el pensamiento y la cultura. La mayoría de las personas reconocían el valor de mis trabajos y me lo decían en la calle. Una vez alguien me confesó que había clavado mi artículo ‘La envidia’, en la puerta de su vecina. Me asusté, porque no quería verme envuelto en luchas domésticas, pero comprendí que el tema es recurrente en cualquier círculo humano, cuando se presenta esa incapacidad de aceptar la felicidad ajena”.

También hubo incomodidades. “Un funcionario se molestó bastante cuando leyó ‘Parque infantil a media luz’. No entiendo por qué hablar de los problemas molesta. Algunos prefieren callar para cuidar el cargo y se ponen de espaldas a la verdad”.

Como educador, sembró conciencia en generaciones de estudiantes, enseñando que la Historia es vital y que la libertad comienza en la conciencia. Como historiador, rescató símbolos y gestos que devuelven orgullo a la comunidad pinera. En el Victoria, sus artículos son ramas que se extienden hacia todos los horizontes: análisis culturales y sociales iluminados por la ética martiana. En él habita también el poeta, con versos apasionados y flores inesperadas, testimonio de una sensibilidad que busca elevar la experiencia humana al nivel de lo trascendente.

En todas sus facetas, Sánchez Guerra ha sido fiel seguidor de José Martí. El Apóstol no es para él un recuerdo distante, sino la fuerza que sostiene cada gesto. Martí le enseñó que la prensa debe ser transparente, que la educación es semilla de libertad, que la poesía es arma de dignidad y la cultura escudo de la nación. Por eso, en su obra, el simbolismo martiano se convierte en esa brújula ética y espiritual que guía permanentemente su entrega.

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Entre los múltiples galardones que ha recibido, se destacan la Orden por la Educación Cubana, el Premio de la Ciudad en Poesía, Ensayo y Literatura Infantil, el Escudo Pinero, entregado por la Asamblea Municipal del Poder Popular, el reconocimiento La utilidad de la virtud, otorgado por la Sociedad Cultural José Martí, y la Orden Félix Elmuza de la Unión de Periodistas de Cuba.

Julio César Sánchez Guerra, el más cubanísimo pinero, ha sido uno de los pilares activos del Semanario: su aporte personal se funde con el esfuerzo de un colectivo de excelencia que está muy próximo a celebrar su Aniversario 60 y al mismo tiempo él lo enriquece con arte. Sirve al periodismo nacional y local con una nobleza y amor que se sienten en cada palabra, y en su voz se alza, orgullosa, la identidad de la patria.

 

Colaboradora (*)

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